La Quimera 10
“_La Esfinge._--Es que guardo mi secreto: calculo y reflexiono. El
mar se revuelca en su lecho, los trigos ondean, las caravanas pasan,
el polvo vuela, desmorónanse las ciudades--y la mirada fija de mis
pupilas, más allá de los objetos, escruta inaccesibles horizontes.
“_La Quimera._--¡Yo soy rauda y regocijada! Descubro al hombre
deslumbrantes perspectivas, paraísos en las nubes y dichas remotas.
Derramo en las almas las eternas locuras, planes de dicha, fantasías de
porvenir, sueños de gloria, juramentos de amor, altas resoluciones...
Impulso al largo viaje y á la magna empresa... Busco perfumes nuevos,
flores más anchas, goces desconocidos...”
* * * * *
Detúvose Minia: su instinto femenil la impedía continuar, y, por otra
parte, ya había recitado los párrafos decisivos. Silvio, con los
ojos muy abiertos, conteniendo la respiración, bebía el contenido
del diálogo maravilloso. El hálito de brasa de la Quimera encendía
sus sienes y electrizaba los rizos de su pelo rubio ceniza; las
glaucas pupilas del monstruo le fascinaban deliciosamente, y su cola
de dragón, enroscándosele á la cintura, le levantaba en alto, como á
santo extático que no toca al suelo. El artista se echó atrás, alzó los
brazos y suspiró desde lo más secreto del espíritu:
--¡Triunfar ó morir! Mi Quimera es esa, y excepto mi Quimera... ¿qué me
importa el mundo?
Callada como la Esfinge, que enmudece justamente porque sabe, Minia
se levantó; Silvio la siguió, pues la compositora le había hecho una
seña con la mano. Tomó hacia la derecha; caminaba despacio, sin volver
la cabeza atrás. Empujó la puerta de la sacristía que comunicaba con
la sala, y estaba semiobscura, alumbrada por una lamparilla de aceite
ante un crucifijo tétrico, de tamaño natural, de cabellera de mujer,
también natural, enredada, como empapada de sudor; y de allí cruzó á
la capilla, donde negreaba el alto retablo de talla borrominesca, en
contraste con la blancura de las paredes caleadas y del granito de
los arcos.--Dirigióse al de la izquierda, que era un sepulcro.--En
la imposta del arco aparecían, toscamente cortadas en el granito,
las piñas de pino bravo y las veneras, símbolo de toda la naturaleza
de Galicia, las selvas y las costas; el hueco que había de ocupar el
sarcófago encontrábase vacío. La mirada de Minia, deteniéndose en aquel
hueco y volviéndose después hacia el artista, fué tan elocuente, que
Silvio entendió igual que si leyese un rótulo escrito en clara letra.
--¡La única verdad!...--murmuró.
--¿Es usted de los que encuentran desconsoladora la perspectiva del no
ser?--articuló bajito Minia, que se cubrió la cabeza, por respeto al
lugar sagrado, con el chal de lana ligera que llevaba al cuello para
preservarse de la humedad.
--Francamente, ¡sí! No concibo el fin de mí mismo: estoy por decir
que la muerte me parece absurda--y miró al arco de nuevo, como si le
fascinase.--Mejor dicho, ¡ni aun consiento pensar en eso! Déjeme usted
que cargue conmigo la Quimera y me lleve á la luna, al sol, á las islas
fantásticas...--Repentinamente horripilado, se echó atrás y gritó:
--Salgamos de aquí. Ese hueco vacío me hace señas también... ¡Vámonos:
al aire, al soto... adonde se vea cielo!
Ya en el soto, paseando por ancha calle abierta entre castaños y
alfombrada de hojas y secos erizos entreabiertos, Minia, arrepentida,
pidió excusas y bromeó para disipar la impresión que empalidecía más
las mejillas delgadas de Silvio.
--Acabo de cometer una tontería. No recordé que es usted
supersticioso... Procedí impremeditadamente al enseñarle la _isla
de reposo_, que dijo Espronceda... Me parecía tan estético mirarla
sin temor, y hasta recostarse en ella, y deshojar en ella rosas como
homenaje á las Parcas, á quienes pintan feas y viejas, pero que deben
de ser, en realidad, unas ninfas seductoras. Á mi edad, bueno... cabría
que uno se impresionase... ¿Á la de usted? Á su edad la marea de la
vida sube, sube, y es calor en las venas, intrepidez en el corazón.
¡Bah! ¡Está usted entregado á las carcajadas y á los ladridos de la
Quimera!
--Le juro á usted--declaró Silvio--que nunca creería que iba á
sucederme cosa tal; debe de haber pasado por mí algo que no sé
explicarme. En América he velado á compañeros muertos, he presenciado
escenas realmente trágicas, y me considero insensible... y lo soy en
mil cuestiones--de una insensibilidad de hipnotizado, según la frase
de un médico amigo mío.--¡Nunca nos conocemos! Lo que usted me enseñó
nada tiene de espantoso: un arco románico de piedra labrada, parecido á
los de San Francisco de Brigos... Un hueco vacío... ¿Será por eso, por
_vacío_, por lo que me espantó? Sudo frío aún--añadió enjugándose con
la mano las sienes.
--Mi pañuelo.--Y la compositora se le presentó, estremecida también.
Siguieron andando, pausadamente, metidos en sí; un espectáculo
atrajo sus miradas. Más allá del soto, bastante cerca sin embargo,
apoyando uno de los extremos del semicírculo colosal en las honduras
de la cañada que cobija la presa del molino, la zona polícroma del
iris ascendía del suelo á lo más alto de la bóveda gris, y volvía á
descender, diseñando un puente para titanes.--No llovería más.--Los
aéreos colores, verdes, anaranjados, violados, de transparente y
luminosa magnificencia, fueron apagándose con lentitud dulce; ya casi
invisibles á fuerza de delicadeza, se esfumaron al fin completamente, y
el paisaje quedó como abandonado y solitario, húmedo, escalofriado con
la proximidad de la noche otoñal traidora y pronta en sobrevenir.
II
MADRID
(_Hojas del libro de memorias de
Silvio Lago._)
_Noviembre._--Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de
la calle de Atocha, al fin encuentro un taller, á precio aceptable,
en la de Jardines. Tiene el defecto de que esa calle es del número de
las que Balzac llama _chauldes_, y aun de las que echan lumbre: en mi
vida he visto junta tanta paloma torcaz, y de plumaje tan sucio. No me
importa lo que me arrullan cuando me retiro de noche: pero ¿y si acuden
á retratarse bellas señoras? En esta calle no entran coches: las bellas
señoras tendrán que cruzar á pie, rozando con las pájaras y oyendo
sus retahilas... No hay qué hacerle: no hallo cosa mejor, dentro de
mis posibles. Traía unas dos mil pesetas para empezar á vivir--primer
plazo del importe de mis cuatro terrones; el resto no se cobra hasta
qué sé yo;--pero he encontrado aquí á Crivelo, el pobre Crivelo, con su
mujer, los niños, la suegra, el ama, y sin un cuarto; como que acaba
de establecer una litografía... y tuve que arriar setecientas y pico,
porque á no ser de bronce... Tiene razón la baronesa de Dumbría, al
llamarme _el de la mano horadada_. Razón: y sin embargo, me ataca
los nervios al darme consejos de economía; es como si á una adelfa la
dijesen: “Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho”.
Á propósito de garbanzos: mi comida es una desolación, y apenas
digiero. Ando á salto de mata, hoy en un bodegón, mañana en Fornos; me
desayuno con salchichón ó queso; no tengo tetera, no tengo te, no tengo
una criada que me ponga á hervir agua--¡el te, una de las contadas
cosas que me sientan admirablemente!--Me acuerdo de Alborada como los
hebreos de las ollas de Egipto. La portera sube á barrer, de mala gana,
á traerme agua y arreglarme la cama en un diván, á tropezones; estas
mujeres son muy astutas: ha visto que mis muebles se reducen á dos
caballetes, una caja de lápices y veinte libros; que _luzco_ un gabán
raído, que no me ha visitado sino Crivelo... y olfatea propinas de
cesante. La daré por adelantado dos duros, para que comprenda que el
hábito no hace al monje.
Estoy, pues, en plena bohemia. Lo más bohemio es el frío. Me trajeron
ayer un braserito. ¿Qué pinta un braserito en este inmenso taller?
Se filtra un aire glacial por los paineles de cristales sin maderas
ni cortinas; y la tubería de la chubersqui, sin chubersqui, aumenta
la sensación polar. ¡Brrr! Aunque merme el fondo (vaya un fondo),
habrá que comprar chubersqui. No: y lo diabólico es que después de
la chubersqui necesitaré carbón. Las chubersquis debieran criar su
combustible, como el borrego su lana.
He visto el Museo. Volví de él aplanado y loco (estados que parecen
difíciles de asociar). Entré á las diez, con ánimo de pasar dos horas,
y á las tres todavía estaba allí, desfallecido y sin enterarme del
desfallecimiento. Al volver á casa me harté de mortadela y queso de
Gruyére: primeros momentos de estupidez: la digestión penosa del boa.
Entre los afanes de la pícara función fisiológica, restos de la fiebre
de la mañana, un devaneo sin tregua, que va y viene, y vuelve y se
enreda en tres nombres: Goya, Velázquez, Rubens.
Orden, orden, señora cabeza mía. ¿Qué piensa usted de esos tres tiazos?
En primer lugar, no experimento gran entusiasmo, en general, por la
pintura antigua. Nos han fastidiado bastante con la admiración de lo
antiguo, negro y embetunado y con luz falsa. Los antiguos eran otros
embusteros, igual que yo. Hasta nuestro siglo, y bien adelantado, no se
supo lo que era la verdad. Y no la tragan, no la tragan los condenados
burgueses. ¡La luz cruda, dicen! ¿La quieren cocida, guisada? Mejor se
pinta hoy que se ha pintado nunca. Y si es así, ¿por qué me he vuelto
del Museo destrozado de asombro?
Con Velázquez me pasa que reniego del cerebro. Ese tío no pensaba; lo
que hacía era _copiar_, pintando de una manera bestial: la pincelada,
la santa pincelada, el santo natural, el santo dibujo,--y fuera ideas,
que son una peste.
Velázquez no debió de sentir calenturas. Velázquez se reiría de
nosotros. Sano, equilibrado, cortesano, creyéndose un funcionario y
no un genio, no buscaba originalidad; ¿para qué? La originalidad es
una tontería. Pintar más que Dios y dejarse de originalidades. Si
_pintásemos_, ¿eh? ¡digo _pintar_!, ya me entiendes, Silvio, ¿qué falta
nos hacía discurrir? La naturaleza no presume de original, ni discurre;
el sol, la luna, son lo más trivial. Velázquez es naturaleza pura.
Da gusto cómo trata á los dioses. Su Marte, un soldadote velludo; su
Vulcano, algún herrero de la Ribera. ¿Y el chucho de las Meninas?
Silvio, ¿te contentarías con haber manchado ese chucho?
¡Qué bárbaro soy! ¿Pues no estoy diciendo para mí: No, no me contentaba
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