La Quimera 9
¡Pch! Casi no recojo un céntimo de ellas. Entre reparos,
contribuciones, administración... En fin, para que no ponga usted esa
cara tan asustada, conservaré una casa, muy pequeña, en Zais, donde
mi padre pasaba los veranos. Tiene su huerto, ¡vaya! y agua, y tres
perales... Si algún día me hago célebre y opulento (dos bicocas), ahí
me vendré á disfrutar... Su hija de usted dice que si he de acabar
retirándome á Zais, que empiece por el final y me ahorraré un mundo de
penas. ¡Tal vez!
--¡Sí, sí, tal vez estoy en lo firme!--exclamó Minia, apareciendo
precedida de Votán, el corpulento danés.--¡Votán, al agua,
pícaro!--mandó imperiosamente. El perro ladró de entusiasmo, tomó
vuelo, y se oyó el chapoteo de su zambullida en el estanque.--¿Pues
quién lo duda? ¿No espera usted en Zais tranquilidad y reposo? Cóbrese
usted adelantado. Ninguna cosa buena debemos aplazar: nos la podría
escamotear el destino. No, no; por si acaso... ¡Eh! ¡Votán! ¿Qué es eso
de querer salir? Quietecito en el agua. Así; ¡guapo perro!
--¡Qué afán de desalentar á la gente!--exclamó la baronesa.
--¿Desalentar? Sí; ¡cualquiera desalienta á cualquiera! No vaticinamos
para desalentar; se habla, como se grita cuando se recibe un golpe: es
involuntario. ¡Afuera, Votán! Basta de baño, buen mozo... Y á sacudirte
lejos, ¿eh? lejitos, que nos rocías. ¡Allá, allá! Oiga usted, haragán
de artista, ¿no quería usted ilustrarme hoy un plato al humo? ¿hacerme
una caricatura?
--Con la cabeza enorme y los pies invisibles--respondió Silvio.--En
cambio, me interpretará usted al piano una de sus _sinfonías
campestres_.
* * * * *
Silvio, recostado en el sillón, entornados los párpados, se encontraba
todavía bajo el conjuro de la música, mejor dicho, de las músicas
interiores que una combinación de sonidos evoca. La compositora, sin
alardes de _virtuosismo_, sin descoyuntar las notas ni obligarlas al
paso al través de aros ni al salto mortal; sencillamente, de corazón,
acababa de derramar en las ondas del aire, temblantes aún, el aroma
rústico de la tierra germinatriz. Silvio había percibido el olor húmedo
de las fragas, después de que la lluvia las viste con una capa de
hongos de terciopelo castaño y fulvo; el de los saúcos en floración,
equívoco, extraño; el de las agridulces fresillas silvestres; el de la
recién guadañada hierba; el de las colmenas, que reúne el deleite de la
miel al misticismo del cirio; el de madera apolillada, caduca, que se
exhala de los viejos Pazos; el del humo que envuelve á las casuchas sin
chimenea en túnica de gasa gris; el del mosto nuevo, que emberrenchina;
el del rancio Borde, que conforta; y, dominando á todos, hercúleo,
bravío, el del mar de Cantabria, sal, yodo, fósforo, vitalidad disuelta
en la respiración,--y también nostalgia, la melancolía de las playas y
las costas; sentimiento de penumbras, inquietud de las razas antiguas,
superiores y decadentes... Y Silvio escuchaba la cavernosa risa de
Poseidon, agrandada hasta el bramido al retorcerse en las volutas de
la caracola, y recordaba estrofas de Heine, la _Pregunta_ del mar del
Norte: “Explicadme el arcano...”
Á lo lejos, en la paz de la tarde, el chirrido de un carro de bueyes
penetró por la ventana abierta; á distancia, no es inarmónica la queja
interminable del eje sin ensebar. Silvio creyó que oía tan familiar
ruido por primera vez, y lo escuchó con alma, con sentimiento,
asociándolo á la música. Su imaginación se pobló de imágenes conocidas
que, en aquel momento, eran rudimentos de arte; vió labriegos y
labriegas de duras piernas desnudas, arrancando del terruño la patata;
jayanes sudorosos, dejando caer el mallo sobre la extendida mies;
viejas rugosas, á frunces, como manzanas tabardillas, rezuqueando ó
pidiendo limosna; vió en el playal á los pescadores, negruzcos de
cuello y cara, blancos de espalda y pecho, jalando del _bou_, que, como
bolsa rellena de monedas de plata, quiere reventar al peso argentado de
la sardina... Un transporte, una especie de deliquio de un instante,
puso al artista de pie, le obligó á acercarse á la ventana, porque en
la habitación no entraba aire suficiente para respirar: ahogábase; pero
el dogal era tan suave, que la sofocación parecía caricia.
--¿Qué tiene usted?--preguntó Minia levantándose del taburete.
--Que me veo ya cómo he de ser dentro de pocos años; con la obra
realizada, ¡con mi obra! Haré en el lienzo--añadió palpitando--lo que
usted en la música. Interpretaré la luz, el color, la esencia de este
país, que no ha tenido intérpretes, hasta la fecha, en la pintura.
--Verdad es, y quisiera darme cuenta de la causa--asintió Minia.--Aquí
no se han producido pintores... Ello es que apenas los produjeron las
demás regiones de la zona cantábrica. Casto Plasencia ha sorprendido
bien el tono de los verdes húmedos de Asturias. Beruete, que es un
realista sincero, ha reproducido exactamente algunos paisajes de aquí:
vea usted en mi estudio una _Ribera de Vigo_...
--Muy buena, muy seria--exclamó Silvio con la ardiente espontaneidad
que caracterizaba sus elogios á los del oficio.--Sólo que yo no me
reduciré al paisaje. Lo completaré con el hombre. Revelaré todo lo que
hay aquí; la poesía bucólica de este pedazo del mundo, como otros, por
ejemplo usted, la revelaron en la música y en el verso. Descubriré la
hermosura de esta ninfa dormida, para que se la admire. Me conquistaré
un reino. Haré verdad, verdad. ¡Hurra! ¡Sólo de pensarlo bailo!
Como lo dijo lo hizo. ¡Hip! Rompió á danzar, á la marioneta, uno de
esos bailes ingleses extravagantes, cómicos--zapateando el piso con las
botas gruesas de becerro, y castañeteando sus dedos largos, huesudos,
ágiles, habituados á tender el color.--La compositora le miraba danzar,
y, en vez de reirse, experimentaba una especie de susto. El repentino
arrebato de Silvio descubría la nerviosidad mal dominada, profunda como
una lesión orgánica, el desequilibrio de aquel temperamento de artista.
Lo desmedido del júbilo, la imposibilidad de moderarlo, parecíanle
á Minia--idólatra del _self control_--síntoma de debilidad. “¿Es lo
físico? ¿Es lo moral lo que se opondrá á que este muchacho de dotes tan
extraordinarias llegue á ser artista completo? ¿Ó me equivoco, y no
sé reconocer en el desequilibrio la marca del genio? ¡Ojalá!” Deseó,
con piedad inmensa. “¡Dios le dé también el método, la paciencia, la
perseverancia!”
Silvio ya se sentaba, secándose la frente con el pañuelo, acortado el
resuello, entrecortada la risa, excusándose.
--No me diga usted nada; conocida es esa fiebre...
--Es que hay momentos... hay ideas... ¡Si se me ocurre que yo podría
abrirme mi surco, el mío, el mío sólo! Porque el resto... patarata.
Seguir á éste, al otro, al de más allá... porquería. ¿Verdad que sí?
--¡Sí, criatura! Seguir, nada más que seguir, no vale la pena. Sólo que
por ahí se principia. ¡Y se ha pintado tanto, y se pinta tanto y tan
bien, que no será pequeñez eso del surco propio! Calma, calma; aspirar;
pero con serenidad resignada de antemano; si no, va usted á padecer
como un réprobo.
--No importa sufrir. Se sufre por algo, ¡qué diantre! ¿Quiere usted
hacerme el favor de abrir este libro de Flaubert y que leamos un poco
en él? Ahí, ahí, en las últimas hojas... el diálogo de la Esfinge y la
Quimera...
Minia hojeó, sujetó al fin con el pulgar la página donde principia el
diálogo.
--¿Traduce usted bien á libro abierto?--preguntó la compositora.
--No; me costaría trabajo.
--Entonces, yo...
Y Minia recitó, con su voz llena y clara. Veíase que el pasaje se lo
sabía de memoria; el libro servía únicamente para darle la certeza de
no comerse un renglón ni un vocablo... excepto los que suprimiese de
propósito.
* * * * *
“Y frontera, á la otra orilla del Nilo, he aquí que aparece la
Esfinge. Estira las patas, sacude las vendas de su frente y se tumba
vientre á tierra.
“Saltando, volando, espurriando fuego por las fosas nasales, azotándose
las alas con su cauda de dragón, la Quimera de glaucos ojos gira y
ladra.
“Los anillos de su cabello, de un lado se entretejen con el vello de
sus ancas, de otro barren la arena y oscilan al balancearse el cuerpo.
“_La Esfinge._ (Inmóvil, mira á la Quimera).--Detente: ¡aquí!
“_La Quimera._--¡Jamás!
“_La Esfinge._--¡No corras tanto, no vueles tan alto, no ladres tan
recio!
“_La Quimera._--¡No vuelvas á llamarme, para que al fin te calles muy
buenas cosas!
“_La Esfinge._--¡No me soples fuego á la cara, no me ladres al oído: de
piedra soy!
“_La Quimera._--¡No me atraparás, pavorosa Esfinge!
“_La Esfinge._--¡No te quiero conmigo, loca de atar!
“_La Quimera._--¡Ahí te quedes, pesadota!
“_La Esfinge._--¿Adónde bueno tan aprisa?
“_La Quimera._--Á dispararme por las revueltas del laberinto, á flotar
sobre las cimas, á rasar los mares, á brincar en el hondón de los
despeñaderos, á agarrarme á la faldamenta de las nubes. Con mi rabo
arrastradizo rayo la arena de las playas; las colinas remedan la forma
de mis hombros. Y tú, ahí, eternamente quieta, ó dibujando alfabetos en la arena con las uñas de tus garras...
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