2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 19

La Quimera 19


¡Ah!--repuso, mordiéndose el labio y dando al codo á su amiga, la
Calatrava. Un instante la sorpresa las paralizó. Ya se entendían las
dos para una retirada hábil, que no dejase transparentar despecho,
cuando la puerta del taller dió paso á un caballero de buen porte,
no atildado, de aventajada estatura, de madura edad, de pelo y barba
grises, casi blancos; y las dos damas le saludaron con ese afable
apresuramiento que en Madrid, tierra de gente expansiva, se tributa á
los que han estado ausentes, al regresar.
 
--Doctor, Doctor... ¡Bienvenido!
 
--¡Gracias á Dios!--repetía la Camargo--¡No nos estaba usted haciendo
poca falta! Yo no he tenido un día bueno mientras usted rodó por esos
mundos... ¿Puede usted ir mañana á mi casa?
 
--Desde luego, marquesa.
 
--¿Viene usted á admirar el retrato de la ahijada...?
 
--No á eso sólo--declaró Luz, saludando á Silvio y presentándose con
sencillez á sí mismo.--Vengo á que también me retraten á mí: digo, si
el artista está conforme...
 
--¿Pues no he de estar?--gritó aturdidamente Silvio, emocionado.--No
sabe usted qué satisfacción es para mí. ¿Cuándo desea que empecemos?
 
--Dé usted las gracias, Doctor--pronunció la incisiva voz de la
Calatrava.--Es una distinción extraordinaria la que merece usted. Acaba
de desahuciarnos á nosotras porque no tiene hora disponible...
 
Silvio clavó sus ojos garzos, obscurecidos por la irritación, en la
dama, y dijo categóricamente, con la franqueza palurda que en ocasiones
le subía, irresistible, á la boca:
 
--El Doctor es persona que trabaja mucho; yo respeto su trabajo y le
sujeto el mío. Ustedes, en cambio, estarán tan desocupadas dentro de un
año como ahora.
 
Rióse Luz, invadido por repentina simpatía; y la Camargo, saludando
para despedirse, soltó en voz agridulce:
 
--La prueba de que estamos desocupadas Leonor y yo, es que hemos venido
á perder el tiempo. Doctor, adiós. No se moleste, Lago...
 
Las acompañó Silvio, algo volado, hasta la puerta. En el recodo del
pasillo, la Calatrava, desdeñándose de parecer picada y de guardar un
silencio que lo demostrase, cuchicheó:
 
--Por lo visto, retrata usted á Clara y á lo que resta de su familia...
 
--No entiendo, duquesa.
 
--Es usted muy nuevo en estos círculos--lanzó la Camargo, que no quiso
guardarse la pulla.
 
Las dos salieron, dando á la puerta, que Silvio no tuvo la ocurrencia
de cerrar, seco porrazo. El pintor, no obstante, había comprendido,
recordando insinuaciones transparentes de la Sarbonet; alzó los
hombros, y minutos después buscaba en la fisonomía, bien delineada é
interesante, de Mariano Luz, semejanzas con la mujer que le abrumaba á
fuerza de pasión. La conclusión fué ésta:
 
--Me gusta más él que ella. Él, con esos mechones grises,
arremolinados, esa tez morena, esa frente pequeña y surcada, tan
inteligente, tiene una cabeza de estudio. Loado sea Dios. Descansaré de
encajes y rasos.
 
* * * * *
 
Era el final de un almuerzo, en casa de Palma, en la _serre_, á la
hora del café. La condesa llamaba con discreto siseo á Silvio, y le
arrinconaba, cerca de una palmera cuyo tronco surgía de un embrollo de
tela rameada, de colorido suave.
 
--Venga usted aquí, venga usted aquí, picarillo... Me han contado
muchas cosas... ¡Todo se sabe!... En primer lugar, ¿qué ha hecho usted
á Angustias Camargo y á Leonor Calatrava, que tan furiosas las tiene?
Ahí está una cosa que deploro: las dos nos convenían mucho para la
campaña; y si van diciendo pestes de usted, y que recibe usted á la
gente punto menos que á tiros...
 
--¡Dios mío! Condesa, exageraciones. He tratado á esas señoras como
debía, con respeto; lo único que hice fué negarlas turno. Francamente,
prefiero otros modelos: de ahí no se saca una aleluya. La Angustias
parece un mango de escoba tiznado de almazarrón, y la Leonor un _clown_
acabado de enharinar. No hay tintas posibles con ese par de cutis.
 
Divertida y sin querer confesarlo, la Palma protestó:
 
--¿Y para qué sirve el arte, la mañita? Hay que congraciarse con cierto
círculo; ya sabe usted que es reducidísimo, y una sola enemiga nos
puede hacer mucho daño.
 
--Con protectoras como usted nada temo. ¡Déjelas usted! Así que
desaparecieron del taller, me puse de buen humor. ¿Se representa usted
mis apuros ante los huesos de los codos de Angustias Camargo? Cuando
veo á esa Angustias, ¡me entran unas ídem!
 
Sofocada de risa, la Palma se llevó á Silvio más lejos, á un rincón
solitario del gabinete árabe que con la _serre_ comunicaba.
 
--Ha tomado usted tierra muy pronto; admirada me tiene usted--dijo
al artista;--no he visto á nadie que cayendo aquí de improviso
se desenrede y conozca las menudencias de sociedad como usted.
¡Indudablemente ha nacido usted para retratista de elegancias! Pero
conmigo no valen disimulos; me han informado perfectamente. Lo que
ocasionó que á usted se le atragantasen Angustias y Leonor fué que
dijeron algo poco amable de la simpática viuda...
 
--¿Qué viuda?--murmuró Silvio, muy atortolado.
 
--Vamos, hágase usted de nuevas... Clarita, Clarita... No, es aparte;
hizo usted bien en defenderla...
 
--Pero si ni la atacaron, ni la defendí...
 
--¡Es muy buena Clara!--declaró la condesa con su seria indulgencia de
mujer intachable.--Es buena, á pesar de la educación desastrosa y sin
freno recibida de su padrino, que será un sabio profundo, no lo niego,
pero en ese particular...
 
--¿Padrino?--recalcó Silvio con afectada ingenuidad, que velaba una
curiosidad caprichosa.
 
--¡Cuando digo que ha tomado usted tierra demasiado pronto! ¡Nada se le
escapa á usted!--replicó la Palma.--Á un lado maledicencias é historias
añejas. Clarita vale mucho. La pobre no ha encontrado, por ahora, quien
fije definitivamente su corazón. ¡Si usted lo consiguiese, tengo el
presentimiento de que sería usted muy dichoso! Además, su posición...
 
--Pero, ¿de dónde sacan todo eso?--protestó Silvio.--Quisiera yo
averiguarlo... ¡Pues es una friolera!
 
--Amigo artista... Los impulsos del querer nos venden... Acababa usted
de negarles turno á Angustias y Leonor, y entra Luz y todo se acaramela
usted y se lo concede inmediato.
 
--Ya lo creo. ¡Cien turnos! Condesa, ruego á usted que se moleste en
subir mis escaleras y ver el retrato del Doctor. ¡He sido tan feliz con
ese trabajo! Una cabeza viril, seria, algo que he podido _retratar_
y no _contrahacer_... Un estudio de lo real... Es lo primero de que,
en el pastel, estoy menos descontento; lo único que expondría sin
gran bochorno. Minia Dumbría lo pone por las nubes... y cuidado que
Minia es implacable. ¡Y el modelo! De ese sí que estoy prendado. Nos
hemos entendido. Me ha tomado cariño en pocos días. Con él, al fin del
mundo...--añadió sin desconcertarse bajo la mirada azul, penetrante, de
la dama, que, cortando el aparte con su maestría de salón, retrocedió
lentamente hacia la _serre_, á depositar sobre una mesilla la taza de
porcelana blasonada donde aún se enfriaba un tercio de café.
 
Á la misma hora, Clara Ayamonte se disponía á sacar á paseo á su
sobrina Micaela Mendoza. Mientras Adolfina enseñaba á su cuñada algunos
trapos de reciente adquisición, y la instaba á tomar parte en un abono
á unos jueves de moda--“real orden de Julieta Montoro; hija, no hay
remedio, no se puede faltar”--la muchacha se prendía el sombrero, se
calzaba los guantes, pedía el manguito, y un cuarto de hora después,
en la estrecha berlina de Clara, al trote del bonito tronco flor de
romero, bajaban inundadas de sol por la Carrera de San Jerónimo, hacia
el Prado. Frente al Hotel de Rusia, Clara hizo parar el coche, saltó á
la acera, entró en casa del florista, cuyo escaparate es una fiesta de
primavera en pleno invierno, y salió con dos gruesos ramos de violetas
y gardenias y un mazo de rosas rubí y tallos diminutos de combalaria.
El coche se inundó de perfumes; Micaela bajó el vidrio y acomodó su
ramillete en la ranura, ostentándolo.
 
--Tía Clara, á ti hoy te pasa algo. Estás muy guapa, muy sonrosada; te
relucen los ojos y has comprado doble surtido de flores. Siempre las
compras sólo para mí, diciendo que son propias de mi edad...
 
Clara rió, excusándose.
 
--No, á mí no me engañas--insistió la chiquilla.--Yo no me las trago
como mi madre. Te pasa algo. Moritos en la costa, ¿eh? Y qué tal: ¿es
digno del honor de ser mi tío? Anda, cuéntame. Yo callo; ni con tenazas
me arrancan tu secreto. ¿Es tu flirt, Lope Donado, que te persigue?
 
--¡Qué aprensión tan graciosa! Figúrate; las flores son para ti y para
Adolfina; tú se las entregarás al subir á casa. Ya sabes, Micaelita,
que estoy fuera de juego completamente. Amoríos, á las niñas como tú.
 
--¡Quiá! ¿Me mamo yo el dedo? La edad de las emociones es la tuya; á la
mía no hay sino sosera. Yo vegeto, y un día me entrecasarán... Ea; que
entre mis papás y yo, nos casaremos; digo, me casaré; ellos ya están
casados hace rato; la prueba á la vista la tienes. ¿Emociones á mí?
Ni las siento ni las concibo. Dicen que después aparecen las malditas.
Pienso hacerles la cruz. Emocionarse para desemocionarse, y vuelta otra
vez á la noria, y sube el cangilón de abajo, y baja el cangilón de
arriba, y disgusto va, y disgusto viene, y tener ojeras y enfermarse de
un qué sé yo qué cardíaco... No, tía; ¡no hay tío que valga eso!
 
--¿Cuál es para ti la felicidad? Porque tendrás alguna aspiración, criatura--pronunció reflexiva la Ayamonte.   

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