La Quimera 27
Eso no es cierto--prorrumpió al cabo.--Si le hubieses borrado de tu
recuerdo, estarías tranquila; y no digo nada si algo nuevo hubieses
escrito en ella. Y no tienes más camino: te han vaciado el alma, te han
arrojado á la obscuridad. Llena el vacío, busca el sol.
Ella hizo un gesto de desahuciada que sabe que lo está.
--Dime, por lo que más quieras--insistió el Doctor.--¿Esta vez... fué
_como las otras_? ¿Querías más, ó por otro estilo?
Clara tardó en responder: parecía que se examinaba despacio, que
recorría todas las moradas del alcázar interior.
--Esta vez--pronunció al fin lentamente--hubo una diferencia que tú
sólo puedes apreciar, porque sabes que no miento. Antes... quise ser
feliz... pretensión que debe de constituir un crimen, según se castiga.
Ahora, ya lo sabes, no pedí tanto: sólo quise que por mí fuese feliz...
alguien. Puse mi felicidad fuera de mi egoísmo, y así pensé asegurarla.
Acaso la ilusión se disfrazaba de abnegación. Él me lo arrojó á la
cara.--“Lo que pasa es que me quieres, y á lo que aspiras es á tenerme
siempre cerca de ti, asociando nuestras vidas”.--¡Verdad! ¡Mi generosa
proposición envolvía un negocio... de amor... pero negocio, interés!
Respingo impetuoso de Luz.
--¡Si tal creyó, creyó una infamia! ¡Analizando así, se destruye y se
disuelve todo! ¡No concibo que exista en el mundo espectáculo más bello
que el de un alma como la tuya, cuando el amor la solivianta y la hace
descubrir lo que permanece oculto en la vida diaria y vulgar! ¡Mira,
niña, si yo no fuese... lo que soy para ti desde hace tantos años; si
te conociese ahora, como te conozco desde la hora en que naciste, diría
lo mismo! No hablo así por quererte tanto, no. ¡Es que como tú no hay
muchas! ¡Apasionada, te colocas á la altura de los caracteres heroicos:
se te caldea esa voluntad, se eleva ese corazoncito, y eres capaz de lo
más grande! ¿Y ese hombre es artista? ¿Cómo no ha sentido la belleza
que en ti resplandece? ¿Cómo no te adoró de rodillas? ¡Cuánta fuerza se
pierde, cuánta semilla cae sobre la roca!
--Probablemente ese espectáculo que encuentras tú tan sublime lo damos
las mujeres con gran frecuencia--observó Clara con fría amargura.
--¡No por cierto!--negó el Doctor.--No he conocido docenas de mujeres
que transformen el instinto natural en impulso heroico. Eres la
excepción.
Clara se cubrió un momento el rostro con las manos.
--De ti--murmuró--habían de salir esas palabras... De ti, que
me quieres y me sueñas, con el sueño limpio y blanco de tu casi
paternidad. Pero te engañas, padrino, te engañas. Yo sí que me
traduzco al pie de la letra: me he conocido, me he registrado... y
me he causado horror, al ahondar en mí misma. Tú das por hecho que mi
estado de ánimo se origina de haberme apartado de _él_... ¡Quiá! Si es
que me he apartado de mí misma, ¿comprendes? ¡y así, créeme, no se vive!
La sencilla frase fué dicha con tal firmeza en el acento y con tan
persuasiva vehemencia, que el Doctor sintió un golpe allá en lo más
recóndito del alma: la confirmación de sus terrores. Sabiendo cuánto
gasta la fuerza de las ideas sombrías el aire libre de la comunicación,
insistió, porfiado.
--¿Según eso, te aborreces, te condenas, te desprecias?
--¡Lo desprecio todo!--repuso ella.--¡Lo aborrezco todo! Me soy
intolerable; y sin algo de buena armonía con nosotros mismos, no se
lleva la carga que nos echaron al nacer. Tú, que me cuidas desde
chiquita; tú, que has mirado por mi salud y por mi inteligencia,
¿podrás enseñarme dónde está la resignación?
Ante este clamor de socorro, Luz quedóse mudo. No; en realidad, él no
sabía...
--Cada uno--dijo al fin--busca el consuelo por caminos diferentes... Yo
he tenido mis grandes penas, Clara... ¡grandes, mortales quizá!, y me
refugié en el trabajo, en la labor diaria... ¡y también, ingrata, en ti!
--¿Y pudiste conformarte, padrino?
--¡Ya lo ves! De muchas cosas se vive... Hasta de las pequeñas y bajas;
hasta de las ínfimas. El caso es querer vivir...
--No puedo--murmuró Clara desmayadamente.--No es culpa mía; no es
capricho. Es que me falta objeto; es que me parece que no vale la pena
de defender lo despreciable.
--Coloca el objeto fuera de ti--advirtió Luz,--y será mejor... ¡Si
supieses cómo absorbe y embriaga el estudio!--Y añadió, agarrándose
á lo primero que se le ocurría:--Si te decides á aprender, aquí
tienes maestro. ¿Por qué no me ayudas en mis trabajos? Detrás de su
aridez aparente, está el universo, la infinitud de lo real. No eres
tú un cerebro sin condiciones para reaccionar contra esa especie de
fiebre infecciosa sentimental que te ha acometido; cuanto te sucede,
cuanto notas en ti, del sentimiento dimana; desvía la dirección de
tu sentimiento; te salvarás. Antes venías mucho á mi despacho. ¡Me
gustaban tanto tus visitas! Ahora nunca apareces... Y tengo mil
cosas raras que enseñarte. No te has enterado... He traído de Berlín
novedades. ¡Si supieses! Yo también alzo mis castillos de esperanzas...
que, probablemente, saldrán fallidas... Entretanto, con su jugo me
sostengo.
--Dichoso tú si esperas--pronunció Clara.--Y como viese en la fisonomía
del Doctor rápida inmutación, aunque procuraba esconder su terror
violento, la dama sintió á su vez un prurito de disimulo, frecuente en
los que oprime entre sus tenazas de acero la idea fija, y rehaciéndose,
con la instintiva comedia de una sonrisa, añadió:
--No me niego á intentar la curación por la ciencia, padrino. Desde
hoy me asocias á tus experimentos, si no te estorba una ignorante como
yo...
Si Luz hubiese podido sospechar el cálculo secreto que acababa de
precisarse en la mente de Clara, se le helaría la sangre. Como les
pasa á muchas personas que sólo poseen una tintura de conocimientos,
adquirida sin método, la antigua leyenda era para ella algo positivo.
En el gabinete del médico suponía Clara que debía encontrarse, y
aun elaborarse, el remedio á todo mal, el remedio dulce y seguro...
Á menudo, la sed de ese remedio había abrasado sus fauces, en las
interminables noches de insomnio, y el aparato de tortura, agresión
brutal y degradación física, que se asocia á la perspectiva de tal
remedio, había apagado la sed. Pero los sabios deben de conocer
secretos para desatar el nudo sin que se entere la curiosidad póstuma,
sin que el gesto sea repulsivo y feroz, y sin que el cuerpo se degrade
al abrir paso al alma. “Para ti no hay otro desenlace”, repetía Clara,
dando vueltas á su propósito. “No más vergüenza, no más mentira, no más
decadencia, no más profanaciones... ¡Pobre padrino!” sugería acaso un
resto de apego á la existencia afectiva. “Pero él puede irse también
y dejarme aquí sola... y entonces... No; no conviene esperar...” El
estado moral de Clara era tan característico, que temía dejar correr
el tiempo, recordando que el tiempo, limador constante, gasta las
resoluciones.
Y decidió sorprender el misterio del antro científico que tenía á mano,
como, siendo niña, hubiese forzado un armario atestado de golosinas...
Allí estaba la solución del enigma; allí, tal vez al alcance de la
mano, el reposo tras de una jornada fatigadora.
Luz recibió la aquiescencia de Clara con alardes de alegría. Aunque
las enseñanzas de su ejercicio debieran haberle probado cuán iguales
se ofrecen el varón y la hembra ante el experimento del dolor,
conservaba rastros tradicionales y creía discernir en la mujer algo
de pueril.--“Se divertirá como una criatura”--pensó--“si la convenzo
de que aprende”.--Recordaba casos; sabía que el alma es curable; y al
igual de todos los tocados de leve manía, no dudaba que interesase á
los demás lo que tanto le importaba á él. Apartar á Clara un minuto de
su abstracción, era probablemente salvarla.
Empujó la puerta del gabinete de consulta, é introdujo á su ahijada;
pero no se detuvo allí: sacando del bolsillo una llave, abrió otra
estancia algo más espaciosa.
--Mira--observó--qué bien he arreglado este cuarto de los leones. Tú no
sabes de la misa la media. Como me tienes abandonado... Lo empapelé de
nuevo, y me encuentro aquí muy bien...
Era una salita cuadrada, vestida de gris, severa y hasta ceñuda,
por lo que siempre tienen de amenazador aparatos y mecanismos cuyo
objeto y manejo ignoramos. Al decir el Doctor que eran chirimbolos de
electroterapia y radiología, no perdieron para Clara su austeridad,
su enigmático aspecto. En la pared brillaban instrumentos de acero
dispuestos en panoplia; dentro de una vitrina se alineaban otros no
menos limpios y estremecedores. En un ángulo de la sala se erguía la
jaula destinada á someter á los pacientes al alta tensión eléctrica.
En primer término, ocupando buen espacio, una máquina de rayos X--ya
anticuada, tan de prisa va la investigación,--deslustrados por el
abandono sus dos amplios discos de metal, escudos de combate que
el combatiente arrinconó para servirse de arma más poderosa. En el
centro, la cama de operaciones radiográficas, con su cabecera movible
y su colchoneta de terciopelo mustio. Al otro lado, en la esquina, la
máquina flamante, la última, fácil de reconocer por ese indefinible
pero auténtico aire de juventud y vida que también tienen los objetos
inanimados. El Doctor se paró frente á ella.--Aquí--explicó--hago
yo estas radiografías que voy á enseñarte...--Trajo una caja
donde guardaba los clichés, y al trasluz mostró á su ahijada las
curiosidades, haciéndoselas observar.
--Fíjate... Una luxación de la cadera... Se nota, ¿ves?, la diferencia
entre los dos lados de la pelvis... Esta era una niña y se hubiese
quedado coja. Ahí tienes la fractura de un brazo por el húmero. En
esa mano, ¡con cuánta claridad resalta la aguja que no había modo de
localizar para extraérsela á la pobre lavandera!
Clara miraba los clichés con desgana, aunque por complacer á su padrino
repetía:--¡Es admirable!
El Doctor comprendió el entumecimiento de aquel espíritu ensimismado.
--¿Quieres--insistió--ver latir tu propio corazón?
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