La Quimera 29
Inundaba el sol de primavera--de la corta é intensa primavera
castellana--de luz rubia y de efluvios indisciplinados y ardientes
las correctas avenidas del Retiro, cuando las recorría yo al paso
igual de uno de esos matalones de picadero, que alquilan á precio
módico los novicios en equitación. La esfera en que he ido entrando
insensiblemente me impone unos ribetes de vida deportiva. El caballo
y la bicicleta me atraen. Me he arrancado á encargarme el atavío de
_gentleman ridder_: al estrenarlo y mirarme al espejo del armario de
luna, me pareció irreprochable la figura encuadrada entre los biseles;
algo exagerada la forma de las piernas, con las arrugas amplias del
calzón en el muslo y su angostura en la pantorrilla, subrayada por
la fila de menudos botones, y disimulado lo único plebeyo de mi
estampa--¡bien plebeyo y bien delator!--que es el pie. Al lado de esta
silueta de vida lujosa, mi retentiva de pintor evoca la sórdida estampa
de mis primeros días en Madrid: las botas gastadas y torcidas, el viejo
gabán verdusco, el pantalón nuez con rodilleras, el sombrero abollado,
las trazas menesterosas de pobre vergonzante. De la asociación de
aquellos dos tipos en contraste, del recuerdo plástico de un ayer tan
cercano, me sobrevino, no la alegría orgullosa del engreimiento, sino,
al contrario, una especie de acceso de desolación: porque medí, con
sagacidad de que no carezco, el camino andado para distanciarme del
ideal, y el ascendiente que en tan corto tiempo han adquirido sobre mí
ciertas exigencias sociales. En mi primer ensayo de vestir de frac,
hasta ridículo me había encontrado, y ahora me reflejo en la clara
luna, con la librea de la última moda, dispuesto á cumplir un rito
de la nueva existencia que me han creado las circunstancias, y en la
cual principio á sentir que enraízan, mal que me pese, mis plantas
de vagabundo y de obrero libre, maculadas del polvo de los caminos.
¿Es que soy definitivamente esclavo ya? ¿Es que se ha filtrado en mi
organismo la imposición de ciertos afinamientos, el cosquilleo de
ciertas satisfacciones mezquinas; es que ya lo popular y lo burgués
se me revisten de ridiculez sainetesca ó de insignificancia? No;
aunque sufro el yugo, la protesta del ideal se caracteriza; siento las
ansias del profeso que al huir de su convento quisiera también huir de
sí propio. Me refugio con furioso vigor espiritual en la esperanza.
Esto no es sino una etapa del viaje hacia la tierra prometida: etapa
inevitable.
Al aire que prefiere la montura--paso de procesión--avanzo por la casi
solitaria calle, guarnecida de lantanas y después de altas coníferas,
algunas de las cuales tuercen enérgicas su negro tronco, desdeñosas de
tanto orden... Me siento en disposición optimista, con la cabeza vacía,
el estómago tranquilo, como suelo tenerlo al día siguiente de comer en
casa de Minia guisos caseros; y merced al bienestar físico, el porvenir
se me antoja á la vez seguro y lejano, algo que llegará á su hora y
que no debe estropearnos el presente. Al cruzarse conmigo me saludan
con zalamería dos ó tres aficionadas á guiar y á pasear temprano; los
saludos tienen carácter de familiaridad bonita, lo que sabe poner de
halagüeño en un gesto la mujer maestra.
Sin embargo, en estos saluditos tan monos hay una especie de captación
tiránica, una advertencia imperiosa. Juzgué que encerraban este aviso:
“Nuestro eres”.
Pero me notaba tan beato de cuerpo y de espíritu, que no me preocupé
más. Mi independencia de alma, mi quisquillosa independencia, no
gritó, no se rebeló, adormecida por el dulce soplo vernal y por la
sonrisa de las cosas en torno mío. Hay horas así, en que una sensación
de ventura nace en nosotros, como el agua clara y cantadora surte sobre
el fondo de un paisaje. Es sensación, porque no se origina de ningún
convencimiento racional, ni siquiera de ningún movimiento emotivo. Es
sensación: pura animalidad, no brutal, sino plácida, reposada, que por
un momento se impone á la siempre vigilante conciencia.
Se desata por las venas la vida fisiológica, y el mundo exterior
nos inunda y nos arrebata de la prisión de nosotros mismos. Nos
reconciliamos momentáneamente con lo que suele oponérsenos; un baño
de gozo nos refrigera; el aire es amoroso á los pulmones; la sangre
circula con generosa braveza; el cerebro se aduerme... ¡Á veces,
borrada la memoria de supremos instantes de la existencia, es posible
que el recuerdo de satisfacciones tales, que no son sino perfecto
equilibrio de la salud, venga á alumbrar las desazonadas horas de la
vejez!
Saboreando descuidadamente lo grato del momento, revolví haciendo
trotar á mi alquilón, y me perdí en las calles de pinos y plátanos,
viendo á ambos lados edificios raquíticos ó ampulosos, las
construcciones que afean el Retiro.
El tiazo Goya me miró, con desconfianza de sordo, desde su pedestal.
Impulsado por la plenitud, en mí tan rara, de fuerzas vitales, quise
galopar un poco, y para continuar al Hipódromo salí hacia el paseo
de la Castellana. La soledad era mayor aún; el batir de los cascos
del caballo al emprender su galope sin arranque, de animal demasiado
diestro, levantaba del suelo arenisco sutil polvareda. Al tener que
llevar recogida á mi montura, desperté del sopor en que me deleitaba, y
la primer señal de haberse roto el pasajero encanto, fué que me comparé
á este caballo de picadero, dócil y maquinal como un siervo que se
resigna. ¡Qué hermoso es el caballo en su pradería, suelta la nunca
esquilada crin, naturales los botes y aires indómitos, que no igualaron
el látigo ni la caricia!
Al volver la cabeza vi que á aquella hora temprana, bajo un sol
ya picón, caminaban á pie dos hombres... Les reconocí. El uno era
Solano, el impresionista, derrotado, despeinado, retorcida alrededor
del cuello una corbata grasienta (es fácil que la camisa esté peor
que la corbata), y sus ademanes alocados, su trepidar de ojos, daban
animación febril al manoteo con que se dirigía á su acompañante.
Éste... Al verle, percibí el acostumbrado golpe, el que sufrimos
al encontrarnos ante personas en quienes pensamos ahincadamente, y
que, distantes al parecer de nuestro horizonte y nuestro destino,
influyen en él, sin embargo, de un modo decisivo y secreto.--Era nada
menos que aquel... _que yo quisiera ser_; el que--sosegadamente,
firmemente, desenvolviendo con tenacidad sus facultades, recogiendo
hilos de tradición tenuísimos, algo que procede de los grandes maestros
españoles de la pincelada franca y el contraste de luz vigoroso,--se
ha abierto ancho camino, sin artificios, sin concesiones, gran artista
secundariamente, pero, en primer término, reproductor literal y
pujante de una verdad de la naturaleza, de una violencia del color y de
la luz, de un aspecto fiero y esplendente de la tierra española. Con el
corazón palpitante me saciaba de mirarle, cual si de la contemplación
apasionada del seide y del fanático pudiese salir algo de asimilación.
Le miraba con dolor (lo hay en estos cultos idolátricos, y así se
explica el triste fenómeno moral de que las más profundas admiraciones
artísticas ó literarias hayan engendrado las más viperinas envidias y
los más acibarados odios).--Le miraba sediento, buscando en los rasgos
físicos, en la cara algo mongoloide, en lo recogido y recio del cuerpo,
en la misma pequeñez de la estatura, el misterio indescifrable de la
facultad genial y del heroísmo de la vocación, segura y definida, que,
al través de zarzas, espinas y guijarros, va á su objeto. Sentía esa
fascinación que nos causa la forma humana cuando encierra el espíritu
que apetecemos, el que hubiésemos ansiado que nos animase. Comprendía
cualquier demostración de las que ya no se estilan entre civilizados:
¡echar pie á tierra y besar el polvo hollado por sus botas!
En medio de mi transporte, me explicaba la excursión matinal
del maestro, en compañía de uno de sus peores y más amanerados
discípulos. Se dirigían al edificio donde se prepara la Exposición,
esta famosa Exposición tan cacareada, acechada ya por críticos al
menudeo y proveedores de la malignidad en forma de caricatura y
sátira. Indudablemente Solano ha echado el resto en alguna tentativa,
trabajando con vida y alma, luchando con los apremios de la estrechez
y con su mediocridad incurable; y el maestro reconocido, cuyos lienzos
se ostentan ya en Museos extranjeros, se presta, por solidaridad, á
intervenir en asuntos de colocación, á dar al artista obscuro una
muestra de condescendencia, el aliento del consejo y de la protección
visible.--Noto un dientecillo roedor, un mordisqueo de envidia.--No es
este pobre fracasado quien debiera, en esta mañana primaveral, bajo un
cielo tan puro, encaminarse al lado del maestro á la conquista de la
gloria, sino yo, yo mismo; yo, dotado de aptitudes que acaso principian
á atrofiarse ó acaso hierven en preparación de germinar.--El golpeteo
de los cascos de mi caballo distrajo un momento de la animada plática
á los dos pintores; volvieron la cabeza, solicitados por la vida que
pasa--y mientras Solano hacía sin rebozo un gesto despreciativo,
mofador, á mi elegante figura, el maestro fijaba en ella los ojos
de mirada moruna, graves, un tanto oblicuos, y fruncía el entrecejo
ligeramente. Su mirar era puñalero: cortaba, derramaba hielo de muerte,
cabalmente por su misma indiferencia y distancia.
Un momento quedé paralizado. En la boca acíbares, en el pecho
constricción, como si lo ciñese fuerte aro de hierro. La más penosa
de las impresiones, la vergüenza--en el grado de bochorno y dolor de
haber nacido,--me abrumaba, infundiéndome sequedad y aridez infinita,
visión de desierto de arena que atravesar sin sombra de árbol. La
vida me pareció que había perdido de golpe todo valor, cuanto la hace
soportable; hubiese querido que se rajase la tierra y me sorbiese por
su hendidura, con caballo y todo. Miré como fascinado al maestro, y
al sentir que, puerilmente, los ojos se me arrasaban y las mejillas
se me encendían, clavé los agudos espolines de acero al domado bruto,
dándole, al mismo tiempo, tan vigorosa ayuda, como se dice en términos
de equitación, que el galope emprendido convirtió mi aliento en
resuello y me deslumbró un instante.
Á cada intento del animal para moderar el paso, volvía á hincarle las
estrellitas de acero y á fustigarle iracundo. El caballo resoplaba,
hasta iniciaba algún corcovo de protesta; pero pudo más su docilidad
de esclavo, y se resignó á dispararse por las grises y polvorientas
afueras de Madrid, bellas á su modo, secas y netas como país de tabla
quinientista. Así que gasté mi excitación por la embriaguez de aire,
revolví, y lentamente emprendí el retorno, sudoroso y apaciguado. En
Recoletos--ante una iglesia--me crucé con una señora que de ella salía.
La miré como se mira, sin verlas _dentro_, á las mujeres de bonita
silueta. Sus ojos se vertieron en los míos; iba pálida; palideció más.
Entonces sí que la vi dentro; no porque la quiera, sino porque la he
causado mal, y es lazo que une.
El dolor, obra nuestra, nos impide aislarnos del que sufre por
nosotros. Conocía yo bien la manera de ser de la Ayamonte, que en vez
de ruborizarse, con la emoción, palidece. Casi detuve el caballo--no sé
á que fin.--Tal vez fuese para decirla que me perdonase: que me pesa,
no de mi condición, pero sí de su malandanza. Con el aturdimiento, me
olvidé de saludar. Y ella pasó despaciosa, serena, y en sus pupilas
resplandecía algo; una luz singular, una proyección de alma... ¿Será que...? ¡Bah! ¡Tan pronto
댓글 없음:
댓글 쓰기