2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 24

La Quimera 24


Cierto. Yo menos que nadie, pues fuí tan pobre, debía... En último
caso, ese modo de insultar porque nos quiten un dije inútil, esa
indignación ante pequeñeces, es algo bárbaro. En fin, me entró tal
fatiga, que á las Yeserías me fuí, y en la zahurda de la gitana casi me
arrodillé para que me absolviese.
 
--¿Y absolvió?
 
--Nada de eso. ¡Me trató peor que yo á ella! Me tiró á la cara el
dinero que la llevé. Y debe de hacerla falta. ¡Qué tugurio! ¡Tanto
churumbel color de aceituna! De todas maneras, quedé algo tranquilo con
haber reconocido mi yerro. “Pégame” la dije. “Á no matarte, desalmao,
no te toco”... fué la contestación; y allí se quedó llorando.
 
Calló. Minia reflexionaba; de un café próximo subían acordes, trozos de
música, amortiguados por la distancia. Silvio permanecía cabizbajo. La
compositora, mirándole fijamente, articuló por fin:
 
--Y... ¿no hay más? ¿No hay otro... embuchado?
 
--Embuchado no y embuchado sí... ¡Caso que lo fuese, ya se acabó! ¡Ñac,
ñac! Trueno...
 
Y Silvio castañeteaba sus dedos largos, flexibles.
 
Minia, repentinamente grave, prorrumpió:
 
--Culpa de usted, de fijo.
 
--Culpa mía... Lo reconozco. He estado despiadado, tremendo...
 
--¡Pobre mujer! ¡Y yo que la creo tan leal!
 
--Y no se equivoca usted--declaró Silvio con calor.--Por eso me odio.
Debí producirme de otra manera. Eso, eso es lo que me puso los nervios
locos.
 
--Si es sólo una riña... se arreglará--murmuró la compositora.
 
--¡Ni se arreglará, ni lo deseo! Del desarreglo me felicito. Lo que
me escuece son las formas que empleé. No procede así un hombre. Y es
que á cada hora del día soy distinto: créalo usted. Tan pronto me las
apostaría con los de la Tabla Redonda, como me sería indiferente hacer
méritos para ir á presidio.
 
--¡Exageraciones á un lado! Sepamos qué ha ocurrido--repuso Minia,
curiosa de lo sentimental, como todas las mujeres.
 
--Atención... Ha ocurrido... ¡el diablo son ustedes!--que quería...
quería casarse conmigo. Ea, ¿qué tal?
 
De sorpresa, se persignó Minia. Era conocida, proverbial, la
repugnancia de Clara Ayamonte á las segundas nupcias, y de esto, como
de otras cosas, se acusaba al Doctor Luz y á su pedagogía disolvente.
 
--¡Casarse con usted!--repitió.--¿Es de veras?
 
--Y tan de veras. Para darme medios de seguir mi vocación: para que no
haya más cromitos.
 
La confidente, con vivacidad, pegó una palmada en el borde del sofá, y
exclamó:
 
--¡Cuando yo decía que no es una mujer vulgar! Ese conato generoso,
óigalo bien, no lo tendrá ninguna de las que usted ha de engatusar
todavía, á pretexto de retrato. Lo que es ésta (confirmo mi opinión)
sentía, sentía en el alma. ¿Y usted la maltrató por tal ocurrencia?
Pues, sencillamente, le resolvía el porvenir. Cuidado, Silvio; lo
primero que hemos de hacer es ver claro en nosotros mismos y trazarnos
la vía.
 
--Trazada la tengo... ¡y aunque sea menester ir pisando brasas...!
 
--¡Fantasías...! Se equivoca. ¿Qué vía ni qué niño muerto? _Aspirar no
es querer._ Fíjese: vino usted aquí con el pío de que tres ó cuatro
retratos al mes le diesen para subsistir mientras ahondaba en labor
más seria. Por un golpe de varilla mágica, en vez de tres ó cuatro,
son treinta, cuarenta, cien encargos los que, apremiantes, le caen
encima. ¡Y qué clientela! La crema, la espuma, el éter de la sociedad.
Se susurra que ya fermenta el encargo de Palacio... Muy bien. ¿De
qué le sirve para la _aspiración_ tal golpe de fortuna? ¿Ahonda? Ni
un azadonazo. ¿Ha recaudado siquiera fondos, tesoro de guerra? De su
ensueño se halla usted á mayor distancia que el día en que, con ropa
raída de verano, en segunda, llegó á esta villa y corte. Le faltan á
usted condiciones vulgares, y acaso reúne facultades extraordinarias.
Ni sabe ahorrar, ni reservarse, ni metodizar el trabajo. No será usted
_snob_, no adora la sociedad; pero se deja arrastrar por ella, y será
vencido. Está usted cogido en un engranaje enteramente incompatible
con las altas inquietudes que me descubrió en Alborada... Y viene una
mujer, llena de cariño, poseedora de cuantiosa hacienda, distinguida,
intelectual, sensible, á acercarle al ideal, suprimiéndole toda
preocupación del orden práctico, y la recibe, por lo visto, á puntapiés.
 
El artista, preocupado, se mordía el rubio bigote.
 
--¡Y mi libertad!--clamó.--¡Señora, usted es muy ilusa! Clara,
probablemente, lo que buscaba era impedir que yo retrate á otras; en
una palabra, hacerme suyo... comprarme.
 
--Yo ilusa y usted fatuo é ingrato... ¡Vaya unas deducciones bonitas!
¿De dónde saca tales supuestos?--replicó Minia, indignada.--Clara es
incapaz de un cálculo egoísta, mezquino. Júzguenla como quieran, y sin
que yo la canonice, su carácter y su corazón valen oro. Esa mujer lee
en su destino de usted y lo interpreta mejor que el interesado...
 
--Diga usted, al menos, que el desinteresado...--objetó Silvio.
 
--¡Conforme!--prosiguió ella, riendo otra vez, á su pesar, como se ríe
la salida de un niño.--Confiese que Clara pudo encontrar novio, novios
más brillantes, en su esfera social, que usted... Los móviles de su
proposición la honran: asociarse á una vocación de artista, dar alas al
genio... ¡La libertad, dice usted! ¡Ah, bobo! ¡Ya verá qué libertad le
aguarda! Cada elegante cliente trae en la mano un eslaboncito de cadena
para soldarlo al anterior. Cuál es de oro, cuál de plata, cuál de
diamantes roca antigua, cuál de diamantes al boro... Todos eslabones.
¡El tiempo me dará la razón!
 
Agachaba Silvio la cabeza bajo la rociada. Minia, persuasiva, apretó.
 
--Ahora empieza el sermón... La idea de Clara no representaba para
usted solamente la libertad económica: representaba algo superior: el
arreglo de su conducta, su moralidad. ¡No le amonesto á usted en nombre
de cosas... en que usted no cree; no se trata de eso...!
 
--¡Sí se tratará!--rezongó Silvio.--¡Siempre respira usted por la
herida! El otro mundo, ¿verdad? ¿La cuenta que hemos de dar, etcétera?
 
--¡Ah! ¡Si yo pudiese inculcarle _eso_!--Y Minia bajó la fervorosa
voz.--Pero eso no se inculca. Eso es lo más inefable: es la _gracia_...
Dice Fray Luis de Granada que la gracia cura el entendimiento y sana
las llagas de la voluntad; pero no dice que el entendimiento y la
voluntad basten para recibir el don de la gracia. Hay quien puede
otorgárselo á usted. Él se lo otorgue.--Así es que hablaremos... en
profano, en mundano y en crudo.--¿Se figura usted que su aspiración no
sucumbirá, más ó menos pronto, á manos del libertinaje? ¿Cree usted que
su salud no se resentirá también?
 
--¿Qué es eso de libertinaje? ¡Vaya una palabreja cursi! Ni que fuese
usted Goizán, el de Marineda, que me escribe retahilas de desatinos y
me cuelga la lista de las _mile e tre_... ¿No se ha enterado, señora,
de que no gasto pasiones volcánicas?
 
--¡Las pasiones no son el libertinaje! Cuanto más árido y seco el
corazón, más expuesto un hombre en su situación de usted al desorden
moral... y físico. Goizán verá visiones... lo cual no quita que tenga
razón. Siempre sobrarán ocasiones fáciles, donde falten cariños hondos
que, á defecto de mejor escudo, protegiesen á usted. Ya está usted
picado al juego. Se arruinará usted gastando perros chicos... pero se
arruinará. Con Clara, el arte y la existencia tranquila; por añadidura,
el amor.
 
--Ta, ta, ta...--Señora, señora... No la conocía á usted casamentera.
¡Vaya un nuevo aspecto de su eximia personalidad! Ahora me permitirá
que hable. Encarece usted mucho la lealtad de Clara, su generosidad; no
se deje engañar; yo calo más: eso se llama... que me quiere. Hoy, mucho
de dar alas á mi _genio_; mañana, las recortará con sus tijeras de
tocador. Clara es ilustrada, su temple de alma muy noble; corriente...
pero es mujer, y para ella, lo primero, el amor; lo segundo, el amor...
y lo tercero, el amor; ¡qué rábanos! No puedo contratar sobre tal base.
Y recibir y no dar... tampoco es lucido papel. Atrévase usted á jurar
que, en mi pellejo, diría _sí_. ¡Quiá! Los que la Quimera roza con sus
alas gustan de ser independientes, con feroz independencia, y luchar y
morir; y si no llegan adonde pensaron... pensar en llegar les basta.
Supone usted que puede arrastrarme la sociedad... que no me reservo...
¡Pues si no me reservase un poco! ¡Á mí déjeme usted: los consejos me
crispan!
 
--Me río de sus crispaciones. ¿No ha venido á hacerme confidencias?
Fúmese ese cigarrillo musulmán, regalo de Turkán Bey; como tiene opio,
le servirá de calmante. Y pues se crispa tanto, sepa que aún falta el
consejo mejor.
 
--¿Cuál, vamos á ver? Alguna sentencia que soltó algún fraile.
 
--Una sentencia de Sancho Panza. Que en atención á que sus pasteles
le proporcionan dinero, elogios y relaciones cada día más altas, á
ellos se atenga y no busque pan de trastrigo. Déjese de andar contando
á la gente que sus retratos son cromos: en primer lugar, no lo son;
en segundo, la gente se apresura á creer cuanto malo decimos de
nosotros mismos. Pudiera suceder, Silvio, que ese género delicado y
aristocrático y algo artificioso fuese el que la Naturaleza ha querido
que usted represente dentro del arte. Es usted el único que lo cultiva
hoy. Ya eso sólo... Quédese donde está bien; así habló Zaratrustra.
 
--¡Ya sabe que _no puedo_! Cuantos obstáculos se me opongan los
arrollaré; y pues el más frecuente es la mujer, la mandaré al demonio.
Para el trabajo que me cuesta...
 
--¿Cree usted eso? Nunca interpretamos nuestro enigma. Silvio, aunque
no le llegue á usted al alma la mujer--está usted en sus manos.--Es el
grave inconveniente de su especialidad; yo al pronto no lo sospechaba.
Por la mujer gana usted nombre; por la mujer, dinero; por la mujer,
llegará á entrar en las casas más inaccesibles; á la mujer se encuentra
usted sujeto; la respira; la lleva ya en las venas. Es la invasión
lenta, de cada segundo, á la cual no se resiste; el proceso orgánico.

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