2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 20

La Quimera 20



¿Aspiración? Quisiera un marido rico, rico. Eso nunca estorba;
después, muy bonita casa, jardín, instalación de verano en Zarauz ó
por ahí, viajecito de otoño, mil comodidades, sus fiestas en invierno;
pero menos jaleo que mamá, menos pingos, y en cambio, un cocinero; ¡oh,
ideal! Soy golosa...--y pasó su lengua roja y húmeda por los labios.
 
--¡Pasión de vejez!--exclamó con extrañeza Clara.--¡Á los diez y siete
no cumplidos!--Y, transigiendo, indiferente, añadió:--Al volver iremos
á Lhardy.
 
* * * * *
 
Recorrían la larga avenida solitaria del Prado, dirigiéndose á
Recoletos, donde ya bullía la gente mesocrática, trapitos al sol,
paseando ó sentada cara á los coches, curioseando ávidamente un perfil
conocido, un abrigo de última. La berlina torció hacia el Retiro. Los
cascos de los caballos percutían con ruido rítmico, pleno, el suelo
raso, bien nivelado; el correaje de los arneses crujía de flamante;
ligera espuma revolaba sobre los frenos. Una impresión de superioridad,
de existencia amplia y lujosa, surgía, no sólo del paso raudo de los
trenes, sino del parque, esmeradamente cuidado, del noble aspecto de la
vegetación, de las plantas raras, lozanas, fuertes, de las canastillas
en temprana florescencia, de las blancuras de estatua entrevistas sobre
el verdor del _grass_. Ni siquiera formaba contraste la aparición
de los dos ó tres golfillos mimados, privilegiados, que postulaban
familiarmente, llamando á los aristócratas por su nombre, poniendo
cara de risa, colocando chistes de teatro y almanaque, porque allí,
entre los señorones, no vale pordiosear con lástimas. Los golfillos,
conocedores de su clientela, iban limpios, lavados, y deslizaban,
entre su postulación, al oído de alguna señorita: “Por ay viene el
sito Andrés, á caballo... Junto al Angel quedaba”. Á Micaela Mendoza
nada tenían que avisarla los golfos correveidiles. Era de esas hijas
de madre bulliciosa, á quienes en los primeros tiempos de su salida
al mundo envuelve y eclipsa el remolino maternal. No se impacientaba
Micaelita: sentada la cabeza, aguzado el olfato, ojo avizor, aguardaba
la hora...
 
Á inconmensurable distancia espiritual del cuerpo juvenil que rozaba
con el suyo, Clara, asomando la cabeza por la abierta ventanilla,
miraba hacia la avenida donde pasea la gente de á pie, menos numerosa,
algo más selecta que en Recoletos. Una vuelta... pero _nada_ divisó.
Experimentó esa sensación de vacío y aridez que producen las multitudes
cuando entre ellas no está lo único que interesa. Á la segunda vuelta,
cerca ya del grupo de rebajuelos pinabetes, vió Clara _algo_... Su
delicada palidez se acentuó; un estremecimiento de felicidad, hondo,
impetuoso, como jamás lo había experimentado cerca del mismo Silvio,
activó el curso de su sangre y aceleró su respiración, al divisar
al artista, al cambiar con él una sonrisa de saludo y una seña
imperceptible.
 
--¡Hola! ¡El retratista guapo!--exclamó Micaelita.--¿Vas allí, eh? Hay
bebedizos en sus pasteles. Dicen que es un modisto delicioso. Mamá
empeñada en que yo me he de retratar con mi traje azul y ella con su
gran caparazón _vert amande_, de Laferriére... ¡Y qué bien se arregla
ahora! ¡Si va hecho un gomoso!...
 
Las palabras de su sobrina convirtieron en nácar rosa el marfil de
la piel de la Ayamonte; y su voz, enronquecida, subía del moderado
diapasón habitual cuando pronunció:
 
--Repites las tonterías que oyes, Micaela, y eso no está ni medio bien.
Á tu edad más vale callar cuando no se sabe lo que se va á decir. Lago
no es un modisto, sino un gran artista, como lo prueba el retrato de mi
padrino que está terminando; pero la gente no entiende y sale del paso
con vulgaridades.
 
--Perdona, tiíta--murmuró Micaela, entre confusa y avispada.--Si
sospechase que ibas á molestarte...--Y la sorprendió con un abrazo
para convencerse de que palpitaba toda.
 
--Molestarme, no... Es que me da pena que te inspires en Angustias
Camargo y los bobos de su trinca...
 
El resto de la tarde, tía y sobrina conversaron de una manera forzada.
Ni en Lhardy, al mordisquear los _petits fours_, se aflojó la tirantez.
Micaela rumiaba el descubrimiento; Clara no podía calmar el hervor de
la indignación. ¡Silvio, un modisto! Sola ya en el coche, habiendo
dejado á la muchacha á la puerta de su hotel, sonrió Clara y se frotó
las manos nerviosamente. ¡Ya verían si era modisto, cuando ella le
colocase en situación de desplegar las hermosas alas de su genio!
 
Disipó prontamente esta idea el remolino de las otras. La dulce
calentura de la esperanza, una vez más, abrasó las venas de la
Ayamonte. Al rodar de la berlina, que se abría disputado paso por
las calles atestadas de gente, la enamorada, aislándose, cayó en una
de esas meditaciones del porvenir que jamás supera, ni aun iguala,
la realidad. Era un ensueño amoroso que mucho tenía de heroico, en
el bello sentido de la palabra, pues Clara adivinaba y paladeaba el
sacrificio. “Todo por él... Con él, á las Mecas del arte: París,
Florencia, Amberes... Los medios de estudiar, de combatir, de vencer...
Su triunfo, debido á mí; su gloria, obra mía...” Y el sabor de la
abnegación era como de miel, y su fragancia como de vino puro y añejo,
que embarga los sentidos.
 
Al encontrarse el padrino y ella sentados fronteros, á la mesa del
comedor, demasiado amplia para dos personas, por cima del centro de
mesa de jacintos y blancas lilas, Luz buscó el mirar de Clara, y lo
encontró, y sintió su fuerza. Nunca tanta riqueza espiritual había
brillado en aquellas pupilas radiantes.
 
--¡Tal vez ahora sea feliz!--pensó el Doctor.--Y en voz alta, deseoso
de traer la conversación á terreno simpático:
 
--¿Sabes que mi retrato cada día me gusta más? ¡Desde que tiene toda la
intensidad de los toques de color, me parece tan franco, tan sincero,
tan _yo_! Obra maestra, niña.
 
No respondió Clara. Interrogaba con los ojos, y la ojeada, imperiosa y
expresiva, penetró en la voluntad del sabio como un cuchillo.
 
--El talento es innegable--prosiguió él.--Sólo necesita ambiente, y...
salud. No es fuerte, no es demasiado robusto _nuestro_ artista...
Tengo el deber de decírtelo, Clara, _antes_ de que... Noto en él
predisposiciones nada tranquilizadoras.
 
Clara continuó silenciosa. Bebió de un sorbo su copa de Saint-Galmier,
carminada con Burdeos. Y fresca la garganta, en tono resuelto, con la
lentitud que da á las palabras gravedad solemne:
 
--¡Padrino--articuló,--lo que notas en él son rastros de la miseria,
heridas de la batalla! ¡Si estás conforme y ratificas tu benevolencia,
habrá ambiente, y salud, y celebridad y todo!
 
--Sea como tú quieres--exclamó él, enviando á Clara una sonrisa de
indulgencia y bondad infinita.
 
Sin preocuparse de la presencia del criado que servía, correcto é
impasible, Clara se levantó de súbito, y fué á besar la frente y
el arranque del pelo ya casi blanco, todavía arremolinado con brío
juvenil, del Doctor.
 
* * * * *
 
Á las diez y media de aquella misma noche, el taller de Silvio Lago
se encontraba plenamente iluminado por la luna, que se filtraba al
través del amplio ventanal de vidrieras. La puerta que comunicaba con
el pasillo se abrió despacio, y un grupo de dos figuras estrechamente
enlazadas fué á reclinarse en el canapé Imperio, sembrado de fofos
almohadones, y donde la claridad del satélite recaía con prestigios
de teatral decoración. Un momento la mujer permaneció recostada en el
pecho del hombre; pero éste se desvió de pronto, y descolgando de la
pared una guitarra que formaba trofeo con dos caretas japonesas, y
arrimando al canapé una silla bajita, empezó á puntear distraidamente
una jota. Lo trivial de la música podía perdonarse en gracia de lo
atractivo del escenario. Los muebles, los objetos de arte, el contador,
el arcón, adquirían en la penumbra suave dignidad y misterio. El
soberbio retrato de Luz, allá en el caballete, cerca del estrado,
recibe un rayo de plata en fusión y parece moverse y respirar. Y la
mujer reclinada sobre los almohadones, sonriente, marmórea, alargando
los brazos, se asemeja á una estatua amorosa, que llama y atrae, para
murmurar al oído la última regalada confidencia.
 
--¿Te aburre mi guitarreo?--preguntó Silvio con resignación.--¿Quieres
que te traiga una copa de Málaga y unos dulces?
 
--No...--respondió Clara.--Quiero que vengas aquí, aquí.
 
Ojos menos vendados que los de la Ayamonte hubiesen observado en el
movimiento de aproximación de Silvio una violencia nerviosa, rayana en
repugnancia. “¡Todavía!” La cruda palabra no asomó á los labios; se
quedó en los recovecos del cerebro, donde el pensamiento se desnuda
cínicamente.
 
Clara pasó el brazo alrededor del cuello del artista, atrajo hacia sí
la frente y halagó con su mano de raso las sienes húmedas. Los dedos de
la enamorada entrejugaron con el rizado pelo rubio obscuro, despeinado
y revuelto entonces.
 
--¿Quieres que dé luz, nena?--interrogó el prisionero, deseoso de
evadirse.
 
--¡No! Si está divino el taller ahora; y además, para lo que vamos á
charlar... ¡prefiero el misterio! Súbeme el abrigo... así...
 
Silvio obedeció. Era el abrigo amplia pelliza de seda acolchada,
obscura y modesta por fuera, al interior forrada de riquísimo brochado
azul modernista. Clara echó sobre los hombros del artista un pedazo
de la fastuosa envoltura, y al sentir que el mismo tibio ambiente les
rodeaba, se decidió:
 
--Vamos á tratar de cosas formales... Déjame enterarme... ¿Tienes
probabilidades de romper la cadena? ¿Podrás dentro de poco renunciar á
los retratos y dedicarte á lo serio?
 
--¡Pch!--murmuró Silvio, interesado en la conversación.--¡Hija mía, eso
es fantástico!... ¡Por ahora al menos... y hasta sabe Dios qué fecha...
héteme cogido, atado á la rueda, vuelta y dale! Gano y gasto; ¡no sé
cómo lo arregla el demonio! Tengo un ahorro insignificante en poder de
la baronesa de Dumbría, que me lo guarda para que no lo derroche, pero
es por si enfermo y muero, no tengan que enterrarme de limosna...
 
--¡Calla!--gritó Clara, estremecida.--¡Loco! á ver si te pego en la

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