2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 13

La Quimera 13


Amigo artista--me dice en su correcto y reposado tono habitual,--no
quiero adelantarle á usted impresiones de sociedad, porque usted no
es de los que necesitan que les den la sopa con cuchara de bayeta.
Me alegraría mucho, por usted, que Lina Moros consintiese; es una
hermosura... ya verá usted. Con Lina Moros triunfaría usted en toda la
línea. Le conviene á usted retratar de esas bellezas profesionales.
 
Pedí detalles, rasgos.
 
--¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía.
 
Quedé deslumbrado. Aunque conozco las triquiñuelas de los fotógrafos
de alto copete, y cómo _ponen_ y cómo hacen... lo propio que yo hago,
¡infeliz de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habilidad; sé
descontarla. No es mujer, es una hurí. Las huríes me figuro yo que
se diferencian mucho de los ángeles: éstos tranquilizan y aquéllas
soliviantan. La Palma ve el efecto y me embroma.
 
--No vaya usted á prendarse; Lina hace estragos...
 
¡Prendarme! No tengo confianza bastante para explicarle á la condesa mi
interioridad en estas materias; lo único que se me ocurre es exclamar:
 
--La semana que viene espero adecentarme; y entonces, ya que es usted
tan bondadosa para mí...
 
El miércoles pruebo; el sábado me traen sólo el traje de diario y
el abrigo, lo que me corría más prisa. Las corbatas, las camisas,
¡maldición! hay que abonarlas al contado. Mi bolsa, escurrida como
tripa de pollo. Suerte que la Palma me envía en un sobrecito billetes,
el precio de su retrato. Los óleos de los chicos adelantan: van
desastrosos... pero, ingreso en puerta. ¿Será verdad que el pan se ha
conquistado?
 
Al retirarme de la Academia me acompaña siempre Cenizate; charlamos de
mis esperanzas, y se toma por ellas interés vehemente. Frustrado en
cuanto artista (se me figura que no irá más allá de lo que hace hoy,
paisajitos grises, con troncos rojos, una lamedura de Haes), teniendo
lo suficiente para vivir, porque es económico, ha concentrado en mí
la ilusión que tal vez no siente ya por cuenta propia. Un modo de
engañarse á sí mismo como otro cualquiera, el imponer en cabeza ajena
los sueños. Ello es que Cenizate se pelea desesperadamente por mí,
defiende mis pasteles--que atacan sin haberlos visto--y se pasa en
mi taller las horas muertas forjando planes y enunciando hipótesis.
“Has de tener que abrir las ventanas para que se vayan los perfumes de
tanta cliente...” Todo el mundo me envuelve en perfumes... y aquí no
huele sino á carbón de cok y á colillas de cigarro. Ayer, por la tarde,
subió con un recado la portera, y Cenizate saltó: “La _señá_ marquesa
de Regis, por el teléfono, que cuándo podrá el señorito pasar por su
casa...” ¿Marquesa de Regis? No sé quién es... Buenos oficios de la
Palma, ¡de fijo! “¿Lo ves?”, repetía Marín. Por la noche, en el café,
viéndome en un instante de abatimiento, me interrogó:
 
--¿No estás contento, ahora que los peces pican?
 
--¡Contento! Lo estaré así que me vea por el mundo adelante, metido en
harina de verdadero trabajo. No cuentes en la Sociedad ni esto; sobra
con la batahola de los periódicos. Solano es capaz de escupirme á la
cara...
 
Cenizate se encogió de hombros, repitiendo: “¡Solano, Solano!...” en
tono de mofa. Entró un chiquillo, uno de esos golfitos, industriales
al menudeo, y se nos arrimó insinuante. Creí que iba á ofrecernos
fotografías libidinosas. No; eran tablitas procedentes de cajas de
puros, donde una mano febril había indicado, á manchas de abigarrados
colorines, un árbol, una casa, una pared sevillana con azulejos y
tiestos, una cabeza de chula con orejeras de claveles.
 
--Dos pesetillas, señoritos... Pintás á la mano, firmás... Pá adornar
la sala, señoritos...
 
Mi amigo me agarró del brazo riendo con maligna satisfacción,
señalándome á la “firma”, una T gótica.
 
--¡De Solano!--exclamó.--¡Que sí, hijo, que las conozco á la legua! Se
embadurna tres ó cuatro en otros tantos minutos todos los días, sin
firma, con esa T que significa _Trigo_... y tiene infestados los cafés,
el Rastro y la calle de Alcalá... ¡Y el tupé de torcerte la cara á ti
porque retratas marquesas! ¡Es un fantoche! Y no llega: te digo yo que
no llega. No tiene miaja de talento, y muy mal gusto: ¡un cursi, un
cursi!
 
Me puse encarnado y compré sin regatear la media docena de tablas al
chiquillo. Que viva Solano, porque--aunque no lo crea Cenizate--él
mendiga más altivamente quizás que yo. Tiende la mano en la calle, yo
en los palacios.
 
Estreno mi ropa. ¡Parezco otro! Voy á casa de Regis. La marquesa,
señora á la antigua, madre de familia cariñosa, quiere un retrato de
la mayor de las muchachas, guardar el recuerdo de cómo era antes de
casarse--la boda está fijada para la primavera.--Pastel género romanza
de Tosti: traje rosa, escote virginal, bandós Cleo, rostro inclinado á
la derecha, sonrisa cándida. Ventajas: la señorita vendrá á mi taller
con la miss, y la despabilaré en dos sesiones, y podría en una, porque
esto es coser y cantar; pero desmerecería; lo creerían demasiado fácil.
Y adivino la escena: reunión de familia admirando la “preciosidad”,
apretón de manos del padre, felicitación y palmada en el hombro del
novio, marco Luis XVI, pago á tocateja. Por teléfono: la Palma; ¡Lina
Moros consiente! Pero esta semana, imposible; dos comidas de Embajada y
Legación, acostarse tarde, cansancio... Y la semana que viene, pruebas
en la modista, baile en casa de Camargo... Ya me avisará--Con mi
facultad de leer entre líneas, descifré de corrido: “hacerse valer un
poco; no se le abre á la gente la puerta así de golpe”. Y experimento
de antemano hacia la beldad una prevención hostil, una antipatía
nerviosa, complicada de atracción. Sus líneas me incitan á estudiarla;
su carácter... ¿qué sé yo? ¿ni qué me importa? Otro hombre, sobre tal
base, tendría la mitad del camino andado para enamorarse como un pelele.
 
Minia me llama por teléfono. Bajo al prosaico despacho de aguas
minerales, que parece una zahurda, y comunico, después de bregar cinco
minutos con las telefonistas.
 
--¿Oye?
 
--Oigo.
 
--¿Sabe que _La Época_ ha vuelto á dedicarle un buen retazo de _Ecos_?
 
--¿Sí? Lo deploro. Yo ahora quiero cuartos; fama no, no.
 
--Es lo mismo para el caso. Un periódico de _allá_, de la región,
también habla de usted.
 
--¡Sea por Dios!
 
--Hay además para usted dos recados, y con apuro. Esto va más aprisa
de lo que creíamos: viento en popa. Dice mi madre que esta noche
tenemos... Aquí un mosconeo en el teléfono, envolviendo el nombre de
platos clásicos en la tierra, y la invitación adivinada.
 
--Iré, iré, y así me enteraré de los recados.
 
Dos retratos más: el de la vizcondesa viuda de Ayamonte, el del
menorcito de los niños de Fadrique Vélez... Nombres de ruido sonoro,
que parece que acarrean historia.
 
--Como no saben sus señas--advirtió Minia--preguntan aquí; en este
papelito encontrará usted la dirección de ambos clientes, para que con
ellos se entienda usted. ¡Lleva usted trazas de hacerse de oro! Hablan
de usted en el _foyer_ del Real y en las tertulias. Ayer, en el te de
casa de Camargo, en dos ó tres grupos era usted el asunto predilecto.
Las sensacionistas, que corren tras la mariposa de la novedad, van
estando pirradas por conocerle á usted.
 
--Si ven mi taller, salen pitando.
 
Esta idea me tuvo desvelado toda la noche. Me revolvía en la cama
furioso, al observar cómo mis actos se acompasan servilmente á la
marcha de la realidad, mientras mi espíritu sigue abrazado á la
Quimera. En teniendo mis cuatro ó cinco retratos al mes para vivir,
debiera bastarme y consagrar todas mis fuerzas á lo íntimo; y he aquí
que en mi cerebro, excitado por el insomnio, danzan y contradanzan
proyectos inspirados por lo que viene de fuera; mejoras en mi
instalación, en armonía con los gustos y las exigencias de esa multitud
que va á echárseme encima, y que al proporcionarme recursos me impone
desembolsos. Los recursos por ahora son semifantásticos, y lo otro urge.
 
Recorro con Cenizate algunas tiendas de anticuarios. Llevo una lista de
lo más apremiante.
 
Sofá (Luis XVI ó Imperio).
 
Dos sillones (ídem).
 
Un tapiz para el suelo.
 
Un mueble que sirva de escritorio.
 
Un par de taburetes ó sillas bajas.
 
Después de mil regateos, y á plazo de mes y medio la cuenta (sin
garantía alguna: estos anticuarios parecen confiadísimos), me decido
por dos fraileros, cuatro sillas de laca y seda brochada, un canapé
Imperio, una alfombra pequeña y viejísima, pero de colorido grato,
un contador italiano aparatoso--falso quizás,--dos ó tres Talaveras
recompuestos, un arcón tallado, basto, que me servirá de carbonera.
Todo ello, cerca de dos mil pesetas. Probablemente me han trufado;
entiendo poco de regateo, y Cenizate menos, á pesar de sus alardes
de inteligencia y sus reiterados “con esta gente hay que ser muy
escamón... Entre gitanos... No te fíes...” El engaño no me importa; lo
malo es que actualmente no tengo un real, y sacar de la yema de los
dedos tantas pesetas se me figura imposible.
 
Llegan las adquisiciones. La secatona portera, á quien tengo solícita
á fuerza de chorrear propinas, las acomoda á mi gusto, arregla, barre.
El camaranchón se transforma. Con mis estudios y bocetos, sujetos
por tachuelas, alegrando la pared; con la guitarra y los palillos en
panoplia; con los cuatro trastos antiguos, bien agrupados, formando un
rincón caprichoso que no me canso de mirar, esto es ya nido de artista.
Salgo, me lanzo á la calle del Caballero de Gracia y compro una palmera
y una camelia en flor. Es el toque que faltaba. Y aviso á las de
Dumbría, que vengan á admirar...
 
Minia y su madre, que me inspiran una especie de culto, á veces me
exasperan: me entran tentaciones de contestar desagradablemente á lo
que me dicen. Noto esta propensi                         

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