2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 25

La Quimera 25


¡Disparatado! ¡Chiflado! Clara será vengada; de eso estoy segura. De
vengar á Clara se encargarán otras mujeres, que le aniquilirán á usted.
 
--Iré á París, á Londres, á Nueva York. Allí un retrato se paga mejor
que aquí. Allí, con un retrato, vivo un mes... y á cavar hondo. Y su
madre de usted, ¿se queda hoy á dormir en Lara?
 
Como si la evocasen estas palabras pronunciadas con impaciente
nerviosidad, oyóse ruido de puertas, un andar vivo y seguro, y la
baronesa hizo irrupción en el estudio de su hija, riendo aún los
chistes de la piececilla por horas y lamentando que Minia no hubiese
compartido tal placer. “Estaban las de Tal, las de Cual, las de Be y
las de Hache...” Silvio contemplaba con envidia á la dama; abatido y
exasperado á la vez como se sentía, comparaba su juventud dolorosa á
aquella ancianidad exuberante, sana, lozana, divertible y divertida
tan fácilmente, abierta á las impresiones gratas y exagerándolas para
compensar las decepciones y los desengaños. El mismo pensamiento
ocurría á Minia; también Minia, cautiva entre las garras de la Quimera,
había deseado á menudo recortar su espíritu encerrándolo en círculo más
estrecho; en vez de tender á lo inaccesible, buscar el contentamiento
que se viene á la mano. Amar lo que está á nuestro alcance, es la
sabiduría suprema--discurría la compositora.--Salimos muy de mañana en
busca de regio tesoro oculto; caminamos y caminamos; á medio día los
pies nos sangran y el calor nos deseca lengua y paladar; á orillas del
sendero mana un hilo de cristal y crece un cerezo salpicado de maduros
corales; nos recostamos, y la magia humilde del agua pura, del fruto
jugoso, ponen olvido de la ambición lejana... Amemos lo pequeño; nos
escudaremos contra la negra Fatalidad y el mudo Destino... En la mirada
que trocaron Silvio y Minia se dijeron esto claramente, y también otra
cosa: “No depende de nuestra voluntad contentarnos con la fuente y el
cerezo. No amamos sino lo infinito y lo triste, la belleza soterrada y
guardada por los genios”.
 
La palabra rara vez manifiesta este género de ideas. Ni ideas son:
bruma de pensamientos y de ansias. Cuando más claras se formulan
dentro, es cuando la lengua pronuncia las frases más insignificantes,
que menos relación guardan con lo íntimo.
 
--Aquí tienes á Silvio, muerto de miedo...
 
--Baronesa, ¡no me pegue usted!
 
--Se trata del capital...
 
--Del millar de millares...
 
--Y no se atreve...
 
--No me atrevo... Déjeme usted colocarme á honesta distancia.
 
La dama permaneció silenciosa, fruncida. Al fin, con gesto seco,
hizo una seña negativa y rompió á andar hacia la puerta. Silvio se
precipitó, la cogió suavemente del brazo, con reverencia filial.
 
--Baronesa, por Dios, necesito ese dinero. No se empeñe en hacerme bien
contra mi voluntad: ya adivino sus intenciones... pero lo necesito.
 
--¡Necesita usted morirse en un hospital!--gritó la señora
revolviéndose furibunda.--Lago, Lago, ¡nunca será usted una persona de
buena cabeza! ¡Se empeña en irse á pique! No; no le doy los cuartos. Ni
están en casa. ¿Cree que se tiene tan á mano el dinero? ¿Que soy alguna
despilfarradora como usted? Siempre le habrán pegado el sablazo número
cuarenta y cinco mil cuatrocientos cuarenta y cinco. Rodeado de tunos
vive usted. Le beben la sangre. El día que usted les pidiese algo á
ellos, ¡veríamos! ¡veríamos!
 
--Baronesa querida, ¡por Dios! Un compromiso: he ofrecido mil pesetas á
un amigo desgraciado...
 
--Á un pillo redomado.
 
--¡Señora! ¡Qué modo de juzgar! Como usted cobra sus rentas, no se hace
cargo de lo que pasa en el mundo. Hay mucha hambre, baronesa, por ahí.
 
--¡Y mucha sinvergüenza y holgazanería!--clamó fuera de sí la señora,
reprimiéndose para no atizar un pescozón á aquel tonto de artista.--¿No
está usted expuesto como el que más á que le haga falta, en una
enfermedad, lo que se ha ganado? ¿Es usted algún millonario? ¿Por qué
le chupan los tuétanos, vamos á ver? ¡Porque le consideran bobo, bobo,
bobo, bobo de remate!
 
No le permitían los nervios á Silvio, en tal ocasión, oir estas
cosazas, ni podía avenirse casi nunca á los consejos imperiosos, y en
llana prosa--llana y útil--de la Dumbría, que lejos de convencerle,
tenían la virtud de causarle una reacción de poesía bohemia; el
interés, colocado así en primer término, sobre pedestal, le indignaba,
como indigna á un pensador original y revolucionario un argumento de
buen sentido.
 
--Señora--articuló secamente,--ese dinero es mío y dispongo de él. No
pensaba recoger sino mil pesetas; ahora me da la gana de llevármelo
todo. Voy á mudarme de casa; tengo infinitos gastos...
 
Á su turno, la baronesa se puso grave, mostró tiesura quisquillosa.
 
¿Ah? ¿Conque así? ¿Qué se figuraba Silvio?
 
--Es justo... Ahora mismo; espérese un instante...
 
--Se ha enfadado--murmuró Silvio, con el tercer ó cuarto
arrepentimiento y contrición en el espacio de veinticuatro horas.
 
--Naturalmente. Y yo en su lugar le mando á paseo. No puede negarse que
dice la verdad y que usted es explotado por gentes que valen poco. Eso
no es caridad, Silvio, ni beneficencia, ni cosa parecida.
 
--Me río de la caridad, me río de la beneficencia. ¿De dónde saca
usted que tiro á filántropo? No. Es que he pasado miseria y sé que los
miserables sufren al pedir. ¿Cree usted que piden por gusto? Piden...
¡qué sé yo! Y ¡qué diantre! ¡ahorrar! ¡monises! Ya los sacaré de este
dedo, si no se me cae. Ahora, cuando venga la baronesa, la presentaré
mis excusas...
 
Entraba ya, portadora de un sobre que encerraba algunos billetes. En
la cara anterior del sobre se leía: “Esta cantidad pertenece á Silvio
Lago, que me la ha confiado en calidad de depósito”.
 
--Tome usted... Apuntado estaba, por si me moría... Y no me traiga más
cuartos. No lo puedo remediar; me fastidian ciertas candideces. Para
esto no necesita usted depositaria. Cuente, cuente, á ver si falta...
 
Silvio recogió el sobre sin examinarlo; miró á la baronesa, sonriendo
con la dulzura halagüeña de un niño; é inclinándose, cogió la mano
de la anciana señora y la besó religiosamente. Era el ritmo de su
psicología; era la continua fluctuación de su océano; era el repentino
salto de sus impresiones, siempre rápidas y extremadas, notas de un
instrumento demasiado tirante y vibrador.
 
--¿Quiere usted un ponche?--preguntó al verle humilde y callado la
baronesa, brindando al desfallecimiento moral un reparo físico. Vino
el ponche--tres vasos, coronados de fina espuma amarillenta;--y bebido
sosegadamente, retiróse la baronesa á cambiar de traje, y Minia se
sentó ante el armonio fatigado, y dejó oir los primeros compases de
una sonata de Beethoven. La acción de la música, al expresar para cada
uno de los dos artistas la vida interior, les entreabrió un momento el
cerrado horizonte de lo infinito. Todas las discusiones é incidentes
de carácter práctico se olvidaron, cayeron á tierra,--gotas de agua
embebidas por el polvo.--Eran las dos de la mañana; los ruidos de
Madrid se habían extinguido; sólo alguna rodada de coches, apagada y
distante, aumentaba la sensación de aislamiento y de seguridad para el
ensueño. En el espíritu de Silvio reflejábanse entonces claramente las
formas de un mundo invisible, y la corriente superficial de su existir
adquiría profundidad, lo intenso y real del sentimiento exaltado. La
aparición de la baronesa de Dumbría interrumpió la sonata y restituyó
al artista á la insignificancia de las preocupaciones anteriores:
 
--Vaya usted con cuidado. Lleva usted dinero: no le atraquen y se lo
quiten. La gente anda muy lista.
 
* * * * *
 
Á hurtadillas, ansiosamente, miraba á Clara el doctor Mariano Luz,
procurando que ella no notase la contemplación de que era objeto.
Acababan de reunirse para pasar la velada juntos, en la salita de
confianza que precedía al despacho del doctor. Por una de esas
afectuosas formas de captación que se producen entre los que bien
se quieren, Clara había elegido, para refugiarse de noche á hojear
periódicos, dar cuatro puntadas en una labor ó entreleer una página de
revista, la estancia donde su padrino guardaba, en estantes abiertos,
su rica biblioteca profesional. En el despacho no tenía Luz sino
vitrinas con relucientes instrumentos y aparatos.
 
El silencio era significativo: silencio que palpita, que presta sentido
hasta al ritmo de la respiración. Otras noches el médico procuraba
tirar del hilo de conversaciones insignificantes; así engañaba y
ocultaba su ansiedad. Hoy--no acertaría á decir por qué--érale
imposible devanar una palabrería fútil. Se entretiene el tiempo cuando
se tantea en la incertidumbre; reconocida la existencia del mal, se va
derecho á combatirlo. Creía Mariano Luz escuchar ese aleteo de alas
negras que tantas veces, en casos desesperados, le había impulsado, sin
perder un segundo, á la atrevida operación.
 
--¡Clara!--exclamó. El tono de la voz expresaba tanto, que la señora se
estremeció de pies á cabeza.
 
--¡Clara, hija mía!--insistió él; y se levantó de la butaca.   

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