La Quimera 17
Padrino--dije de muy buena fe,--se me figura que no llegará el caso.
Contigo, y dueña de mí, es como seré dichosa.
Sacudiste la cabeza, sonreíste.
--El caso llegará. Y aun es fácil que sea, no caso, sino _¡casos!_
¡Ay, padrino! Me pareciste brutal; protesté con enojo. Si no lo has
olvidado, perdónalo. Me levanté, y dejándote solo en la mesa, me puse
de codos en la baranda. Anochecía: algunas luces empezaban á brillar
en las quintas que rodean el lago y lo ciñen de verdor con las altas
coníferas de sus parques; la nieve de los picachos, en segundo término,
era como reflejo vago, luminoso, que de repente vino á colorear de rosa
y naranja el último rayo frío del sol; debajo de mí, casi á plomo,
una barca se deslizaba por el Lemán, acercándose al embarcadero: un
barquero remaba, y una pareja de turistas (sin duda jóvenes, aunque
ya la semiobscuridad confundía sus figuras) ocupaba el fondo de la
embarcación, á popa. Me pareció que iban embelesados en coloquio de
amor, y me quité de la baranda, irritada y descontenta de ti, de mí, de
todo.
En algún tiempo no volviste á tocar la conversación peligrosa;
seguimos viajando; recorrimos otros lagos, otras ciudades... y con
habilidad que me admira en ti, dado tu modo de ser franco y directo; no
desperdiciando ocasión; aprovechando los recuerdos y las impresiones
de historia y de arte, humorísticamente unas veces, con gravedad
otras, fuiste trayéndome al terreno en que deseabas situarme, y
gastando con la lima de una discusión serena mis ingenuos radicalismos.
Penetraban en mí tus doctrinas de un modo insensible; si me hubieses
preguntado entonces, respondería con sinceridad que nos encontrábamos
en completo desacuerdo y que tú sostenías cosas del todo antipáticas
para mí. Encontraba placer en repetirte que no estábamos conformes, en
refutarte (así lo creía) con argumentos de un exaltado romanticismo;
y mientras lo hacía, allá dentro de mí, hasta lo más recóndito de mi
pensar, como flechas certeras que rasgan la carne y cortan el hueso
hasta el tuétano, penetraban tus razonamientos, tus ironías, tus
indignaciones contra la mentira social, los convencionalismos absurdos
y las leyes del embudo, aceptadas dócilmente por sus propias víctimas.
Dos razones imagino que se aunaron para predisponerme á recibir tan
amargo evangelio. Una, que me parecía inadaptable á la realidad, pues
yo había decidido que nunca semejantes doctrinas tendrían para mí
aplicación práctica, y las escuchaba como el terrestre, que ni sueña en
embarcarse, oye bajo los plátanos de un paseo el relato de naufragios
que le hace un atezado marino. Otra, que entre lo acerbo de tus
enseñanzas venía lo tónico de la idea de justicia, que me habituaste
desde la niñez á considerar eje del mundo moral; y á favor de esta
idea, se infiltraban en mí las consecuencias que de ella deducías.
Tuviste el acierto de aparentar creer que no me habías convencido;
y cuando volvimos á Madrid renunciaste á tus predicaciones, dejando
que lo sembrado germinase poco á poco, al calor de la vida, la gran
germinatriz. El retiro que me imponía el luto se hizo menos severo. No
ignoras quién empezó á sacarme de mis casillas. La propia hermana del
muerto, Adolfina Mendoza, que me encontraba ridícula con mi eterna lana
negra y mis paseos por la Moncloa y el Pardo:
--Hija, todo lo que se exagera... Año y medio pasado... Ya debías usar
seda y _pailletés_ negros... Ea, mañana vengo y te llevo á casa de mi
modista.
Insensiblemente dejé el crespón; mi juventud pareció renacer, al
soltar la librea de la muerte. Sin razonar la causa, me sentí alegre,
dispuesta á sacar partido de lo más insignificante, para gozar como una
chiquilla. Adolfina aprovechó mis buenas disposiciones. ¡Qué admirado
estabas tú de verme tan disipada!
--Me gusta que te diviertas, niña... pero el vértigo de Adolfina no
está en tu naturaleza; te cansarás.
Se realizaron tus presunciones; á fines del invierno, sentí necesidad
urgente, física, de calma y soledad, y nos refugiamos en Toledo, donde
pasamos aquel Febrero delicioso, con tiempo espléndido, recorriendo
callejas y revolviendo historias. El fondista, al hablar de ti, me
decía: “Su papá...” Nos reíamos; saboreábamos el bien de encontrarnos
solos, libres del visiteo, del mentireo, de la frivolidad, de la nada.
Una tarde, sentados en el admirable Miradero, volviste á la tema
antigua. “Revístete de fuerzas, pequeña, porque amaga la crisis... Te
acercas á los veinticinco años. Experimentas ansia de reconocerte á
ti misma; te vas á reconocer por el sentimiento. Este afán de huir de
Adolfina y del mundo es un mal síntoma...” Te contesté chanceando, y
nunca supiste que aquella misma noche, al encerrarme en mi habitación,
al abrir, como siempre, la ventana, antes de mi aseo nocturno,--vi
claro en mi arcano, y sufrí el primer acceso del mal que acabará
conmigo...
No revistió el acceso forma penosa; al contrario. Fué una exaltación,
una embriaguez dulce y violenta de mi espíritu, que comunicaba á mi
cuerpo ligereza y fluidez, desprendiéndolo, por decirlo así, de la
tierra. Aquel cielo sombrío que la ventana encuadraba, figurábame yo
tener alas para cruzarlo. En estados de ánimo así conciben los hombres
las empresas reputadas imposibles, los altísimos hechos, las sublimes
locuras.
Pasé la noche desvelada por mi venturosa fiebre, y al otro día tú me
viste tan descolorida, que resolviste la vuelta á Madrid, donde te
reclamaban tus tareas profesionales. Mira: en Madrid, ¡vé tú á adivinar
por qué!, la noche de Toledo, la revelación de mi estado de alma, se
me antojó que era devaneo de la imaginación; que no respondía á nada
real. La frialdad absoluta con que veía á los galanes de sociedad, me
tranquilizaba enteramente. Aún no había yo observado entonces este
rasgo característico mío: el extremo del indiferentismo... hacia
los indiferentes. Á él debo el respeto con que se me trata, á pesar
de murmuraciones. Tal vez los galanes creen que cuando ellos no nos
impresionan, es que no somos impresionables.
¡Ay, Dios! Esta carta se alarga hasta lo infinito, y es hora de
llevarla al correo... Se continuará, padrino; escríbeme, confórtame. Lo
necesito más que nunca.
CLARA
* * * * *
_El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en
Madrid._
_Berlín._
Niña de mi alma: á pesar de que ando loco de quehacer con los estudios
y experiencias objeto de mi viaje, contesto á correo vuelto á tu carta,
que he quemado, y en la cual me dejas á obscuras de lo que hoy te
sucede. No me sorprende tu proceder: conozco su origen. Es el pudor,
una creación artificial y, sin embargo, fuerte como los instintos
naturales en el alma femenina. Deseas hablarme de lo único que hoy
existe para ti, y te da vergüenza, y lo retardas con esas excursiones
por el pasado. ¿Creerás que engañas al padrino? Ya es viejo, pequeña; y
además, ¡su terrible profesión le ha dado tantas ocasiones de analizar!
Tú habrás oído por ahí, á los profundos psicólogos y psicólogas de
salón, que pierden el pudor las mujeres cuando quieren de veras más de
una vez. Si esas mujeres son de tu temple, di que, por el contrario, la
susceptibilidad pudorosa se les exagera. Á tu inteligencia no se oculta
la razón.
Clara, Clara querida: tu mal consiste, te lo he dicho y te lo repito,
en un exceso de elevación moral unido á una sensibilidad demasiado
viva. Ojalá--no me llames bruto--fueses una mujer de más bajas y
materiales inclinaciones. Lo inferior se encuentra donde quiera. Lo
inaccesible es ese ensueño tuyo, esa aspiración ardorosa que trae de la
mano el desengaño y la caída del cielo. Cuando te he visto en el suelo,
magullada, palpitando, rotas las alas, he lamentado que seas ave y no
insecto ni alimaña. Así, sin más retóricas.
Si fueses hombre, á tu edad no padecerías ya tales anhelos, y tendría
tu vida direcciones objetivas, algo que la llenase y en que gastases
tu actividad y tus fuerzas. Ya ves, á mí me ha sucedido eso. Sentí...
como cualquiera; sufrí, no desengaños, pero dolores, y el trabajo y la
ciencia me salvaron. Eres mujer: no tienes refugio.
No necesito aplicar á tu alma los rayos con que registramos pulmones,
arcas de pechos y cañas de huesos en esta sorprendente clínica. Te he
estudiado día por día; te conozco. Y tu viejo padrino, al conocerte,
te quiere más, con piedad y ternura más sagrada. Tus males proceden
de que eres superior, en la esfera del sentimiento, á las mujeres
que te rodean, y que, como Adolfina, no conocen sino los estímulos
de la vanidad ó la impulsión orgánica. Tú padeces una _idealitis
crónica_. Este padecimiento no es vulgar; sólo ataca á privilegiadas
organizaciones. Yo esperé que, pasada la primera juventud, pactarías
con la realidad en una forma ó en otra... ¡En la que te fuese más grata
y fácil! Veo que no: y ante el hecho, me inclino--pues para ti, la sola
realidad, es ese mundo que llevas dentro.
¿Qué te podrían decir mi experiencia y mi cariño que no te diga el
recuerdo de tan rudas decepciones? Y mira, Clara, decepciones han
sido; pero no acuses á los que te las causaron: acusa á tu exigencia
de grandeza, de heroísmo sentimental,--parecida á la del artista, que
en cada modelo fantasease la perfección absoluta de la forma.--Tú eres
inteligente; y cuando tu corazón no está interesado, sabes observar
los defectos y miserias de la gente con la agudeza propia de tu sexo.
Así que interviene la pasión, esta facultad queda abolida. El que
encarna tu ideal es un ser aparte: le supones todas las cualidades y
excelencias de tu magnánima condición, todas las vibraciones exquisitas
de tu alma soñadora; le vistes la cota del paladín, ó le cuelgas
alitas, ó le rodeas de aureola, y con la sinceridad más generosa,
das por hecho que está bebido el filtro, y que como Tristán é Iseo,
cruzaréis la existencia sin atender más que á la virtud del conjuro.
¿Qué ha de suceder, niña eterna? Ellos son hombres, muñecos de barro,
de ese barro que cada hora desorganiza--¡si lo sabrá un médico!,--de
ese barro concupiscente en que bullen gusaneras de apetitos y
mezquindades... ¡Barro! Ni aún. El barro se conserva, la obra del
alfarero prehistórico llega á nosotros. El barro humano es limo
corrompido. No puede darle consistencia ni el fuego de la pasión más
sublime.
¿Qué nuevos martirios se te preparan? Si mi presencia puede servirte de
algo, á pesar del compromiso de honor profesional en que estoy metido,
á pesar de ciertos ensueños--también los tengo yo,--lo plantaré todo y
me largaré. Aciertas: no tienes más que á mí; dispón de mí: me har
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