La Quimera 11
El realismo de Rubens es más brutal que si nos presentase gente pobre
y famélica. Sus hombres sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus
mujeres de senos de manteca y nalgas rosa te, eran gente rica y bien
alimentada; y así quisiera yo desnudar y pintar á la _high-life_.
Afuera tules. La carne, compacta, fresca; albérchigos y pavías. Verano
de la vida; y por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por esas
venas (¿no es triste que no tenga _venas_ la gente que yo retrato?),
por esas venas, circulando, el hierro y el calor de los siete pecados
capitales.
De todo esto saco en limpio... poca cosa: que quisiera ser Velázquez,
Goya ó Rubens, ¡un nene! ¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis
farsas puedo hacer. Porque ¿quién va á venir á retratarse en esta calle
sospechosa, en este taller desmantelado, sin un trapo antiguo, sin un
sitial coquetón, sin alfombra... sin estufa?
No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos!
Hoy tirito. La noche cae, y como no he de comer--no era la digestión
del boa, era la indigestión,--no salgo; me quedo en mi rincón, me
refugio en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que me sirve de
manta de viaje y de cama. Me siento mal, muy mal; parece que dentro
del estómago tengo una barra de plomo; la cabeza me duele... Trataré
de dormir. Á cerrar los ojos, á no acordarse de nada. ¡Qué nuca y qué
hombros los de la _Hilandera_! Lo asombroso de Goya, el misterio de
las pupilas de sus retratos: tienen _húmedo radical_... Bueno, ahora
lo de ene: bascas, escalofríos... ¿Si enfermaré de veras?... ¡No me
faltaba más que eso!
Quebrantado aún (¡qué indigestión, señores! ¡Yo creo que fué de
admiración más que de otra cosa! Es bobo y ocioso admirar á los que
ya pasaron; ¡arte nuevo, nuevo!), voy á la Sociedad de Acuarelistas á
dibujar. Empiezo á conocer algunos del oficio; muchachos como yo, tal
vez con las mismas esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! Les
veo que fuman, ríen, hablan de mujeres,--piensan con ahinco en algo más
que el arte.--Hay uno, sin embargo, rabioso, emberrenchinado como yo:
se profesa _impresionista_ (¡qué diablura!) y se llama Solano. Tiene
unos ojos que giran, que miran azorados, insensatamente: ojos de raposo
cogido en la trampa.
Me han preguntado mis proyectos. No les he contado palabra de verdad.
Me daba vergüenza confesarles que espero á que las bellas señoras
me hagan con sus deditos una seña: “Retrátanos... y que salgamos
arrebatadoras, celestiales”. ¿Y si, además, por encima de todo,
¡humillación doble!, ni aun eso encontrase; ni aun le comprasen al
charlatán sus mentiras, su agua de rosa y su blanquete?
Á bien que saldré de dudas pronto. Las de Dumbría me escriben que antes
de principios de Diciembre llegan.
Entretanto, como no debo perder tiempo, y como la labor de noche en la
Sociedad no me basta y quisiera aprovechar algo las mañanas, que me
paso tumbado en el diván leyendo ó haciendo castillos en el aire--me
determino á llamar una modelo y un modelo. Cuestan, pero no hay cosa
mejor para formarse la mano y adelantar en estudios útiles--una mano,
una pierna, la cabeza, el torso.
Por suerte, en la tienda de marcos, donde me surto de lienzos,
pinturas, pinceles, un caballete mecánico--comprendo que no se darán
prisa á pasar la cuenta. Les he insinuado que los meses de Navidad
y primeros de año no son á propósito para pagos, y en seguida
comprendieron: deben de estar acostumbrados, por su clientela de
artistas, á morosidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque parece
que no son nada estas fornituras--tubitos, frasquitos, pinceles,
palitroques,--y sólo el caballete representa un desembolso de treinta
y cinco duros. El amigo que me he echado en la Sociedad, un chico
paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado un apego decidido y se
dedica á aconsejarme y protegerme, al saber mis adquisiciones me dice
que anduve precipitado; que como la miseria siempre, y ahora más, es
tan acuciosa entre nuestros compañeros, en el Rastro y en las casas de
préstamos encontraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. No
le quise responder: “es que la tienda no me cobra ahora, y lo de lance
se pagará al contado”. La penuria de dinero, á veces, obliga á gastar
doble.
La modelo... ¡pch! un desnudo regular: de la cintura abajo, algo
de morbidez; los brazos magros, los hombros puntiagudos, las manos
encanalladas. Para estudiarla sinceramente y á trozos no me importa;
pero si alguno quiere meterla en cuadros de ninfas ó de damas, ¡con
esas manos, á morir!
No sería yo quien me consagrase á damas ó á ninfas, y eso que desde mi
llegada á Madrid me parece que siento menos la naturaleza, y la verdad
áspera y plebeya no me seduce tanto. Aquí no hay campo, y la ciudad, ni
moderna ni majestuosamente antigua, no me atrae. Recorro sus calles,
sus paseos,--nunca salta la nota que me agradaría tomar. Vamos, ya
estoy maduro para mi campaña de retratos.
El desnudo del viejo, infinitamente mejor que el de la mujer. Es un
setentón que sería muy terne en sus mocedades, y que en vez de criar
grasa se ha desecado lo mismo que un gajo de uvas colgado al sol.
Se ha convertido en un Ribera. Creía yo que aquellos clarobscuros
y aquellos tonos de Ribera eran falsos. No: en la piel del viejo
encuentro el mismo ocre amarillo, la misma tierra de Siena, la misma
sombra calcinada de los ascetas riberescos; y su vello y su barba y
su pelambrera--á las cuales los artistas le hemos prohibido tocar: es
nazareno--son del mismo gris plomo, con toques blanco plata y los tonos
y reflejos de una armadura. Al estudiar al viejo, cargo la paleta de
colores á la española; mi pincelada se hace amplia, fuerte, y me voy al
estilo franco y á las grandes masas. Hasta me sugiere asuntos castizos
y anticuados; ayer le boceté de San Jerónimo, con su pedrusco en la
derecha.
* * * * *
_Final de Noviembre._--¡Llegan, llegan las de Dumbría! Preciso era;
porque se me iban acabando el resuello y la esperanza, y además, en
todo este mes no he comido cosa que digiriese; noto el estómago tan
frío, que--se lo conté ayer al hermano de mi amigo Cenizate, que es
médico--padezco una aprensión rarísima (él la calificó de alucinación,
engendrada por la dispepsia): la idea de que me lo cruza, sin
interrupción, una glacial corriente de agua.
Como he adquirido una tetera, me inundo de te para digerir las
porquerías; estoy muy nervioso, sueño dislates, y de día miro mi
taller desmantelado, mi casa sin muebles, mis perchas sin ropa--y los
planes de atraer aquí al gran mundo, y al gran mundo femenino, se me
representan como delirios de la calentura.
Por cierto, á propósito de este delirio, que la carta de ayer de mi
romántico amigo de Marineda, Florencio Goizán, es para desmigajarse
de risa. Me ha cogido en un día de los de humor más negro, y me lo
mitigó... Hay párrafos deliciosos.
“¡Mortal tres veces feliz!”--me escribe.--“De este aburridero, este
rincón donde no se puede ni soñar en ilícitas aventuras--porque detrás
de cada vidriera hay una vieja atisbando,--te envidio el jardín que
ya empieza á brotar en tu taller. ¡Qué jardín! Desde la altanera flor
de lis purpúrea, hasta la original orquídea modernista, no habrá flor
de estufa que ahí no pueda lucir en el caprichoso búcaro oriental.
¡Qué mujeres, Cristo! Ya las miro subir tus escaleras con el corazón
palpitante; llamar á tu campanilla con trémula mano enguantada de
Suecia; entrar con ese delicioso ruge-ruge de sedas que él solo
estremece; inundarte el taller de oleadas de _ideal_ y de _brisas
rusas_; reclinarse negligentes en el sofá Luis XV, mientras tú te
hincas de rodillas á sus pies sobre un almohadón de terciopelo y
empiezas á contar tus ansias. Habrás dispuesto (naturalmente, es de
cajón) el refresco en el velador árabe; allí sus emparedados, sus
bombones, y allí su vino de Málaga. Y si llegase impensadamente el
celoso marido, la dama adoptará _pose_ en el estrado, tú agarrarás tus
lápices, el retrato seguirá viento en popa,--y aquí no ha pasado nada,
caballeros.
“Lo más sabroso ha de ser eso: engañar á un necio orgulloso de sus
blasones, con el pretexto tan socorrido de los retratos. ¡Porque
cuidado que es socorrido! No es pretexto sólo; es ardid de guerra. Si
yo fuese padre, amante, marido, cualquier día consiento que tu _la_
retrates y estéis solitos bebiéndoos á tragos largos la mirada horas
enteras. Vamos, se necesita ser memo. ¡Ya que la memez es epidémica,
incurable, triunfa, mortal tres veces feliz! No te pares en barras, no
te achiques al tropezarte con las rimbombantes genealogías: la mujer
es mujer, ya nazca en áurea cuna, ya en el arroyo; el flecherillo todo
lo iguala; los antepasados de coraza ó ferreruelo no se alzan de sus
tumbas, y tú acuérdate de Goya, que prefirió pintar mejillas ducales
y borrar luego con los labios el carmín, á legar á la posteridad un
nuevo título de gloria. ¡Ah! ¡Quién pudiese estar en tu lugar unos
meses siquiera! Desgarra encajes de Venecia, arruga sedas de Lyón,
desabrocha collares de perlas, descalza esquifes de raso, y compadece
á los amigos que se pudren leyendo cartas sin timbre y sin ortografía,
no llevando sus ambiciones más arriba del taller de costura, los
dedos picados y el zapato de cuero gordo. Más suerte tienes que un
ahorcado; es de esperar que sepas agotarla, y que en el verano, á la
sombra de los castaños de Zais ó en la playa de Riazor, nos refieras
episodios. ¡Digo, si es que te dignas volver á las natales costas, y no
te arrastra el torbellino del gran mundo hacia la isla de Vight ó los
arenales de Trouville!”
Así, copiado al pie de la letra.
¡Gastan imaginación en Marineda, vaya si la gastan! ¡Y lo cómico es
leer esto en el camaranchón que llamo taller, amueblado con una estufa
que no tira y el caballete mecánico, y visitado sólo--á tanto la
hora--por la modelo, la Eladia, que deja caer, al desnudarse, un corsé
muy usado, color lagarto mustio, del cual reniego!
--¿Chica, no tienes más corsé que éste?
--No, sorito...
El tono es tan triste, que arrío dos duros para un corsé nuevo y
blanco; al otro día sube con el antiguo. Que su madre está enferma, que
tuvo que comprar una medicina “barbaridá de cara...” ¡Bien, adelante!
De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y me sale regular; la modelo,
destacándose sobre la luz de la vidriera y ajustándose el corsé, con
un movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la vuelvo á dar
propina: la guita se me va que vuela.
* * * * *
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