2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 12

La Quimera 12


Supongo--dijo Minia--que estará usted encantado, porque esta escasez
es poesía.
 
--No tal--grité.--¡Ay, los soñadores! ¡Señora, esa fantasía de usted!
Estoy perramente, y es imposible, aunque llegasen á enterarse de mi
existencia, que ninguna dama ponga los pies en tal desván.
 
--Muchísimas gracias, por la parte que nos toca...
 
--Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me entienden...
 
Horas después llamaron á la puerta y entraron dos mozos cargados
de trastos. Las Dumbrías, que justamente acaban de arreglar un
salón-biblioteca y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían
estantes para libros, cortinas, una cama de madera, un sofá, algunas
sillas. “No nos caben en casa”, decía el billete. “Vaya usted á comer
á las ocho, y no espere buen trato, estamos desorganizadas todavía...
No tenemos más convidado que usted...” Interpreto: puedo ir con
esta ropa. De perlas, la ropa. Es la misma con que vine de Buenos
Aires; la hice á principios del verano de allí, que es el invierno
de aquí, y por consiguiente, ahora, en otro invierno, después de
dos veranos empalmados, porque en Mayo me vine á España, cualquiera
adivina el aspecto que ofrece, y lo que abrigará. “Poesía, poesía...”,
dirá Minia... “Pulmonía...”, digo yo. Y además, el único gabán se
ha puesto del color indefinible del corsé de la modelo. Habrá que
equiparse.--¿Habrá...?
 
 
Al salir de casa de Dumbría para ir á dibujar á la Sociedad, una
digestión completamente feliz me despeja la cabeza. En fin, el caso es
que dentro de unos quince días, el tiempo estrictamente indispensable
para “arreglar” algo, darán tres reuniones por la tarde, á las cuales
yo no asistiré; expondrán el retrato de Minia, y malo será--opina la
baronesa--que no salten encargos.
 
--Sea usted, al principio sobre todo, muy transigente. Cobre poco:
en Madrid no se atan los perros con longanizas; las necesidades de
apariencia de la vida son muchas, y los más ricos y empingorotados
miran al microscopio lo que gastan. Préstese usted á ir á las casas á
trabajar; vale más, ya que tiene usted el taller en malas condiciones...
 
--Pero la luz...
 
--La verdadera luz son los cuartos. Déjese de historias.
 
De modo que ya se revela mi porvenir. Subir escaleras como los maestros
de piano, esperar en la antesala á que me mande pasar la señorita,
retratar con luces de interior y á la hora que me ordenen... Y lo más
vil es temblar, no á esas humillaciones, sino á que no llegue el caso
de sufrirlas; á que, al exponerse mi retrato, se encojan de hombros y
pasen á tratar de asuntos de actualidad,--riéndose del mamarrachista
y de la indiscreta bondad de las que le protegen. Ahora se me figura
que infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de desaliento,
me _siento_ sufrir y rabiar, no por lo que temo que va á pasarme, sino
(me ocurre muy á menudo) por cuanto de malo me ha pasado en la vida. Lo
repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contrariedades difuntas resucitan;
ni aun las grandes, no: las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi
suerte, ser carpintero ó herrero, no hallarme aquí, emprender un viaje,
recluirme en Zais; á pesar del contento del estómago, mi cerebro se
ensombrece, y de puro nervioso echo chispas como los gatos. ¡Miseria,
nulidad de la vida!
 
* * * * *
 
Orden, orden: á escribir sin temblequeteo de pulso.
 
Salí de casa (con el pie derecho, por si acaso), y cuidé de sentar
también el pie derecho, ante todo, en el portal de Dumbría.
 
Asistí á los preparativos. Acomodé yo mismo el retrato sobre un
caballete dorado, y _drapeé_ la tela antigua, tul bordado de flores
empalidecidas, con el cual hicimos un pabellón gracioso, arrugado por
mano de artista, al marco dorado y color madera. Me alejé, me acerqué,
le corrí, le encontré al fin el punto de vista bueno; y al sonar las
cinco, me escondí, con huída de gamo al través de los matorrales, en
las habitaciones interiores: Minia se reía, afirmando que en Madrid,
cuando se avisa para las cinco, ni un alma antes de las seis y media.
Y así fué.--Á las siete, apostándome impaciente detrás de una cortina,
escuché un zumbido de colmena, y destacándose de él, palabras sueltas,
exclamaciones. Servían el chocolate, y lo que pude entender se refería
á tal operación gastronómica. “Qué bueno es este bizcochón...” Á las
ocho fué acallándose el mosconeo de la gente; á la media, silencio, y
las señoras de la casa que venían á buscarme, con el rostro destellando
satisfacción. Á mi interrogación muda, Minia alzó un dedo.
 
--¿Un encargo?
 
--Uno solo, por ahora...; pero vale por cien. ¡Trae trébol de cuatro
hojas! La condesa de la Palma. Lo mismo fué fijarse en el retrato, que
exclamar: “Envíeme usted sin tardanza ese prodigio”.
 
--¿Ha dicho _prodigio_?
 
--Textualmente.
 
--¿Y cómo es esa señora?
 
--Como le podía á usted convenir que fuese la primer gran señora que
pide que la retrate. Moralmente, encantadora; culta, de una cortesía
y una lealtad en sus amistades, que escasean; con prestigio, con
relaciones sobradas para imponerle á usted. Físicamente, un tipo para
pastelista: rubia, blanca, ojos azules, facciones menudas, sonrisa de
inteligencia, malicia mundana en la expresión. Ya aceptado por esa
señora, podemos quitarle á usted los andadores. Ella le guiará. No se
alarme usted, no alteramos el programa: habrá otros dos chocolates;
verán mi retrato cuantos creamos que es conveniente para usted que lo
vean; pero el paso inicial está dado con suerte.
 
--Con el pie derecho--murmuré, acordándome de mis precauciones, y
sintiéndome tan gozoso que me volvía niño.--De pronto, una inquietud.
 
--Así de ropa, ¿cómo me presento en casa de la condesa?
 
--¡La condesa, ya le he dicho á usted que es buena é
inteligente!--insistió Minia.--No será ella quien se fije en eso; es
decir, fijarse sí, no se le escapará; pero se dará cuenta de lo natural
del hecho y no se burlará ni por asomos. No por ella; por conveniencia
general, encárguese usted algo. Le hace á usted tanta falta como los
pinceles.
 
¡Minia llama _algo_ á un traje completo de sociedad, con abrigo; otro
traje de mañana, corbatas, camisas, botas, guantes, el demonio! No hay
remedio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre vergonzante: así no
me _admitirían_. ¡Ah, mi gabán verdoso, mi pantalón color nuez, con
rodilleras, mi sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! ¡Yo
que aborrezco el frac!
 
Paciencia; si he de llegar á ser, á revelarme, necesito subsistir, y la
subsistencia así viene, y entretanto á adelantar, á adquirir impecable
dibujo; el colorido, después.--Se me figura que he conquistado hoy el
pan, y he vuelto á casa con el júbilo innoble de un perro que caza un
hueso circundado de piltrafas.
 
* * * * *
 
_Fin de Diciembre._--Además del retrato de la Palma--que en efecto es
como me la ha descrito Minia--han salido de los dos chocolates de casa
de Dumbría otros encargos: una señora quiere el retrato, de cuerpo
entero, al óleo, de sus niños; otra, un pastel con manos y busto,
envuelto en pieles de chinchilla.
 
¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al óleo. En el pastel
me desenredo; en el óleo estoy á ciegas. Antes de pintar al óleo un
retrato, debo ir á lavarles los pinceles á Sala ó á Sorolla, y á
barrerles el taller dos años; después, hablaríamos. El óleo es la única
_pintura_ positiva. Estuve á pique de negarme en seco. Las quinientas
pesetas de cada retrato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dumbría
no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero, quinientas! y con el
sastre amenazando...
 
En _La Época_, por primera vez, leo mi nombre, flanqueado de epítetos
lisonjeros. Es una crónica de las reuniones de Dumbría; elogian el
retrato de la compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan las
tradiciones aristocráticas del pastel, consignan que después de la
muerte de Madrazo no ha quedado en Madrid un retratista de damas--y
pronostican que ese retratista puedo ser yo.
 
¡Lagarto, lagarto! Otro es mi sueño...
 
_El Imparcial_ también me dedica un párrafo. Me llama “modesto
artista”. ¡Modesto! ¡Rayo! Modesto, no; ¡cargue Satanás con la modestia!
 
Á la siguiente noche, en la Sociedad, mientras Cenizate me suelta un
fogoso abrazo de felicitación, percibo en los demás, y especialmente
en los que creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa malévola,
gestos impertinentes. En un grupo se dan al codo y ríen; en otro bajan
la nariz y se chapuzan en el dibujo. Solano, el impresionista, me
vuelve la espalda. No existo. ¿Envidia ya? ¿Envidia de qué? _Ellos_
lo único que deben envidiar es la gloria; eso sí que lo envidio yo,
con rabiosos transportes y con respeto fanático á los gloriosos (si es
contradictorio, también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un pan
tan triste? ¡Miseria, miseria, miseria!
 
Además de la envidia, percibo otra cosa todavía más mortificante, ¡el
desprecio!
 
La simpatía de mis compañeros me animaba. Hoy parece que me miran por
cima del hombro; no desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al
intrigante.
 
--No hagas caso--aconsejó Cenizate cuando salimos juntos.--Tonterías.
Uno de esos amaneramientos de taller. El estribillo de que para ser
artista hay que ser un puerco-espín, hablar en carretero y en chulo, no
tratar sino á las modelos. Mejor si te llevan en palmas en los salones
y te sonríen las deidades.
 
¡Este ya se figura!... ¡Otro como Goizán!
 
La Palma--noto que aquí nadie dice _la duquesa de Alba_, sino la Alba,
la Osuna, la Laguna,--la Palma me acoge con bondad suma, y está muy
contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su casa es un palacio,
en una calle anticuada y solitaria, donde se ignora el ruido de los
tranvías. En otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora
sólo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida--según me dice la

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