La Quimera 30
El portero me ofreció ascensor. (En mi nueva instalación no podía
faltar este requisito.) Se hizo cargo del caballo jadeante, para
llevarlo al picadero. El criadito que he tomado acudió solícito á
desembarazarme de mi arreo de dandy y sustituirlo por la blusa.
Es increíble cómo me sentía de fatigado y descorazonado. Omití
friccionarme las sienes con agua adicionada de colonia; y sin enjugar
el sudor de la galopada, me arrojé sobre el diván del taller; mi
respiración era angustiosa.--¡Qué débil soy!--pensaba. ¡Acaso para
llegar adonde tanto ansío se necesite esa sólida estructura, esa
armazón recia y cuadrada del maestro! Es preciso, preciso, que
economice mis fuerzas... en todos los terrenos... que no pierda de
ellas una chispa inútilmente. Seguir un régimen, hacer _sport_ moderado
sin derrochar energías como hoy...--Según suele ocurrir, al formar
estos propósitos estaba á mil leguas de creer que pudiese cumplirlos.
Comprendía que no era dable ya sujetarme al método austero que
constituye la higiene moral del artista. Me acordé largo rato de la
Ayamonte. Tal vez tuviese razón esa mujer. Desde luego, me quería...
¡Bah! ¿Qué importa que le quieran ó no le quieran á uno? Lo que
interesa es que no le estorben, que no le aten los brazos.
Aún no me había repuesto, ni funcionaba normalmente mi corazón, cuando
entró el portero llevando en brazos un bulto gris, especie de manguito
raso.
--Lo que me ha encargado el señorito--dijo muy obsequioso.
¡Verdad! Se lo había encargado en un momento de tedio, de afán de tener
á mi lado algo en que emplear mi escaso capital afectivo.
Miré. Era un precioso cachorro de raza danesa, semejante á esos grandes
juguetes de porcelana que se colocan en antesalas y bajo las consolas.
La cabeza alongada, la magrez de las formas, declaraban la pureza de
la raza; la piel era fina como velludillo, y en el gracioso hocico
había esa expresión de inocencia cómica que tienen los cachorros, y que
asemeja su infancia á la infancia humana. Con un impulso de simpatía le
tomé de manos del portero y empecé á acariciarle. El animal sacó una
puntita de lengua de fresco coral rosa y me lamió la cara; después, con
dientecillos semejantes á puntas de piñones, mordisqueó lo primero que
encontró--la nariz de su futuro dueño.
--¿Es macho?--interrogué.
--No, señorito. Hembra es... No ha traído la madre de esta vez macho
ninguno--respondió el portero, que, al ver mi entrecejo, se decidió á
mentir descaradamente, imaginando engañarme. La verdad era que habían
nacido en las cocheras del duque de Lanzafuerte, próximas á mi estudio,
cinco hermanos de esta primorosa bestezuela, de los cuales dos machos,
reservados para amigos del duque, á quienes se los tenía ofrecidos sabe
Dios desde cuándo. Las hembras fueron relajadas al brazo secular del
cochero, que las explotó. En esta diminuta intriga el portero sacó su
tajada, amén de un duro que le solté.
Al exclamar yo:
--¡Lástima que sea hembra!--ya me sentía encariñado.--¿No sería mejor
que viniese criada? (Comprendía que estaban riéndose de mí y no me
atrevía á hablar gordo. ¡Soy imposible! Tiene razón la baronesa de
Dumbría.)
--¡Ay, señorito! Como mejor, sí sería mejor; pero el amo de la madre
quiere que sólo mamen las crías que él guarda para sí. No se apure el
señorito, que mi sobrino es mañoso y de esto ya entiende; comprará
leche y no pasará hambre. ¡Chuchita! ¡Es más bien cortada y más chula!
Volví á alzar los hombros. Me es indiferente que el portero tome café
con leche á mi cuenta. La gracia de la cachorra me ha conquistado.
¡No se alabarán de otro tanto las hembras de mi especie! La coloqué
sobre el rincón del sofá, la hostigué para que jugase; pero acababa
de atracarse y estaba adormilada; hecha una rosca, cerraba los ojos.
¡Envidiable, envidiable vida animal! Arropaba con mi _plaid_ á la
cachorra, cuando el criado anunció á la señora duquesa de Flandes.
* * * * *
Ya escucho con indiferencia los nombres sonoros; pero al oir éste,
no pude menos de sobresaltarme y correr á recibir á la rica hembra.
Entraba á paso cadencioso y arrogante, sin crujidos sedosos reveladores
de frufrús, arrastrando majestuosamente su faldamenta de paño obscuro,
semejante, como todo lo que ella viste--á pesar de proceder del gran
modisto,--á una falda de amazona. Llenaba el angosto pasillo con su
cuerpo lanzal y amplio de formas, y su cabeza bien puesta y gallarda
se erguía para mirar los bocetos que tengo clavados en las paredes.
Me incliné, me deshice en salutaciones y reverencias,--porque esta
gran señora, aun donde muchas grandes señoras han pasado ya gastando
mis impresiones, es cosa aparte. Parece la definitiva sanción de mi
papel de retratista de las alturas. La entrada resuelta y noble de
esta virreina consagra mi taller y refrenda mi categoría. Viendo á la
duquesa de Flandes, por un momento me consolé de la humillación sufrida
en el paseo. Se me impuso la noción de la jerarquía social, poder no
inscrito en Códigos ni en Constituciones, y que se burla de ellos y de
las revoluciones niveladoras. Doblemente fuerte, por lo mismo que no
tiene carácter legal, y que la retórica de la mentira proclama cada día
su desaparición. La duquesa de Flandes, para quien no esté en mi casa,
será... otra duquesa más de las que figuran en la Guía, y entre las
cuales tan curiosas diferencias establecen las circunstancias íntimas
y los antecedentes biográficos; pero yo, aunque rápida y de seguro
incompletamente iniciado en la vida mundana, no ignoro lo que significa
esta mujer, que entre las frivolidades pegajosas de la sociedad y la
apatía suicida de la gente aristocrática, conserva su conciencia de
clase, el sentido de sus prerrogativas y del valor histórico de su
nombre. Ella, y no el marido--el cual es realmente quien lleva en las
venas la sangre de Flandes y Utrecht, encarnación de la vida española
cuando aún era gloriosa;--ella, y no el marido, es quien ha consagrado
tiempo y voluntad á elevar á altura principesca la casa, impidiendo
que, como otras muy resonantes, descendiese á la quiebra y viese
dispersos sus egregios despojos en almonedas judiciales y tiendas de
anticuarios. Ella, y no el marido, ha cuidado religiosamente de salvar
los restos y testimonios de antiguas proezas, y desempeñado los tapices
representando batallas, los retratos del Ticiano, las iluminadas
ejecutorias, los probantes documentos, desempolvando el archivo,
registrándolo con amor, últimamente con golosina; ella, por último, se
ha consagrado á cultivar la memoria del antepasado terrible, que tan
grande fué contra el sentido y la corriente de los tiempos modernos,
y á que los descendientes aparezcan todavía (pese á desvinculaciones,
locuras y decadentismos) vestidos de un reflejo espléndido de tal
grandeza. Ella--desde el primer día de su vida conyugal--se ha dado
cuenta de que en los muy altos linajes la mujer tiene un deber más, y
entre ejemplos nada edificantes y relaciones de elegancia corrompida,
ha permanecido tranquila en su dignidad, imponiéndose á la maledicencia
por la seriedad de su conducta. Ella--sin llegar á extremos de altivez
como los que se cuentan de su esposo, que á muy pocas personas
consiente alargar la mano--es toda la casa de Flandes, amenazada como
las demás de desmigajarse por el reparto, no sólo de bienes, sino de
honores y títulos.
La miré deslumbrado, encontrando un género de belleza peculiar en su
tipo viril, de grandiosas líneas, en su torso prolongado y sólido de
cazadora y de regeneradora de raza. Se acercó saludándome y hablándome
llanamente, con palabras de amabilidad cordial. Tenía noticias de
mi destreza... El pastel de Lina Moros, con el traje de terciopelo
_miroir_ amarillo, un encanto... Deseaba un retrato caprichoso, algo
diferente...
--Sólo en el hecho de ser retrato de usted, señora, había de
diferenciarse. Cuando el modelo tiene personalidad...
Explicó la idea. Un pastel hasta la rodilla, que la representase con
su chaquetilla verde, su faja carmesí, su pavero de fieltro gris, su
larga pica de acosar y derribar empuñada; el atavío con que se solazaba
en la dehesa boyal, metiéndose intrépida entre las reses, en las
tientas. Es este castizo deporte uno de los contados antojos tocados de
extravagancia de mujer tan formal, y en él, cosa rara, coinciden sus
aficiones y las de su marido, siempre entregado al _sport_.
--No va á resultar muy género pastel...--murmuró disculpándose.
--Mejor--exclamé. Y ante la sonrisa benévola y franca, como de
amiga, de la Flandes, me sentí animado á una de aquellas desatadas
confidencias que había tenido con Minia, que pueden tenerse con las
mujeres cuando son varonilmente sencillas y leales. Escuchóme con
interés; “comprendía” y “encontraba natural”.
--No se preocupe usted--exclamó con simpatía.--Lo que usted necesita es
salir de Madrid, donde no encontrará estímulos, donde se amaneran los
artistas, é irse á Londres. Allí, con muy pocos retratos que haga, como
se pagan seriamente, tiene usted bastante para vivir, y puede estudiar
con pintores, ¡de los primeros del mundo! ¡Francamente, aquí no los hay
de esa talla! En Londres creo que le irá á usted bien.
Me entró alegría. Las palabras de la duquesa me vengaban del desprecio
sufrido en el paseo matinal.
--¡Londres! Seré un átomo perdido en la enorme ciudad. Nadie me
conocerá, ni yo conoceré á nadie.
Una sonrisa de bondad iluminó el rostro y los ojos de vastas ojeras
obscuras, mazadas; ojos que parecen revelar un organismo minado
secretamente.
--¿No me conoce á mí?
Tembloroso de esperanza, murmuré:
--¿Estará usted en Londres cuando yo vaya, si es que voy?
--Esté ó no esté--y si es en la _season_, no tendría nada de particular
que estuviese,--le puedo dar á usted cartas para amigos míos. Si Pepita
Castelfirme continúa entonces en nuestra Embajada, le será á usted muy
útil. Los retratos en esos países se pagan diez veces más que aquí. ¡Y
en libras!
Suspiré. Me acordaba del reciente grupo de retratos de una familia
tenida por millonaria, y que me está siendo difícil cobrar; ¡tanto, que
ya me resuelvo á dejarlo por cosa perdida! La Flandes insistió:
--Una temporada en Inglaterra conviene para todo. No sólo aprenderá
usted arte, sino que se robustecerá; es muy sano residir allí. El clima
es excelente, digan lo que quieran; la comida nutre más; no sé en
qué consiste... Hará usted un poco de ejercicio; ¡aquí la gente vive
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