2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 26

La Quimera 26


Ella le dejó acercarse. Sonreía, con sonrisa más doliente que ningún
llanto. Siempre le parecía al doctor algo violenta la sonrisa de su
ahijada. En aquel momento la encontró propia del reo que quiere mostrar
serenidad ante los jueces.
 
--Clara--dijo por tercera vez,--¿estás enferma? ¡Ni sé por qué te lo
pregunto, niña! La respuesta la llevas en la cara. Sólo que en ti lo
enfermo se recata. ¿Merezco que intentes engañarme? ¿No comprendes,
Clara, que tengo derecho á tu mal, sea el que sea?
 
--Nunca he disfrutado de mejor salud; reconóceme, tómame el pulso... Te
convencerás.
 
Luz se aproximó á la dama y la imploró con las pupilas, con la actitud,
con todas las fuerzas de su voluntad de varón grave y entendido. Hasta
ansiaba ejercitar sobre ella un poderío de sugestión; y no era la
primera vez, desde hacía algún tiempo, que cruzaba por su mente la
tentación fortísima de someter á su ahijada á uno de esos experimentos
sobre la conciencia, que entregan los secretos del sentimiento, y hasta
las obscuras voliciones no definidas aún del sujeto, al experimentador.
 
--_Esto_--pensaba--no es como lo demás. Esto trae cola. ¡Su misma
placidez me asusta! Si yo fuese, por ejemplo, un marido, viviría en
seguridad completa hasta que una mañana me despertasen con alguna
noticia atroz... Antes, al caerse de lo alto de su ensueño, ha
solido presentar los síntomas de esta clase de afecciones morales:
desasosiego, crisis nerviosas, explosiones involuntarias de aflicción,
alteraciones funcionales, inapetencia, sueño cambiado y á deshora,
alternativas de risa y lágrimas... lo natural. Se deja correr... y
el tiempo interviene con su lima. Ahora... estamos peor, peor. Así
se manifiesta la incapacidad para la vida, el agotamiento de las
fuerzas que la sostienen. ¡Si yo pudiese provocar en ella un arranque
de confianza y de expansión! ¡Á menudo, por la boca se vierte lo más
envenenado del dolor, y sale, envuelta con el desahogo, la extrema
consecuencia que podría traer el dolor mismo!
 
Los temores de Luz--que le salían á la cara en forma de excaves
plomizos, reveladores de los estragos que una idea produce en
la sangre--coincidían con otra clase de preocupaciones también
absorbentes, á las cuales hubiese querido entregarse por entero. Por
esta circunstancia especial sufría doblemente; los que consagraron la
vida á trabajos positivos que velan una aspiración ideal, llega un
momento en que no se resignan á morir sin realizarla. El tiempo que les
resta está por avara mano tasado y medido; conviene apresurarse. ¡La
noche llega; hay que encender la lámpara!--Este afán de sobrevivirse,
propio de la madurez ya decadente, se manifestaba en el Doctor Luz
por una serie de tenaces investigaciones encaminadas á aplicar uno
de los últimos descubrimientos científicos á la curación de cierto
grupo de rebeldes y crueles enfermedades, tenidas por incurables
hasta el día. Su devoción á Clara le había arrancado de Berlín cuando
principiaba á entrever consecuencias de principios, sendas que al
través de lo desconocido se marcaban confusamente, vagas titilaciones
de claridades, que medio se parecían, disipando momentáneamente las
tinieblas de lo ignorado. Hallábase, justamente, el médico en uno de
esos estados cerebrales que en arte se llaman inspiración y en ciencia
no tienen nombre, por más que hayan precedido á todos los señalados
descubrimientos. Su inteligencia se encendía, dispuesta á fecundizar
el antes estéril montón de adquirida experiencia, de observaciones
clínicas, atesoradas sin presumir que para nada sirviesen; y ahora las
veía juntar sus manos y formar una cadena luminosa. La augusta verdad
brillaba y se desvanecía, con desesperantes intermitencias de fanal
de faro. El Doctor se juraba á sí mismo que fijaría la claridad para
siempre. Á su nombre iría unido un triunfo sobre el dolor y la miseria
humana.--Viajando, dentro del tren, al acudir al llamamiento de Clara,
padeció una crisis de desaliento. El destino de un sér tan querido era
y seguía siendo su cuidado mayor, el único que tenía embargadas las
fuerzas de su alma. Mientras sintiese á Clara agonizar, no dispondría
de atención para la labor. La carne viva de su corazón le dolía
allí,--en otro corazón acribillado por siete puñales de pena.
 
--Es el sexo, es la ley fisiológica--pensaba el Doctor.--En ella, en
su delicadísima organización, reviste esta forma que se puede llamar
poética. Como las reacciones de la colesterina, que dan tan preciosos
verdes esmeralda, en belleza se convierte su amargura.
 
Los planes de matrimonio expuestos por la vizcondesa de Ayamonte,
la simpatía que Silvio Lago despertó en el Doctor, contribuyeron á
infundirle un poco de optimismo.
 
--Se casará... Tendrá á quien querer conyugalmente, y aun
maternalmente... Desviará hacia el dulce sacrificio diario el torrente
de su egoísmo pasional... Acaso, por instinto, acierte esta criatura
con la solución... Cásese enhorabuena. Si ella puede vivir, podré yo
trabajar.
 
Relativamente entregado á la confianza, el Doctor, un día, se despertó
aterrado. Al ocupar su sitio á la hora del almuerzo, al buscar los
ojos de Clara, la vió tan diferente, no ya de como solía ser, sino
hasta de como se mostraba bajo el influjo de un trastorno moral,--que
su corazón dió un vuelco. Con frecuencia la había contemplado abatida
de infinita tristeza, más pálida que de costumbre, sobre todo pálida
de distinta manera, con la desigual blancura del insomnio, jaspeada á
trechos por las marcas rojas y cárdenas que delatan el estrago de la
batalla espiritual, y no se confunden con las del padecimiento físico;
con frecuencia había reconocido en sus párpados el edema que produce
un llanto imposible de contener, retraído, delante de quienquiera
que sea, por el pudor y la dignidad.--No así en el momento presente.
La expresión del rostro de Clara, en aquella mañana y después, fué
alarmante para un médico por el sello de estupor que la caracterizaba.
Estupor tan invencible, que tenía algo de extático, si suponemos
éxtasis en medio de las torturas infernales. El Doctor recordaba haber
visto expresión semejante en una enferma atacada de enajenación,
semanas antes de declararse abiertamente el padecimiento. Se arrojó
hacia su ahijada y la arrastró á la ventana, abrazándola y empujándola.
Ante la no prevista acción, Clara volvió en sí y resplandeció en sus
ojos la conciencia. Su actitud dijo, mejor que prolijas explicaciones,
que estaba resuelta á reservarse lo íntimo, lo sagrado de su mal. La
llave del santuario y de la cámara de tormento, nadie se la arrancaría.
 
Ya no pudo Luz volver á sus indagaciones ni concentrar sus facultades
para seguir el semiadivinado filón. El peligro del sér adorado
obligaba á descuidar lo demás. Venía tan embozado, tan traidor, y era
tan desusado, que no sólo preocupaba al amigo, sino que excitaba la
curiosidad del médico. El Doctor sufría la atracción que ejercen sobre
los profesionales que conservan el fuego sagrado ciertos fenómenos y
estados que no se explican sólo por lo físico; y la idea suicida, la
incapacidad de vivir, se contaban en este número.--Mariano Luz sostenía
que no se llega á concebir tal propósito sin una preparación larga y
honda. No dejaba de parecerle sacrílego considerar la enfermedad de
Clara “un caso”; pero creía que, tratándose de curarla, era preciso
mirarla como á las otras enfermas. Necesitábase el hábito observador,
el ojo clínico, para discernir los progresos del mal bajo la apariencia
de normalidad y frialdad indiferente de que Clara se revestía. Igual
que siempre, comía con poco apetito y distraída; se recogía á las horas
de costumbre; se levantaba con puntualidad, y sólo en su alejamiento
de todos los lugares donde pudiese encontrar á Silvio se revelaba
superficialmente la herida.
 
Pero el único amigo verdadero que restaba á Clara la conocía demasiado,
la había estudiado con sobrado amor, para que pudiesen despistarle
exterioridades facticias. Sabía Luz de memoria lo que no se finge,
porque no tiene sobre ello dominio la voluntad; el metal verdadero
de la voz, el sentido de sus inflexiones timbradas ó enronquecidas,
las empañaduras del cristal de los ojos, las securas de los labios
quemados por nocturna fiebre, el temple urente de las manos, la
fatiga y decaimiento del andar ó su desigual rapidez, la posición de
la cabeza, la tirantez forzada de la sonrisa, el hundimiento de las
maceradas sienes, la contextura de la epidermis, donde en pocos días
habíanse marcado pliegues todavía no atribuíbles á la edad. Lo más
significativo para el Doctor eran ciertas fulguraciones repentinas de
la mirada, aceradas y terribles, que tenía apuntadas en sus cuadernos,
por haber visto coincidir ese síntoma con resoluciones decisivas,
con actos de violencia, con accesos de locura. La siniestra centella
denunciaba el volcán oculto.
 
Ni por un momento pensó Luz en interrogar al pintor. Hubiese jurado
que Silvio le diría la verdad; pero la verdad que en circunstancias
tales se dice, no es sino cáscara de otra verdad íntima; cáscara de
hechos secos y sin vida ni sentido. Nada son los hechos, aislados del
espíritu donde recaen y han de germinar. Sólo cada cual sabe y conoce
su verdad propia, que al pasar por ajena lengua se disuelve en humo.
Clara, y nada más que Clara, podía interpretarse... si pudiese; si el
alto silencio que á veces cierra los labios, á fuerza de despreciar
la manifestación verbal, no los tornase piedra. Estatuas hay--pensaba
Luz--que nos dicen mucho, tal vez lo infinito, y sin articular palabra.
Dió entonces en traducir el mutismo de su ahijada, y la traducción fué
espantosa. “Es preciso romper el hielo y animar la piedra--resolvió--de
cualquier modo”. En todo caso de apelación á la verdad hay un largo
período en que se la teme, y un instante en que á toda costa, y aunque
sea entregando la vida, la solicitamos. Era llegado este instante para
el Doctor.
 
--Hija mía--imploró,--si algo merezco de ti, devuélveme aquella
confianza de otros tiempos. Es inútil que me digas que no te pasa nada;
ya sé que no has de decírmelo. Nuestras inteligencias han convivido;
nuestros corazones creo que se entendían. ¿No me quieres ya... un poco?
 
Clara dejó caer la cabeza sobre el hombro de su padrino.
 
--Pregunta--murmuró.--Aun de mala gana, te diré... lo que sepa. ¡No
creas que lo sé todo, ni mucho menos!
 
--De ti misma no sabes... Es natural, niña mía, pobrecita. ¡Qué
natural es! Ni nos sospechamos, lo mismo en lo físico que en lo otro.
Ni nuestras enfermedades conocemos; solemos morir de algo que para
nosotros carece de nombre. En fin, ¡á lo que importa! Perdona. Me
consumo también yo; ¿no ves? Voy á recetarme bromuro. ¿Cómo quieres que
no me sobresalte? No tengo descanso. ¡Quién sabe si estoy pasando peor
rato que tú!
 
Hizo Clara, débilmente, muestra de agradecer aquella tierna simpatía, y
el Doctor notó el abismo que el movimiento abría entre el presente y el
pasado.
 
“Me quiere menos, me necesita menos que antes.”
 
--Pues bien, ahí va... lo que es posible que vaya--dijo ella.--Lo

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