La Quimera 14
Lo que me irrita es justamente la conformidad de estas ideas con las
mías; con las mías íntimas, y que no practico porque no puedo. No
hay cosa que nos fastidie, á ratos, como encontrar encarnado en otra
persona el dictamen secreto de nuestra conciencia. Ante Minia, me
avergonzaré de mis pasteles comerciales, como de una desnudez deforme.
Su mirada, á un tiempo llena de serenidad y de incurable desencanto, es
un espejo donde _me veo_... y me odio.
Esto se formaliza. Á mi taller, ya amueblado con cierta coquetería, me
atrevo á citar á los parroquianos; ¿vendrán? Por ahora se resisten. El
menorcito de Fadrique Vélez es un querubín: me han contado que es fruto
de amor, no de la coyunda, y en una familia contrahecha y esmirriada,
forman extraño contraste su gallarda figura, sus bucles rubios y su
tez de madreperla. Le retrato vestido de terciopelo azul, cuello de
encaje de Irlanda, tirabuzones á lo Luis XVII... La madre, que no se
aparta de allí mientras trabajo, se extasía y devora con los ojos al
retrato y al modelo.
La Ayamonte es la primer alta señora que consiente en acudir á mi casa.
La propondré sesiones cortas y más numerosas; si no, cree el buen
público que esto se hace como buñuelos... y lo peor es que acierta.
Además, he de reservarme horas para mi dibujo y mis estudios de óleo.
Una modelo nueva--he despachado á la del corsé feo; la he estrujado ya
hasta el alma... que no tiene. Me queda de ella un estudio mediano:
_Ajustando el corsé_;--¿qué más había de quedarme?
La de ahora no gasta corsé. Gitana--auténtica,--y veinte años. Tipo de
raza admirable. Pelo azul, aceitoso, mordido por peinetas de celuloide
imitando coral; tez de cuero de Córdoba--negra soy, pero hermosa, hijas
de Jerusalén;--dientes de chacal joven; nariz y labios de escultura
egipcia; y, como está fresca aún, senos parecidos á dos medias naranjas
pequeñas, bruñidas por el sol.
Cualquier combinación con esta zíngara hace _asunto_. El pañolito
de espumilla y el mazo de claveles tras la oreja; la montera y la
chaqueta del torero; el cigarro entre los labios; sobre todo, la
tela de seda rayada, amarilla y marrón, imitando el tocado de las
esfinges, con el cual, su perfil adquiere la nobleza de lo secular y
primitivo, la precisión del camafeo; sus ojos se ensombrecen.--¡Pobre
Churumbela! (la llamo así).--Cuando yo fije, en pedazos de lienzo
ó de cartón, todos los aspectos de su típica figura y los clave en
la pared, como el entomólogo sus colecciones, me aburrirá. Es muy
pedigüeña, muy lagotera, y siempre la manía de decir la buenaventura,
y de pronosticarme fortunones y noticias felices que _van á yegá po el
correo_.
* * * * *
_Enero._--Más recados. El teléfono de Dumbría y el de Palma empiezan á
activarse para mí. De esta semana saldrán diez ó doce encargos por lo
menos. La Ayamonte viene; ¡al fin pisa mi taller una de las consabidas
y esperadas deidades! Se lo agradezco tanto, que me propongo esmerarme
en su efigie, y así se lo digo en términos penetrados de agradecimiento
entusiasta. Aun no he acabado de hacerlo, cuando me pesa; conozco que
acabo de dar base á una situación embarazosa.--¿Embarazosa? ¿Por qué?
En fin, tonterías...
La Ayamonte es viuda, acaudalada, libérrima; parece contar de treinta y
seis á treinta y siete años. ¿Fea? ¿Guapa? Al pronto, insignificante.
Fijándose (como tiene que fijarse el retratista para sorprender lo que
late en la fisonomía), produce impresión; atrae. Es descolorida, y
cuando se emociona aun se pone más pálida; los ojos, pardos; el pelo,
que ha debido de ser rubio, ahora es de un castaño muy suave, apagado,
sin ondulaciones, fino y limpio, revelando el esmero de la mujer
cuidadosa. Viste bien, pero la falta _chic_. (El _chic_ lo adivino yo;
tengo ese don fatal de inclinarme al _chic_, y á la vez lo detesto,
porque el _chic_ es la mueca de la belleza.) Pero lo que me llama la
atención de esta mujer, que á primera vista pasa inadvertida, es que
encuentro en su cara la misma expresión que en la mía, lo cual crea una
especie de semejanza.
Nadie notará este parecido, que no está en el dibujo ni aun en el
color; yo, sí. Con la imaginación, la corto el pelo y se lo revuelvo
como el mío; la aplico un bigotillo rubio, _vandikista_, sobre el labio
superior; la enjareto una blusa... y se me figura un hermano--mayor ó
menor ¿quién sabe?--porque las mujeres vestidas de hombre rejuvenecen,
cuando no son del todo viejas. Así la fantaseo... mientras pongo sobre
el papel gris las primeras placas de color.
Si en vez de escribir este libro de memorias hablase con alguien,
miraría lo que dijese, no me llamaran fatuo. Aquí, ¿qué más da? Me
confieso conmigo mismo.
La mujer es un peligro en general; para mí, con mis propósitos, sería
el abismo. Por fortuna, no padezco del mal de querer. Hasta padezco del
contrario. No hay mujer que no me canse á los ocho días. Cuando estoy
nervioso me irritan; las hartaría de puñetazos. ¡Concilien ustedes
esto con mi cara soñadora y mis ojos llenos de vaguedad romántica,
que tantos timos han dado involuntariamente! Lo malo es que no doy el
timo sólo con los ojos; lo doy, sin querer tampoco, con la voz, con el
gesto y con la frase. Y estoy notando el efecto, y pienso que no es un
proceder honrado, y sigo adelante, y recargo la suerte... Fatalidad, ya
irremediable. No lucho; ¡á luchar, lucharía para no disolverme en los
crueles brazos de la Quimera!
Cuanto más tierno é insinuante me pongo al exterior, más crudas se
alzan en mi interior las protestas de mi desdén hacia ese instinto
natural que, convertido en ideal, tanto disloca á la especie humana.
¡Darle á _eso_ trascendencia, existiendo el arte!
Al caso: la Ayamonte, desde las primeras palabras que hemos cruzado,
comprendo que se ha conmovido algo por mí.
¿Hay tonto que no se dé cuenta de estas cosas? ¡Bah! Trasparente es el
vidrio, el agua, los tules... Más transparente un alma de hembra. Nunca
he dudado; equivocarme... raras veces. Por lo mismo que no me importa,
que no me ciego, adivino, adivino... Hasta he solido prever cómo va á
desarrollarse todo; qué trámites mediarán, qué incidentes, qué bordados
llevará la orla. Lo cual me enfría más aún. Y miro á la Ayamonte, y
siento de antemano el tedio de lo ya conocido; y ella nota que la
miro--de otra manera que como se mira para retratar,--y absorbe en mi
mirada qué sé yo cuántos quintales de ilusión...
El retrato es de tres cuartas partes de cuerpo; más bajo de las
rodillas. Discutimos el traje, la posición, mientras yo descanso
de haber indicado ligeramente la cabeza. Convenimos--con efusión
de temprana complicidad--en que retrataré despacio, despacio... La
Ayamonte me ruega que no la avise ningún miércoles; es el día que
almuerza en casa de su hermana la señora de Mendoza; ni ningún viernes,
es el día en que saca á paseo á la sobrinita, una criatura de diez y
siete años á quien tendré que retratar. ¿El traje? ¿Terciopelo negro,
raso gris, chiné rosa?
--¡Qué colores para usted!--grito desesperado.--¿No tiene usted algo
crema... algo marfil?
--Marfil, marfil... Sí, un traje de verano, con mucho encaje y moños de
cinta nacarada.
--Ese. Y perlas.
Á la segunda sesión, envía una cesta; dentro, el traje. Las perlas las
trae ella misma, en su bolsa de brochado. Pasa á vestirse á un cuarto
que he habilitado para tocador... de cualquier modo, ¡buen tocador
te dé Dios!--Polvos, horquillas, y sobre una mesa de pino, un espejo
de siete pesetas... Tarda poco: no es mujer de coquetería; cuando se
presenta en el taller, la felicito, y empalidece.
El conjunto me satisface: los tonos marfileños de la piel los suavizan
el encaje, y la carlanca, de perlas redondas y menudas; el pelo liso es
una nota intensa y dulce; las manos, admirables, de un dibujo perfecto;
y al considerarla atentamente, así en conjunto, comprendo el interés
de su figura, la expresión apasionada y soñadora de los ojos y los
labios. ¿Mentirá esta cara, como miente la mía?--Dentro del género,
este retrato puede ser más que los otros; ¿por qué no intentar que
resulte algo delicado y serio? Trabajo, pues, con empeño, guiñando los
párpados, alejándome, acercándome, reposando y conversando. La voz
de la Ayamonte es simpática, afectuosa, algo velada; la emoción la
enronquece en seguida; su conversación revela cultura extraordinaria
en mujer, hasta sensibilidad artística; advierto que es la suya una
organización fina y nerviosa hasta lo sumo.--¿Se parecerá en esto
también á mí?
--¿Señora, no ha notado usted que... es ridículo, no se burle... que
hay una vaga semejanza entre la expresión de su cara y la mía?
--Quiera Dios, en favor de usted, que sólo en eso nos
asemejemos--contesta con calma triste.
--¿Tan mala es usted por dentro?
--Mala... no. Malaventurada.
Pausa.
--¿Malaventurada...?--repito mientras empiezo á indicar muy en esbozo
las tintas amarillentas del blando y rico encaje, para entonar mejor
después el rostro.
--...ísima--afirma sonriendo un poco.
No me resuelvo á insistir, y la miro, vertiendo mis pupilas en las
suyas. Se demuda, se estremece. Visiblemente se ha estremecido.
¿Qué haré? ¿Seré tonto si cuando se levante para mirar el retrato no la
paso el brazo por el talle, ó más bien la tontería consiste en meterme
en la camisa de once varas del galanteo?
* * * * *
La Ayamonte me avisa que está algo indispuesta y no vendrá en unos
días. Acuden otras señoras, sin preocuparse de la calle; no he notado
más síntoma de aprensión en ellas sino que al apearse del coche (lo he
visto por la ventana) se remangan mucho el traje y pisan con melindre.
Emprendo la cromotipia de la Sarbonet, una regordeta campechana,
teñida de caoba; en realidad, lo que quiere retratar es su abrigo, de
chinchilla y armiño verdadero. Tantos pellejos dan unas notas bonitas
al lado del raso fofo, á ramos, del traje, y saco de esa mujer vulgar
un pastel de los mejores, en el cual hay algo de brío. Me siento de
buen humor; tomamos confianza. La Sarbonet descubre el retrato empezado
댓글 없음:
댓글 쓰기