2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 1

La Quimera 1


La Quimera
 
Author: Emilia Pardo Bazán
PRÓLOGO
Había prescindido en mis novelas de todo prefacio, advertencia,
aclaración ó prólogo, entregándolas mondas y lirondas al lector, que
allá las interpretase á su antojo, puesto que tanta molestia quisiera
tomarse; y esta costumbre seguiría en _La Quimera_ si, apenas iniciada
su publicación por la excelente revista _La Lectura_, no apareciese en
un diario de circulación máxima un suelto anunciando que “claramente
se adivina, al través de los personajes de _La Quimera_, el nombre de
gentes muy conocidas en la sociedad de Madrid, por lo cual el libro
será objeto de gran curiosidad y de numerosos comentarios”.
 
Desde _Pequeñeces_, se me figura que al público se le ha abierto el
apetito. Fué _Pequeñeces_ (tendrán que reconocerlo los más adversos al
Padre Coloma) plato tan sabroso, que trabajo le mando al cocinero que
sazone otro mejor. ¿Qué especias emplear? ¿Qué salsa componer? No vale
cargar la mano en la guindilla, que no por eso saldrá el _carrick_ más
en punto. _Pequeñeces_, á la verdad, y es justo decirlo, alborotó sin
recurrir á tratar de aberraciones, perversiones y demoniuras con que
hoy las letras van familiarizándose. Por ley natural de la escala de
sensaciones, se piden nuevos estímulos; vibra irritada la curiosidad,
y la musa ceñida de negras espinas, la de la sátira social, que
levanta ampollas como puños, aguarda su hora. Á todo novelista que por
exigencias del asunto tiene que situar la acción en altas esferas ó
sacar á plaza tipos más ó menos semejantes á los que por ahí bullen,
se le pregunta con ahinco: “--¿Nos trae usted la continuación de
_Pequeñeces_? Eso sí que nos encantaría. Agotaríamos la edición...”
 
Reconozco que en la sátira social pueden hacerse maravillas.
Remontémonos: ¿quién ignora que Dante, en la _Divina Comedia_, saca
al sol los trapitos de sus contemporáneos y conciudadanos, sin
omitir lo gravísimo (recuérdese su conferencia, en el Infierno, con
Brunetto Latini)? Los profetas de Israel, que iban clamando contra
las iniquidades de su época, sin respetar ni á las testas coronadas,
¿qué fueron, descontada su sacra misión, sino _satíricos andantes_? La
antigüedad, más realista cien veces que nosotros, no concibió el drama
con personajes inventados; y los dramaturgos griegos fundaron su teatro
en sucedidos históricos y en interioridades regias. En la _Odisea_, y
aun en la _Iliada_, hizo algo semejante Homero; Shakespeare (siguiendo
las huellas de Sófocles y Eurípides), en sus dramas históricos
dramatizó sucesos casi actuales y retrató á los reyes, reinas y
magnates con relieve cruel. Creo que basta de ilustres ejemplos, y
que no será desdeñar el género si declaro que no pertenece á él _La
Quimera_, ni fustiga, palabreja tan en uso, á nadie, ni verosímilmente
provocará, siquiera por ese concepto, comentario ninguno.
 
Si se me permite una breve digresión, antes de indicar, por mi gusto
y no porque interese, qué idea desenvuelvo en _La Quimera_, observaré
que quizás no se ha definido claramente la _sátira social_, y solemos
confundirla con la _sátira de clase_ y la _personal_. Sátira social es
aquella que, en los vicios y faltas de las clases ó de los individuos,
sorprende los síntomas de decadencia y descomposición de la sociedad
entera y se adelanta á la Historia: tales fueron algunas de Quevedo
(no todas, ciertamente); tales, las famosas de Juvenal, donde resuena
el toque de agonía del Imperio romano. Sátira de clase es la que, del
conjunto, ve sólo un factor, y á él endereza sus tiros. Así, Alvaro
Pelagio lamentaba especialmente los pecados y desmanes de la clerecía.
La sátira personal amontona, sobre pocos ó sobre uno solo, las culpas
de todos; es, de fijo, la más apasionada y sañuda, y, como ejemplo,
citaré el _Paralelo_ de Villergas entre Espartero y Narváez. Para ser
víctima de esta última clase de sátira, es preciso descollar.
 
_Pequeñeces_, aun cuando dejase entrever fisonomías que, no obstante
las protestas del autor, parecieron conocidas, tenía alcance de sátira
social; censuraba un estado general, lo podrido de Dinamarca. Los demás
novelistas españoles se han limitado á la sátira de clase (aunque
haya en Galdós no poco de sátira verdaderamente _social_ difusa). Y
al escribir la sátira de clase (de la aristocrática, única que _como
clase_ ha sido satirizada en la novela), frecuentemente confunden á “la
aristocracia” con “la buena sociedad”, que no será todo lo contrario,
pero tampoco es lo mismo.
 
Circunscrita la sátira al Madrid de los salones, deja de ser de
clase y es, á lo sumo, de círculo ó cotarro, degenerando en personal
infaliblemente. Sin embargo, yo no he solido ver, en las novelas
satíricas, esas semejanzas parlantes con Zutano ó Mengano; y más bien
sentí extrañeza al reconocer el corto tributo pagado á una realidad,
ni difícil de observar, ni pobre en colores y formas sugestivas. Y
discurriendo acerca de este efecto, doy en creer que la intención de
la sátira estorba el paso á la verdad, como la caricatura al parecido,
y que para pintar lo que fuere, altas, medianas ó bajas clases ó
individuos, es de rigor atenerse á la verdad sencilla (no á la verdad
_nimia_), y entrar en la tarea con ánimo desapasionado. Sobre todas las
cosas deberá evitar el novelista el propósito de adular la maligna
curiosidad y la concupiscencia de los lectores.
 
Viniendo á _La Quimera_, en ella quise estudiar un aspecto del alma
contemporánea, una forma de nuestro malestar, el _alta aspiración_, que
se diferencia de la ambición antigua (por más que tenga precedentes en
psicologías definidas por la Historia). La ambición propiamente dicha
era más concreta y positiva en su objeto que esta dolorosa inquietud,
en la cual domina exaltado idealismo. Es enfermedad noble, y una de
las que mejor patentizan nuestra superioridad de origen, acreditando
las profundas verdades de la teología, el dogma de la caída y la
significación del terrible árbol y su fruto. El mal de aspirar lo he
representado en un artista que no me atrevo á llamar genial, porque
no hubo tiempo de que desenvolviese sus aptitudes, si es que en tanto
grado las poseía; pero en cuya organización sensible, afinada quizá por
los gérmenes del padecimiento que le malogró la aspiración, revestía
caracteres de extraña vehemencia. Ignoro lo que el desgraciado joven
hubiese hecho; conozco, en cambio, lo que le agitaba y enloquecía,
cómo se dejaba arrastrar palpitante en las garras de la Quimera; y
la batalla entre su aspiración y las fatalidades de la necesidad me
pareció tanto más dramática, cuanto que, para un artista en quien la
Quimera no tuviese fijos sus glaucos ojos, la situación de halagado
retratista de damas hubiese sido gratísima y provechosa. El _rapín_
bohemio, soplándose los dedos en su solitaria buhardilla, no me importa
tanto como este otro bohemio rápidamente puesto de moda y celebrado,
invitado á las casas de más tono, envuelto en sedas y encajes,
asfixiado de perfumes, pero agonizando de nostalgia, despreciándose
y acusándose de traición al ideal, y resignándose á la suerte y á la
caricia de los poderosos, sólo porque esperaba que le proporcionasen
manera de encaminarse á la cima ruda, inaccesible, donde ese ideal se
oculta. No de otro modo el soldado en vísperas de combate huye de los
brazos amantes para correr á su bandera.
 
Mientras notaba día por día la curva térmica de la fiebre de aspiración
en Silvio Lago; mientras obsesionaba mi imaginación _La Quimera_, la
veía apoderada de infinitas almas, ya revistiendo forma sentimental
(como en Clara Ayamonte), ya imponiéndose á las colectividades en el
anhelo de una sociedad nueva, exenta de dolor y pletórica de justicia;
y conocí que el deseo está desencadenado, que la conformidad ha
desaparecido, que los espíritus queman aprisa la nutrición y contraen
la tisis del alma, y que ese daño sólo tendría un remedio: trasladar la
aspiración á regiones y objetos que colmasen su medida.
 
Por la índole del trabajo á que Silvio Lago se dedicó, su medio social
fué en efecto prontamente el más _smart_, y no negaré que su vida se
prestaría á un picantísimo estudio de costumbres elegantes. Á mí me
atrajo en primer término el drama interior de su ensueño artístico; y
por eso, lejos de sujetarme á la menuda realidad, no la he respetado
supersticiosamente, adaptando lo externo á lo interno, procedimiento de
todos los que pretenden reflejar la vida moral. No sería fácil aplicar
nombres propios á los personajes de _La Quimera_, en el sentido que los
curiosos exigen; y si asoman caras conocidas, se las ve tan normales y
sonrientes como en visita ó en el teatro; así las pintaba Silvio.
 
De la contemplación del destino de Silvio he sacado involuntariamente
consecuencias religiosas, hasta místicas, que sin mezquinos respetos
humanos vierto en el papel. No me complacen las novelas con fines de
apología ó propaganda; pero cuando, sin premeditación, se incorpora
á la obra literaria lo que no quiero llamar _convicciones_ ni
_principios_, porque son vocablos intelectuales y militantes, sino
_sentires_ y _llamamientos_; si bajo la ficción novelesca palpita algún
problema superior á los efímeros eventos que tejen el relato; si un
instante el soplo divino nos cruza la sien, ¿por qué ocultarlo? ¿No es
esto tan verdad como las funciones del organismo?
 
LA CONDESA DE PARDO BAZÁN
 
 
 
 
SINFONÍA
 
LA MUERTE DE LA QUIMERA
 
(TRAGICOMEDIA EN DOS ACTOS, PARA MARIONETAS)
 
 
PERSONAJES
 
BELEROFONTE, hijo de Glauco, rey de Corinto. 30 años.
YOBATES, rey de Licia. 60 »
UN RAPSODA. 40 »
UN PASTOR. 20 »
LA INFANTA CASANDRA, hija de Yobates. 19 »
MINERVA, diosa de la Razón.
LA QUIMERA, monstruo. (No habla.)
 
 
ACTO PRIMERO
 
 
El teatro representa una sala baja del palacio de Yobates. Al través de la columnata se ven los jardines.   

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