2015년 8월 24일 월요일

La Quimera 36

La Quimera 36


La Flandes se retira, después de convenir en que volverá mañana á las
once--ésta es de las que madrugan y hacen vida activa, oreada,--y en
que el domingo iré yo á almorzar á su palacio, para ver su Ticiano,
sus tapicerías, sus tesoros de arte. Una vez más sufriré la decepción
de que ante la pintura antigua (hecha con los jugos y esencias de
edades más estéticas, y que sólo por recordar esas edades ya excita la
imaginación y la puebla de bellas sugestiones), nuestra pintura actual
desciende muy bajo.
 
La invitación de la Flandes me halaga de pronto: al cabo es la primer
casa de Madrid, después de la que domina la Plaza de Oriente; pero soy
de tal madera, que apenas me solivianta la hinchazón de la vanidad, ya
estoy arrepintiéndome, pensando que un convite á almorzar es justamente
el modo que tiene la duquesa de colocarme, desde el primer día, en mi
puesto de artista á quien se recibe en pie de dependencia disimulada
por llanezas de buen gusto. Sé que en la mesa de Flandes, los almuerzos
reúnen á los que no _alternan_, y las comidas, muy poco frecuentes,
á los elementos sociales homogéneos. En fin, ¿qué diablo me importan
esos tiquis miquis? Quién soy yo para... Ó, mejor dicho, ¿quiénes son
ellos, los de ese círculo, para influir en el estado de mi conciencia?
¿Será exacto lo que asegura Minia, y no atravesaré impunemente un medio
donde la vanidad lo informa todo? ¿Es que no aspiro á algo superior,
infinitamente superior, á una invitación en casa de Flandes?
 
* * * * *
 
Pues sin embargo... Media hora después de hacerme estas reflexiones,
se presentan en mi taller una señora oronda y dos niñas enfaroladas,
á quienes conozco de haberlas visto por ahí en todas partes (tienen
la ocurrencia de no perder ripio); las de Barrachín. Las muchachas
no son malejas; la mayor, la rubia, conserva una frescura que aún no
han podido destruir los afeites... La mamá... un amasijo de plumas,
cintas, colorete y brillantes. Vienen á solicitar que las retrate
en seguida; pagarán cuanto yo quiera, y doble, “porque el arte y la
inspiración no tienen precio”. Más frío que la horchata de chufas,
contesto que no puedo, que no tengo un minuto, que no lo tendré hasta
Dios sabe cuándo. Hablo precipitadamente, empujando las palabras,
como si me faltase tiempo de ver fuera á las Barrachinas.--Y es el
caso que (por casualidad; porque algunas de mis clientes que habían
de venir esta semana, hacen ejercicios de marianismo selecto en el
Sagrado Corazón, cosa que las Barrachinas no sospechan, pues si no allí
estarían de patas...) tengo, no minutos, horas libres, y tres ó cuatro
retratos--las Barrachinas desean reproducir las fisonomías de toda la
familia, sin exceptuar al grifón favorito,--tres ó cuatro retratos,
digo, pagados contante y hechos al correr del dedo, no me vendrían nada
mal, ahora que acabo de mudarme y que el armario de la Dumbría, ¡pobre
señora!, no guarda un céntimo de ahorros míos...--Pero el individuo
de adaptación que hay en mí, el hombre de cera, moldeado ya por un
medio absorbente, se abochorna de conceder la alternativa á gentes
caricaturales que andan en solfa. Encajo á las de Barrachín cuatro
sequedades, que me evitarán cuatro cuchufletas de Lina Moros, pero me
dejarán el bolsillo tan flojo como está... Se retiran cariacontecidas,
previos reiterados y ramplones ofrecimientos de casa y amistad (la tema
de ofrecerse es una de las notas características de estas infelices).
Cuando me quedo solo, me reprendo, me pongo de perro humor, pensando si
ya mis actos no estarán regidos sino por los hilos de la marioneta.
 
* * * * *
 
Debe de ser así.--Hace lo menos mes y medio que no piso la escalera de
mis humildes amigos, los de Carboné Sequeiros, y de seguro las chicas,
á quienes daba lección gratuita de dibujo, han adivinado la causa.
Al padre podré contarle que no he dispuesto de una hora; las chicas
no lo tragarán. Saben ellas que siempre se dispone de una hora, si
se quiere disponer, para ir á preguntarles á las gentes qué es de su
vida. Saben que los hombres salimos á la calle cuando nos parece, y si
tenemos confianza con alguien, de día y de noche le vemos. Por otra
parte, las muchachas, y especialmente Matilde--que se había forjado
ciertas ilusiones,--me pronosticaron esto: “Ahora, con lo encumbrado
que está, no nos hará caso maldito”. ¡Lo que yo embarullé para
sosegarlas! Me puse como me pongo cuando el influjo de la compasión y
cierto instinto de justicia me revisten de momentánea sensibilidad.
Es un fuego de paja, y parece hoguera... No, yo no soy bueno, yo no
valgo nada moralmente. En la marejada de mis sentimientos todo es vana
espuma... cuando no amargor. Á los seres que de veras me quisieron les
hice siempre daño. No puedo olvidar la mirada de Clara Ayamonte, ni
las lágrimas que se sorberá, con la cabeza baja para coser, Matilde,
obscura niña de medio pelo, cuyas penas no salen de las cuatro paredes
de su domicilio...
 
¡Bah! Son ganas de atormentarme. ¿Clara Ayamonte? Dentro de seis meses
ni el color de mi bigote recuerda; y á Matildita Sequeiros... lo mismo
se le importaba del dibujo y del profesor, que á mí del emperador de
la China.--Lo que las traía locas en aquella casa era justamente que
yo anduviese por donde ando. Lectoras más asiduas de Ecos y Revistas
de salones no las hay. Me freían á preguntas. “¿Cómo viste Lina Moros?
¿Qué olor gasta? ¿Se pinta el pelo? ¿Usa esto, aquello y lo de más
allá? ¿Es cierto que la Sarbonet... así y andando?” ¡Matildita! Si
la caprichosa fortuna quisiese trasladarla de su tercero á un hotel
suntuoso, y convertir su traje de lana en funda ondulosa de gasa blanca
rebordada de lirios, conmigo no soñaría. Con algún _sportsman_, de
seguro...
 
* * * * *
 
Pasado mañana se abre la Exposición. Asistirán los Reyes. Mañana,
el barnizado; cada quisque se llevará allí su tarro de barniz de
espliego y su brocha, y trepando á una escalerilla, batallará con los
rechupados y las emplastaduras del color... ¡Cuántas fantasías, cuántas
decepciones! Lo que en el taller parecía un triunfo, allí se viene al
suelo... Ahora les salta á los ojos lo que convenía haber hecho; otra
cosa que esto, otra cosa. ¡Ya es tarde! Y aún hay alguno que allí mismo
quiere variar tal toque ó cuál efecto de luz, y á hurtadillas, con
febril mano, se corrige.
 
Me he colado, sin importárseme de miraditas, cuchicheos y señas; me
he paseado con las manos metidas en los bolsillos, perdiéndome entre
los grupos de curiosos impacientes que no quieren esperar al día de la
inauguración oficial, entre los cuales circulan críticos de periódicos,
individuos del Jurado, maestros rancios, á quienes saluda con respeto
la turbamulta, y expositores que escuchan, á veces sin querer, con el
corazón atenaceado, la más despectiva calificación de aquello en que
cifran lo hondo de su ensueño y quizás su pan diario. Pienso que yo
debería ser uno de éstos; que falta en las paredes el pedazo palpitante
aún de mis entrañas, manchado con sangre de mis venas, que se llamaría
mi primer cuadro de Salón. Sí; yo podría haber concurrido, y que mañana
los periódicos insertasen críticas, y la muchedumbre, al desfilar,
preguntase distraídamente: “¿Y esto? ¡Ah! De Lago el retratista”. Con
descolgar de mi taller la _Recolección de la patata_ y traérmela...
Alzo la vista, recorro salón tras salón, y veo infinitas cosas peores
que mi estudio rural; seguramente menos sinceras y sentidas. Pero cada
uno es cada uno; me moriría de vergüenza si me diese á luz con la
_Recolección_. El que venga aquí debe traer algo; un trozo de verdad,
y no sólo de verdad, sino de verdad _suya_, vista por él, no al través
de los maestros que fuerzan la imitación de los principiantes. ¿Es
eso mi _Recolección_? No. El asunto lo he encontrado en mi tierra; lo
he visto con mis ojos, bajo mi sol; pero mis ojos estaban llenos de
reminiscencias; á mis ojos no se les había impuesto aún mi alma... y
ese cuadro es de la escuela del hombre que, en el camino del Hipódromo,
me miró con tan yerto desdén. ¿Cuándo veré las cosas dentro de mí y
en mí, iluminadas con luz obscura ó brillante que yo genere, y que
sea luz después para otros? ¿Cuándo dejaré de sentirme subyugado por
admiraciones y estrechado en brazos de una estética que sobaron los
demás? ¡Oh rabia! Al paso que voy, tal vez nunca... ¡Maldito sea,
maldito, si no trabajo sin descanso, si no me hago dueño de la técnica,
y si luego no descubro un rincón donde nadie haya sentado el pie y no
me acuesto en un lecho virgen--sea de hierba ó de peñascos! ¡Y pensar
que en un día de fiebre la _Recolección_ me pareció un paso en mi
carrera!
 
¡Como la _Recolección_, hay tanto aquí! La evolución de estos muchachos
expositores me explica la mía. La considero con indignación, mientras
el público, sin darse cuenta del por qué, la considera con desvío y
hasta con befa;--y esto el día del barnizado, en que sólo viene gente
algo entendida.--¿Qué será cuando entre aquí, por dinero, la recua
desconocedora del esfuerzo y de la lucha? ¡De todas maneras me indigno!
Trabajaron... ¿Y qué? En primer lugar, no trabajaron con paciencia.
Son improvisadores. Si no podían vivir, que barriesen las calles.
Todo menos exponer estas vergüenzas, que no revelan ni temperamento
ni personalidad; que son la cara de un maestro, vista en espejo
desazogado...
 
* * * * *
 
¡El desdén (_anch’io desdeño_) me sugiere resoluciones! En el ángulo de
un salón solitario (donde se exhiben engendros más torpes y caníjos, la
epilepsia de la imitación que se cree original porque exagera defectos)
me paro, y con la voluntad flechada y el espíritu recogido me agarro la
mano izquierda con la diestra, me la oprimo fuertemente, y me juro á mí
mismo no existir sino para mi inspiración, no transigir con nada que la
estorbe. “Si algún día figura en este Salón un lienzo con la firma de
Silvio Lago, será que el lienzo es, en efecto, de Silvio Lago, del alma
de Silvio Lago...” Aún seguía apretujándome, cuando Marín Cenizate me
interpeló.
 
--¿Has visto mis paisajitos?--preguntó afanosamente.
 
--No... ¿Dónde los han escondido?
 
--¡Escondido, justo!... Si yo me diese el tono de tener enemigos, diría
que mis enemigos los han colocado allí para fastidiarme. Pero habrá
sido porque á los señores del Jurado no les pareció que merecían más
consideraciones. Ven, verás.
 
Me arrastró, al través de la fila de salones, hasta otro arrinconado,
apenas visitado, donde muy altas y á mala luz campeaban varias tablitas
siempre inspiradas en Haes. Vibrante yo todavía de mi acto de fe,
costábame trabajo disimular la indiferencia y pagar mi tributo de
amistad con algún elogio. Cenizate comprendió, y, como siempre, su alma
buena se refugió, para consolarse, en la ajena esperanza.
 
--¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? ¡Porque mira tú que hay
moñitos que quitar! ¿Has echado un ojo á todo eso? ¡Van á tener que
leer las críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa Roma--lo
estaba diciendo Ruiz Agudo, el de _La Península_--es el estragamiento

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