La Quimera 37
¿Pero dice algo nuevo?--pregunté interesado.
--¿Qué quieres que diga? Solano, el pobrecito de mi alma, por no tener
nada nuevo, ni botas ha estrenado en su vida... ¡Es un discípulo malo,
y un discípulo eterno! Está rabioso porque ha pataleado, pereciendo de
miseria. Su madre y dos hermanos menores aguardan para comer el día en
que Solano venda algo que no sean las consabidas tablitas de “la maera
vale más...” Ya las conocemos, ¿eh?
--¡Bien triste!...--murmuré impresionado.
--Sí, échate á llorar... No conoces á ese mal bicho. De ti dice
horrores, cosas feas. Si yo te las repitiese... No se contenta con
zaherirte como artista, no; te pinta como un intrigante que se vale de
todos los medios y explota ciertas cuerdas del corazón femenil para
medrar. ¡Déjale que se jorobe!
Sonreí con tranquilidad, y, en lugar de ira, me sentí inundado de
compasión. No es la primera vez que noto que me falta el resorte del
honor burgués. Me conmueven poco imputaciones de tal índole. Si llego
á convencerme de que no puedo hacer nada de arte, ¿qué me importa lo
demás? Siempre me han dado risa esos señores que se van á la redacción
de un diario á exigir que pongan un suelto enterando á los lectores de
que el Manuel Fulánez que fué sorprendido robando por el procedimiento
de la mecha no es el respetable procurador D. Manuel Fulánez. En
mi interior me he dicho muchas veces: “¡Qué dianche! Pues me tiene
perfectamente sin cuidado ser ó no todo un caballero...”
--Habías de ver--prosiguió Cenizate--lo que revolvió el indino para
colar aquí su engendro, un verdadero padrón de ignominia... Porque tú
no te puedes figurar lo que es. No vayas á estar soñando algo parecido
á lo que cuenta Zola en _La Obra_, y que Solano tiene una chispa
genial...
--¿Quién sabe?
--No seas así... Tú comprendes que ese haría mejor en empuñar la
lezna... ¡Se le ha puesto en el moño pintar; no puede, y odia de muerte
á los que pudieron! Esta vez decía que se jugaba la carta última,
la decisiva. Si el imbécil público no comprendiese lo sublime de su
cuadrángano, entonces ¡ya sabe él lo que le resta!
--¿Será capaz de un acto de desesperación?
--¡No eres tú poco romántico!--protestó Cenizate.--¿Lo que él será
capaz de hacer? ¡Otro ciempiés para la Exposición futura!
--¿Quién sabe nunca el alcance del desencanto y de la humillación en un
alma?--respondí.--Cuando estamos sanos y satisfechos de la vida, nos
es imposible representarnos la situación de quien se cae de lo alto de
toda su esperanza. Te diré lo que me sucede... Desde que entré aquí,
me ocurre si todo eso colgado en la pared y tan flojito como arte...
no tendrá un valor inmenso como psicología. El deseo que produjo todo
eso, ¡qué empuje representa! Esos cuadros suplican y lloran; piden,
quieren hablar... y á los jurados, á ti y á mí nos están voceando:
“¡Misericordia! ¡Nos han engendrado tantas ilusiones, y eran tan
bonitas! ¡Miradlas á ellas y no á nosotros!”
--¡Bueno andaría el arte si pensásemos así! ¡Hombre, los maletas
como Solano que escojan otro oficio! ¡Decirte lo que ha laborado!
Inverosímil. Recomendaciones á diestro y siniestro; influencias de aquí
y de acullá; sueltos con indirectas en los periódicos donde encontró
medio de introducirse; y, sobre todo, la protección á capa y espada
del maestro, á quien cogió por dos flacos: la bondad, la lástima, ¡que
tantas tonterías nos hace cometer!; y el homenaje del discípulo, que
siempre halaga... ¡Discípulo! No sabe el maestro que tienes tú una
_Recoleccioncita de la patata_... Esa sí... Y no has necesitado estarle
dando la tabarra en su taller para sorprenderle la factura.
--¡Calla! Si sólo por eso no traería semejante _Recolección_.
¿Presentarse con ropa prestada?
--¿Y me quieres decir si aquí alguien la tiene propia?
Á toda costa quiso Cenizate enseñarme los _fusilamientos_. Recorrimos
segunda vez los salones, y lejos de compartir la opinión de mi
amigo, me pareció que la juventud no se inspira verdaderamente en
los maestros (lo cual, por fin, exige paciencia y estudio); lo que
hace es buscárselas á encontrones, á saltos. Los únicos que imitan
concienzudamente á los maestros (pero quedándose á distancia) son...
los maestros mismos. Los que exponen aquí y los que he podido ver por
ahí en exposiciones particulares, rehacen pálidamente el cuadro que
hace veinte años les valió nombradía. El tiempo no ha transcurrido para
ellos... ¡Con qué rapidez, en cambio, transcurre para mí! Esto que me
atrevo á escribir ahora en un libro de memorias que nadie ha de ver, ni
á pensarlo me atrevería allá en la inolvidable Alborada. Era pueril mi
respeto á los que tienen cartel. Aún quedan restos en mi espíritu. Al
de la mirada desdeñosa le respeto aún. Verdad que _ese_ es _el que yo
quisiera ser_; mi admiración por _ese_ no se ha gastado al contacto de
la frialdad de las gentes distinguidas, que padecen tan poco el mal de
admirar. Y ansío, con ansia que tiene algo de frenesí, encontrarme ya
en París ó en Londres, donde existan otros _que yo quisiera ser_, en
cuya dorada estela pueda deslizarse mi barca.
* * * * *
Salgo del edificio y noto la gustosa reacción que causan el sol y
el aire libre después de la fatiga peculiar de los Museos; recojo
primavera en mis pulmones; compruebo, en lo aprisa y bien que ando,
que mi salud es ahora lo que debe ser: salud de gladiador. ¡Cenizate
apenas puede seguirme! En la Cibeles nos separamos; yo voy á tomar el
te con mi excelente Palma, que tiene que hablarme de varias cosas,
aconsejarme con su lealtad de costumbre, embromarme un poco, animarme,
transmitirme, de seguro, algún nuevo encargo...
Estoy allí hasta las siete. Salgo precipitadamente; necesito vestirme.
Franco Galarza, un muchacho acaudalado que quiere que le dé lecciones
de pastel, me ha convidado á comer en su Club. Á la boca de la calle,
antes de acercarme al Viaducto para cruzarlo y saltar al tranvía de la
calle Mayor, un remolino de gente, gritos, exclamaciones. Allá abajo,
en la profundidad pintoresca del caserío y del arbolado, que desde
arriba produce vértigo de abismo, aún yace el cuerpo del suicida. Nadie
entre la multitud le conoce; es su destino que no le conozcan, pues
le faltaron puños para violentar á la Fama; pero como tiene la cara
hacia arriba, y sus ojos, antes giratorios y dementes, ahora vidriados,
inmóviles, se han posado tantas veces en mí con insultante ironía (sin
recordar que éramos hermanos), yo le reconozco, y me quedo pegado á la
barandilla, fascinado por la fascinación más poderosa, que responde al
sentido de terror y misterio que rodea nuestra vida: la fascinación de
la muerte...
¡Ese era, hace minutos, uno que anhelaba lo mismo que yo anhelo! Y
siempre más valiente que yo; lo mismo cuando embadurnaba sus tablitas
mendicantes y las enviaba á vender á los cafés, que ahora cuando reposa
en el suelo con los miembros rotos, convencido de lo imposible de su
Quimera.
* * * * *
Por la noche, en el Club, para olvidar, bebo unos cuantos cálices
de _extra dry_. El espumoso me acrecienta la melancolía en vez de
disiparla: mis nervios se alborotan y digo cosas, según Galarza, de
un carácter romántico delicioso. La noche no termina en el Club; á la
mañana siguiente me despierto estropeado, cadavérico, con una facies de
cera; y recordando el juramento prestado la víspera ante mí mismo (los
más sagrados, ya que son los más libres), me desprecio, y envidio al
que á tales horas reposa, rígido y helado, en el Depósito. Cierro la
ventana, y busco en la obscuridad y la soñolencia otra especie de no
ser.
LAS CUATRO MEDITACIONES
PRIMERA MEDITACIÓN.--EN LA SOMBRA
Alrededor de mí, tinieblas. Allá en el fondo--tan lejos que su contorno
se pierde--un disco de claridad. Dentro de él, haciendo la señal
misteriosa, la mano descarnada. Camino, y el disco retrocede, y las
tinieblas me siguen como perros negros que no aúllan.
¡Ay de mí! En tinieblas estoy. Desde el primer día me dejaron sola y
mis pasos fueron caídas. Obscuridad envolvió mis ojos; telarañas los
cubrieron, y sobre ellos creció espesa la carne.
Quiero ver.
En medio de esta negrura, algo hay que me guía. El disco ya no se aleja
con tanta rapidez. Se me figura que está quieto... No. Se desvía; pero
suavemente, sin malignidad.
Quiero ver. Quiero oir. También este silencio enfría y agobia, como
montaña que oprimiese mi pecho.
Una voz desmayada, susurro de un espíritu, que no forma acentos, que es
música sin notas, me rodea.
Aliento que no sé de dónde viene, que se mete por entre mis labios, me
conforta. La obscuridad es la misma, y sin embargo mis pupilas recogen
partecillas de rayos invisibles que sólo en mi interior alumbran.
Quiero seguir andando, llegar á cualquier parte, siempre que vaya en
dirección opuesta á mi morada antigua.
Porque yo moraba en paraje horrible.
No lo sabía; y moraba en un cenagal, y mi cuerpo pesaba mucho, á fuerza
de estar cubierto del espeso limo.
Ni percibía siquiera las sabandijas de sepulcro que reptaban sobre
mi piel, y al través de ella buscaban mi alma. Á veces salía del
charco y me extendía, para secarme, sobre abrasada arena; entonces los
escorpiones hacían presa en mí, y la sed retostaba mis labios, hasta
punto de agonía.
Y pensaba yo, en mi error, que las sabandijas y los escorpiones eran
hermosos.
Por lo cual más baja estaba yo que ellos.
Torpe era, y sobre mis párpados llevaba excrecencias que no me dejaban
abrirlos.
Lo que juzgué sabor era amargura de ajenjo; lo que tuve por cristal era
turbieza.
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