2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 15

La Quimera 15


¿Tutor?--repito para estirar una lengua que no lo ha menester.
 
--Tutor, padrino... ¡qué sé yo! El famoso Doctor Luz, D. Mariano;
el último figurín de la medicina, el que nos trae las novedades de
Alemania. Á mí me quiso curar la jaqueca con masaje... No se ría usted,
¡qué guasón! Si no amasa él; si envía una amasadora muy borrica, que
le pega á uno cada cachete... En fin, que el doctor era el amigo de la
casa, que asistió á la madre de Clarita en el parto, de resultas del
cual murió; que apadrinó á la chica; que, según dicen, ayudó á salvar
la fortuna, algo comprometida por las tonterías del Coronel, el...
papá, que, por fortuna, también se las lió pronto; y lo cierto es que
Clarita tiene una posición excelente.--Sólo que, ¡la educación! Aquella
cabeza es una olla de grillos; tantas cosas raras aprendió... Leyó
cuanto quiso, estudió extravagancias... pero...
 
Mohín púdico, que le cae á la Sarbonet como á un galápago una mitra.
 
--Pero... corrección... y religiosidad... ¡ni pizca! ¡Más _shocking_!
 
Cambio de frente, inspirado por la cara que yo debía de poner:
 
--Y... ¿quién la arregló el traje? Ella no sería: se viste como una
portera...
 
* * * * *
 
Ya voy teniendo en mi taller, no sólo á los que se retratan, sino á
algunos curiosos, aficionados, inteligentes, ociosos, _flanistas_,
cronistas, clubistas. Vienen desperdigados; no tertulian. Desde
el primer día he establecido rigoristamente que si hay una señora
retratándose, no se pasa. Los encargos arrecian; he abierto un libro
con fechas, plazos, indicaciones. Á no ser así, no me entendería.
 
Ello es verdad, este caso inverosímil ocurre; me he puesto de moda
en un par de meses, y llevo camino de que se me disputen, pues ya
comienzan los recaditos avinagrados, las esquelas imperiosas, los
gritillos nerviosos, por teléfono, que indican la exasperación del
deseo. “¿Qué dice? ¿Que no puede hasta dentro de dos semanas? ¡Pero
si para entonces tengo que irme á Sevilla! Ahora, ahora mismo”. Según
creen personas expertas, no deja de contribuir á este apuro el rumor
de que voy á subir los precios. Noto que en Madrid la gente, al
abrir el portamonedas, hace un esguince involuntario. Es que la vida
moderna entra aquí con sus exigencias y refinamientos, y no encuentra
preparados ni los bolsillos ni las voluntades; se ha trabajado poco, se
ha vegetado entre orgullo é inercia, esperando quizás estacionarse en
el período de la alcarraza y el coche de colleras, mientras en Europa
se multiplica el goce y los automóviles echan demonios; las fortunas
aquí deben, pues, de ser mediocres, y, en general, desproporcionadas
con la posición y las ansias de confortable. La gente vive de pantalla:
palcos, coches, trapos quizás, y lo que no tiene que ver con esto (mis
pasteles, verbigracia) es un renglón extraordinario... Total, que me
asaetean á prisas, por si subo. Total, que debo subir.
 
No por eso espero mejorar mucho mi situación económica. He cobrado
dos ó tres retratos ya, he dado un ten-paciencia á los anticuarios y
estoy con el agua al cuello. Aún no he podido abonar la factura del
sastre, que ya me la ha presentado políticamente una vez; las cuentas
de carbón y plaza, administradas por la portera, hinchan, hinchan;
el de la tienda de marcos también echa sus indirectas; y hay mil
imprevistos, y el segundo plazo de la venta de mis cuatro terrones aún
falta tiempo para que llegue á mi poder. Y entretanto mi estudio se ve
visitado por gente de buen tono; á veces me deslizo á ofrecer una taza
de te incorrectamente servida, cachifollada, entre el revoltijo de los
lápices, los bocetos, las paletas cargadas y las cajas de colores; me
han invitado á algunos saraos; no he ido, tengo pocas ganas--y evitaré
prodigarme y ser pintor faldero, al menos en este respecto...--¡Ah! el
mote de pintor faldero sale de la Sociedad de Acuarelistas, donde cada
vez soy más impopular; los bombos de Monteamor en _La Época_ me cuestan
ver muchas caras de cuerno y muchos gestos burlones. Por Cenizate sé
lo que de mí se murmura. Nunca seré nada; no tengo de talento ni tanto
así; soy un adulador, un degradado; me ensalzan porque intrigo, porque
mi tipo afeminado encapricha á las señoras--á las bribonas, es lo
literal;--sigo la brillante carrera de retratista guapo... etcétera.
 
Nadie se acusa con mayor severidad que me acuso yo; pero, al fin
y á la postre, cuando me azotan así, es cuando me sublevo. ¿Qué
hicieron ellos, vamos á ver; qué hacen, qué harán? ¿Se nos prepara
una nueva generación de gran altura? ¿Dejan tantas obras maestras
las Exposiciones? Ellos y yo, por ahora, garrapateamos, manchamos,
tanteamos... Acaso ellos, en mi pellejo, descubierto este filón de los
retratos fáciles, no continuarían abrasándose, como yo, en el ansia
devoradora de _lo otro_...
 
Al enterarme de estas chismografías bohemias, no pegué ojo en toda la
noche; me levanté temprano, con el estómago revuelto, amarilla la tez;
me parecía tener calentura; di orden á la portera de que despachase
á todo el que viniese, diciendo que me encuentro algo indispuesto
y no puedo recibir--á pesar de ser el día en que me pide otra vez
sesión la Ayamonte.--Y, dominando un jaquecón que me parte las sienes,
atiborrándome de te, con el pulso temblón, vuelvo de cara á la
pared los retratos empezados, sin precauciones para no borrarlos, y
cogiendo un lienzo, armando mi paleta, empiezo á bocetar un cuadro al
óleo--_Recolección de la patata en la Mariña_.
 
Este cuadro puedo decir que lo tengo en apuntes, en notas tomadas
directamente, aldeanas. Al volver á verlas, después de tanto tiempo
y tan lejos de donde las recogí, ¡qué alegría!--me parecen fuertes y
sinceras. La vieja que se cubre con el paraguas de algodón azul; la
mozallona que se inclina al suelo marcando sus groseras formas; la
otra labriega, niña y rubia, figurita mística quemada y curtida ya por
el sol y la labor; y sobre todo, el paisaje, un paisaje sin engañifas
ni trapacerías; el terruño bermejo, craso, destripado por el azadón y
enseñando sus riñones, las patatas; allá en el fondo, el _cómaro_ que
limita el predio.--Y los colores chillones de las ropas, y el verde
insolente de la vegetación, y el cielo brumoso--y la augusta verdad.
Me embriago componiendo, olvido las mezquindades ajenas y propias; el
cuadro adelanta; me parece que lo saco de mis entrañas; lo besaría.
 
Á las doce, la portera me sube un par de huevos estrellados y un
chorizo frito.
 
--Déjelo usted ahí...
 
Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción del estómago, una
onda de saliva en la boca, me avisan de que la bestia pide su ración.
Trago los huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. ¡Es que
sale bien de veras! Á las dos, la velada voz de la Ayamonte en la
antesala:
 
--¿Que está enfermo?
 
--No, señora; un poco indispuesto ná más... Se ha acostao.
 
Y la voz, enronquecida:
 
--Si se empeora, avíseme, calle... número... Anochecido, volveré á
preguntar.
 
¡Al diablo! Á mi recolección de patatas. Sin moverme, he pintado desde
las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde; y ya no veo,
siento vértigo, me duele todo; pero el cuadro está ahí, planteado,
completo, faltando únicamente pormenores de ejecución. Me enderezo;
las piernas me tiemblan; obscurece ya, y tambaleándome me dirijo á mi
alcoba, me acuesto, me arropo con el poncho, y, sin transición, me
quedo dormido con sueño profundísimo, de piedra.
 
¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. Despierto aturdido,
en la obscuridad. Doy luz eléctrica, y miro el reloj. Alboroto á la
portera.
 
--Pronto, algo de comer... Al café de más cerca... Chuletas, magras,
tortilla...
 
--Esa señora, la el retrato, dos veces ha venío á preguntar...
 
Una esquela á la Ayamonte, para fijar sesión. Que la lleven mañana
temprano. Devoro la cena con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y
otra vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. Esto ha sido una
orgía nerviosa, y claro, al salir de ella, la sedación se impone.
 
* * * * *
 
_Febrero._--¡Incidente! La Ayamonte acude puntual al otro día, á las
dos y media, á pesar de que hace un frío espantoso y cae una ligera
nevada.
 
--¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos piececitos...
Prolongaremos la sesión, porque hoy no vendrá, de seguro, nadie más que
usted. Las demás modelos, con este día, y atravesar á pie la calle de
Jardines...
 
Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo noto, porque la veo
fruncir el ceño; sus pupilas se llenan de sombra. Viene envuelta en
pieles: _jaquette_ de nutria, abierta sobre un corpiño de raso negro;
boa muy largo, manguito enorme.
 
--¡Por Dios! No se vista hoy, señora--murmuro para hacer olvidar mi
tontería.--Se agriparía usted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me
permite usted que?...
 
Avanzo y se las coloco; á mi proximidad la veo conmovida, y escucho
distintamente, al través del raso, el salto impetuoso del corazón.
 
--Vamos, ya está... Me quiere...--pienso con marmórea indiferencia.
 
Y, en alto, la sarta de imbecilidades:
 
--Descansemos. Hablemos un momento... ¿Verdad que usted me lo permite?
Tiene usted una mano divina.--En vez de besarla, me bajo y rozo con la
boca la frente descolorida, tersa, el lacio pelo.
 
Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de echarse atrás;
luego, una sonrisa de resignación, aceptando probablemente la fatalidad
de que el sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno,
monótono, sin diferencia ni respeto á la categoría de las almas. Yo,
que por lo mismo que no siento hondo soy apremiante, nada trovador, veo
la sonrisa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que hay respeto
y arrullo: medio sentado, medio inclinado, la rodeo el talle con un
brazo, y mi mano busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso
el contacto con la densa piel del animal es lo único que me produce
grata sensación. Por lo demás, empiezo á encontrar que todo esto es
ridículo, y que lo mejor sería estudiar las manos concienzudamente.
Mientras discurro así, conservando mi dura lucidez, la rutina me obliga

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