La Quimera 16
Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que pones. Ahora te
explicas por qué he dejado pasar tres ó cuatro semanas conformándote
con postales lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quiero más
y de otro modo que á un padre--¡ya lo creo! ¡con qué padre se tiene
semejante confianza!,--y á pesar de todas tus doctrinas, experimento
siempre confusión, sobre todo en los comienzos, mientras dura la
penumbra y la indecisión del amanecer, y me da á un tiempo alegría
y pena que te enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia
admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan probado.
¡Cuidado que te debo favores en este mundo! Déjame que los recuente:
si no es por agradecerlos, no: si es por acariciarme el corazón con la
memoria de que alguien me ha querido de veras y me seguirá queriendo
sin cambio ni tibieza posible.--Si la desgracia de quedar huérfana tan
temprano pudiese compensarse, me la hubiese compensado tu abnegación.
Al principio dedicaste toda tu ciencia--¡mira si es dedicar!--á
robustecerme: tuviste que pelear como una fiera, mejor dicho, como un
héroe, con mi delicadísima complexión y mi propensión á recoger el
contagio ó el germen infeccioso que pasase. ¿Te acuerdas de mi ataque
de angina diftérica? ¿Querrás creer que constantemente te veo inclinado
sobre mi camita, como eras entonces, con la tez morena, las barbazas
negras, el pelo revuelto, negrísimo también, la frente pequeña,
que ya surcaban precoces arrugas? ¡Ahora ha nevado sobre tu frente
inteligente, y estás más simpático aún, padrino!
En aquel tiempo eras joven. ¿Por qué no te casaste? Nadie me quitará de
la cabeza que por mejor consagrarte á mí. Al mismo tiempo que tratabas
de formarme una sangre rica, unos pulmones anchos, me cultivabas--¡con
qué precauciones de floricultor!--el entendimiento. Sin sujetarme á
promiscuidades de colegio, enemigo de conventos, me educabas en casa,
trayéndome aquella _governes_, la célebre y buena Miss Butter (á la
cual ni tú ni yo reconocíamos la menor autoridad pedagógica), sólo
para que me custodiase, á estilo dueñesco, cuando me daban lección
profesores varones, escogidos. Y después de las lecciones, tú charlabas
conmigo, me metías libros en las manos, me los quitabas apenas creías
que me fatigaba la lectura; me llevabas á jugar en el Retiro, al
concierto. El método lo aborrecíamos. Me decías tú:
--El estudio es igual que la comida. Si el estómago no está preparado,
no apetece, no secreta el juguito que lo dispone á la función... se
indigesta lo que se come.
En cambio, no me pusiste trabas ni antiojeras. ¡Qué de cosas aprendí,
al correr de mi capricho, tan diferentes de las que suelen formar “la
educación de las señoritas!” “Nada de método”, repetías. “Tú no has de
seguir carrera; sólo necesitas conocimientos varios, útiles, hermosos,
para que te sazonen el vivir y te afirmen la razón. No me he de meter
yo en acotártelos. Tu instinto es buen guía, porque tienes mucho
pesquis, Clara”. Pesquis yo, ¡pobre padrinito!...
Y toda esta independencia intelectual que me otorgaste, unida á
solicitud incansable para facilitarme el aprender; á cuidados
exquisitos para crearme “un cuerpo y una cabeza”... ¡la frase
es tuya!--quisiste que la disfrutase igualmente en el terreno
material; te volviste por mí lo que jamás has sido, hombre práctico
y calculador; defendiste con dientes y uñas, hecho un curial, la
herencia embrolladísima y casi perdida de mi madre, y me la sacaste á
flote; y... vamos, ¿crees que no lo sé? ¡Si entre tú y yo no hay nada
secreto, Doctor del alma!--Para ir colocando á interés los réditos de
mi hacienda, con tu noble trabajo de gran médico sufragaste los gastos
de la casa, los míos personales... ¡Ni en un ochavo se mermó mi caudal!
Por ti me encuentro rica. Y mira si estoy convencida de tu ternura, que
no me pesa ese beneficio que te debo. Me has enseñado que en materias
de dinero la delicadeza es un grado de la moral, y el grado superior la
supresión de la idea misma de delicadeza por el cariño. El tuyo, ¡tan
puro, tan santo!, se ha revelado para mí en ese aspecto más. Mientras
yo viva, no tengo hacienda: la tenemos. Pero no alimento esperanzas
de darme nunca el gusto de corresponderte en este particular. Acuñas
mucha moneda con esa sabiduría portentosa; y aunque derroches en
suscripciones, libros, aparatos y viajes á las clínicas, siempre te
sobra para traerme finezas caras de París.
Mira: donde he visto más de relieve el alcance de tu bondad para mí,
no es en ninguna de estas cuestiones... Es en algo tan íntimo y tan
singular, que sólo de ti para mí puede conferirse, porque nadie,
¡nadie! sería capaz de entenderlo, de interpretarlo con la elevación en
que tú lo colocas... ¿Verdad que ya adivinas?
Mientras duraron mi niñez y mi primera juventud, me diste enseñanzas
que revestían la sinceridad de la ciencia; y aunque no me mantuviste en
ridículos y pueriles errores, por tal arte supiste respetar mi pudor,
que mi imaginación se conservó limpia: más limpia acaso que la de
muchachas á quienes se pretende rodear de misterios y mentiras ñoñas.
Entretenían mi imaginación tantas cosas; me distraías tanto, estaba
yo tan fuerte y tan alegre.--Por experiencia he sabido lo que es la
vida blanca. Padrino, es muy bonita. Huele bien; huele á los ramos de
violetas y reseda que me ponías sobre el tocador.
Recordarás cómo se arregló mi boda en la playa del Sardinero. No
tenías tú gana ninguna de que me casase tan pronto; pero la parentela
de mi madre, las tías San Benedicto, Teresa Vegarica, puede decirse
que me llevaron de la mano al ara para unirme á mi primo Víctor
Ayamonte. Lo del parentesco era lo que á ti te escocía más; confesabas
que el primo reunía condiciones: gallarda figura, caudal bastante,
carácter agradable y franco, vicios ignorados... “Pero, si tuvieseis
hijos, el parentesco puede jugarnos una partida serrana...” En fin,
con tu espíritu de respetar las decisiones ajenas, no te opusiste
cerradamente, y yo fuí al altar gustosa, lisonjeada por el novio
simpático y fino, que me envidiaban todas;--sin poner más condición
sino que tú seguirías viviendo conmigo. Recordarás cómo se opusieron
las necias de las tías; vamos, que armaron una gresca y soltaron unas
pullas... ¡Brujas más raras! Y yo empecé á entusiasmarme con Víctor
cuando exclamó: “Déjalas, primita, déjalas. ¿Quién va á gobernar en
nuestra casa, ellas ó tú? Mándalas á freir espárragos. Eso de que la
parentela se meta á disponer en lo más íntimo, sólo en los dramas se
ve... El padrino ¡vaya! habitará con nosotros. Haré excelentes migas
con el padrino”.
Recapacitando, yo afirmaría que los dos años escasos que duró mi
matrimonio fueron felices. No hubo tiempo de que se acusase la
profunda, irreductible diferencia de aspiraciones entre Víctor y yo; no
hubo tiempo de que su afición al bullicio y su ligereza le apartasen de
mí. En treinta meses sólo vi su amenidad de trato, su gracia de pájaro,
su inagotable buen humor. Me trataba amigablemente; quería llevarme
consigo á todas partes. Á ti te respetaba y te profesaba una deferencia
y una fe que le ganaban, si no mi corazón entero, mi simpatía. Su
hermana Adolfina, la hoy señora de Mendoza, era para mí una amiga; y
sabes que todavía lo es: amiga superficial, amiga que no me pesa...
Gentes así no marcan huella en el suelo. Las envidio. Conservo de
Víctor el recuerdo que se tiene de una visita grata, en que no nos
hemos aburrido un minuto, sin conmovernos un instante; su muerte fué
la única impresión honda que de él he recibido. ¿Qué tendrá la muerte,
padrino, que así lo solemniza y lo engrandece todo?
La de Víctor fué trágica; tragedia sencilla, de la realidad, pero que
no por eso dejó de abrir surco en mí; según tu parecer, hasta trastornó
mi equilibrio... ¿Te acuerdas? Todas las tardes salíamos Víctor y yo
á pasear en coche; él guiaba. Aquella tarde quiso probar un potro
andaluz, ya domado, según decía. Tú recelabas que yo asistiese á la
prueba; y Víctor, con su finura y su complacencia de costumbre, se
adhirió á tu opinión. “No, chiquilla, no vienes... Ya sabes que te
llevo siempre; hoy, no. Padrino acierta en eso como en todo”. Hora y
media después nos traían en parihuelas un cuerpo inerte, cubierto del
polvo de la carretera. En la frente, con amoratada huella, se señalaba
la herradura del caballo...
Cuando me viste envuelta en crespones, callada y abatida, el egoísmo
del afecto se despertó en ti. “Oye--me decías,--no repruebo la
tristeza, si sirve de algo; pero, estéril, debemos combatirla como
enfermedad; y lo es. ¡Á viajar! Te vienes conmigo, por Europa...”
Viajamos; me enseñaste Italia, Suiza, parte de Alemania... En este
memorable viaje empezaste á desarrollar tus teorías, que tanta
influencia ejercitaron sobre mi destino. Al principio les encontraba
el amargor de la quina; poco á poco, mi paladar se habituó á ellas, y
hasta las saboreó.
--La casualidad--dijiste--te ha dejado viuda á los veintitrés años.
Soltera, no me atrevería á hablarte así hasta los treinta. Viuda, es
otra cosa. Lee el Código, y verás que la mujer no es dueña de sus
acciones hasta que enviuda. Lógicamente, todas debierais desear la
viudez.
--Lo que es yo...
--¡Ya sé...! Has sentido á Víctor muerto, más que le has amado vivo.
El caso es frecuente, y también se da el contrario. Tus sentimientos
son propios de tu idealismo. Víctor, difunto, no tiene defectos; lo
que había en él de peligroso para tu porvenir, no saldrá á luz. ¡Á lo
presente! Triste ó contenta, eres libre, ¡libre! ¿Comprendes el alcance
de la palabra? Y no sólo eres libre por la situación legal en que te
hallas, sino por la posición social; porque la fortuna es libertad,
y la clase elevada, libertad también si se saben aprovechar sus
privilegios y hasta sus formulismos. Sin embargo, niña, la deliciosa
esencia de la libertad no has de extraerla de esas circunstancias
externas, sino de tu voluntad misma, de tu ánimo resuelto á no dejarse
encadenar. De poco sirve poseer las condiciones de la libertad, si no
tenemos un alma libre.
¡Ya ves que no he olvidado tus palabras! Me decías esto en Ginebra, en
la terraza del hotel, desde el cual veíamos la azul extensión del lago.
Te habían servido el café, y entre sorbo y sorbo, antes de encender el
cigarro, desarrollabas la idea que yo al pronto no comprendía.
--Padrino--exclamé,--¿eso significa que, para no enajenar mi libertad,
no debo volver á casarme? Te aseguro que si hay algo que esté á mil
leguas de mi pensamiento...
Tardaste en responder. ¡Cómo se te anudaban en la garganta las frases!
Con decisión de operador, al fin fuiste penetrando en los tejidos,
cortando y resecando lo que te parecía que me dañaba.
--No es eso precisamente; no se trata de una precaución material para
asegurar la libertad; yo quisiera ir más allá y libertarte en lo íntimo
de tu conciencia. Si fueses hombre, sería innecesario; la vida, para el
hombre, es desde muy temprano escuela de libertad, hasta de licencia.
Pero tú, ¡pobre mujer! dentro de ti misma están tu cadena y tus
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