La Quimera 18
MARIANO
* * * * *
_La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín._
_Madrid._
Padrino querido: Me defines muy bien en la carta que acabo de recibir,
y, con todo, un alma es selva tan obscura, que voy sospechando si hay
en la mía rincones donde no penetran tus rayos X. El día en que en
Toledo me asomé á aquella ventana, y sin fijar en nadie mi pensamiento
sentí la revelación de la pasión con todo su poderío, lo que me causó
una alegría extraña fué reconocerme capaz de sentir tanto, tanto.
Descubrí tesoros, que me asustaron, pues todo lo inmenso asusta;
pero me inundó un regocijo como el que experimentan los héroes al
convencerse de su valor. Los horizontes de mi vivir, hasta entonces
vacío y sin sentido, se dilataron, irisándose con tintes mágicos. Ya
ves, yo á ningún hombre quería; después de aquella memorable noche,
aún tardé bastante en concretar mis indeterminadas esperanzas; la
revelación fué, pues, de mí misma, de las profundidades de mi propio
corazón.
Al pronto no me dí cuenta exacta de esto, padrino. Equivocándome,
busqué fuera de mí el manantial que en mí brotaba tan abundante y, á mi
parecer, tan puro. Me lo enturbiaron; pisotearon su nacimiento... Culpa
mía fué, seguramente, porque mi locura igualó á la del que, poseyendo
una perla única, quisiese descubrir la compañera en la primer joyería
que encontrase. Yo tendré, allá en cualquier país, mi compañero; mas ni
él sabrá de mí, ni yo de él. El filtro de Tristán é Iseo se bebe, pero
no lo beben dos juntos. Uno solo, padrino.
Cansado estás de conocer los episodios de mi historia. Hemos convenido
en ponerles una cruz negra, emblema de lo que murió; el caso es que no
basta querer enterrar las cosas. Murió, sí, lo mejor: la ilusión, la
fe, la ternura. No murió lo infinitamente malo, lo que ha depositado
en mí un sedimento que tal vez ni sospechas... Te afligiría, padrino,
si te metiese en las cuevas sombrías de mi pensamiento. Hacía tiempo
que te hallabas contento viéndome descansar y reponerme de aquel
último golpe, el más traidor y el más imprevisto. No podrás adivinar
qué género de trabajo lento, insensible, se producía en mí, ni cómo
la desesperación desordenada de los primeros instantes, que tanto te
dió que hacer como médico, se transformaba en la apatía sorda, en la
depresión hondísima, predecesora de las grandes crisis. Así calificas
tú este fenómeno... y en mí, ¿lo has adivinado?...
Vamos á lo presente. Sin ambages: quiero otra vez. Es un artista
genial, joven, cuyas facultades no han podido desenvolverse y afirmarse
todavía. La necesidad de subsistir le obliga á dedicarse á un trabajo
que forzosamente ahogará los gérmenes de su gran talento. Retrata al
pastel, adulando á sus modelos, y no le queda tiempo ni tiene medios de
luchar como corresponde para ganar su puesto al sol de la gloria.
La prueba, padrino, del cambio que se ha verificado en mí, es el
propósito que tengo y que sólo depende de tu aprobación... Se acabaron
las tonterías, el empeño de encontrar la otra perla. Giro en el
remolino del Infierno, pero giro suelta, ya lo sé. Mejor dicho: lo
presiento, lo comprendo, y lo único á que aspiro hoy, ya que mi mal es
incurable, es á que me permitan hacer bien al ser querido. He pensado
ofrecer á este artista (el hombre más desinteresado de la tierra) mi
mano. Con ella va la fortuna, el medio de realizar su vocación. Conozco
lo arriesgado del paso que voy á dar; conozco que enajeno mi libertad,
y cometo (así te expresarías tú) la única locura hasta la fecha
milagrosamente evitada. No puedo menos. Me avasallan con violencia
dulce dos sentimientos: ansia de purificación y anhelo de sacrificio.
Es la forma actual de mi apasionamiento; ahora mi fuego arde así.
Cierta de no encontrar en los demás la abnegación, la descubro en mí,
en mis propias entrañas.
Padrino, espero tu consejo..., y lo temo, porque me quieres demasiado,
con excesivo egoísmo amante. Entiéndeme, padrino; explícate, por Dios,
mi sentir; no me protejas contra lo que me ha de hacer algo menos
indigna de esa estimación de mí misma, que tanto recomiendas á tu
CLARA
* * * * *
_El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en
Madrid._
_Berlín_
Clara querida, allá voy. Salgo mañana: y no salgo hoy mismo, porque
debo despedirme de mis colegas y de algunas personas que me han
dispensado atenciones. Lo dejo todo; me falta tiempo para llegar junto
á ti. Eres en este momento mi enferma de más peligro.
¡Casarte! Ahí es nada, criatura... ¿De modo que mientras yo preparaba
sueros en la clínica, tú adoptabas esa resolución insignificante? ¡Y
pensar que no se me pasó por las mientes que esto tenía que suceder,
que el día en que fantaseases hacer un bien muy grande á _alguien_
con la entrega de libertad, hacienda y persona, no serías tú quien se
privase del gustazo de la inmolación! ¡Es tan delicioso el frío del
cuchillo á la garganta!
Allá voy. Lástima no poder ir en globo. Voy, no á imponerme, sino á
cumplir el deber de observar y exponerte lo observado. Veremos qué
artista genial, qué hombre “el más desinteresado del mundo” es ese. Sí
que abundan los desinteresados. No te enfades conmigo, tirana, si una
vez más me viese precisado á pisarte con suela doble las florecillas
de la ilusión. Hasta pronto; te quiere tanto el padrino, que por
abrazarte antes manda á paseo sin protesta sus alquimias endiabladas.
Tuyo,
MARIANO
* * * * *
_Marzo._--En el taller de Silvio, á las tres de la tarde de un día
marzal, de esos de cielo azul agrio y frío puntiagudo, acaban de entrar
dos damas, cuyo saludo seco y altanero, en contestación al obsequioso
del retratista, evidencia cierto espíritu agresivo. El origen del mal
temple de las señoras se descubre por la exclamación de la más alta, la
marquesa de Camargo:
--¡En qué calle vive usted!... ¡Qué escalerita!
La malicia ya afinada de Silvio interpretó. Á las señoras bien tratadas
por la naturaleza, había él notado que no las molestaba el trecho de
calle equívoca que era preciso cruzar á pie para llegar á la casa.
Pasaban retadoras ó reservadas, provocando ó desdeñando el dicharacho
procaz de las mujerzuelas. En cambio, las clientes de incierta edad
y escasos atractivos llegaban siempre al taller irritadas contra la
calle y la subida, enviborado el genio por las desvergüenzas oídas al
abandonar el coche protector. “Habré de mudarme” pensaba Silvio; y en
alto:
--Busco otro taller, con ascensor... No lo he encontrado por ahora.
La verdad era que, á pesar de la afluencia de retratos, andaba
todavía alcanzadísimo de moneda, sangrado por los sablazos de
parásitos y zánganos como Crivelo, convencido de su incapacidad para
la crematística. Á fuerza de sermonearle la baronesa de Dumbría,
había resuelto hacerla su depositaria, y la confiaba, al cobrar un
retrato, pequeñas sumas. Era el tesoro de guerra, para mudanza, viajes,
enfermedades posibles...
La otra dama, rechoncha, mal ceñida, de faz lunar, era la duquesa
de Calatrava, ex-belleza del reinado de Alfonso XII. La obesidad,
desbaratando las facciones finas, apenas permitía adivinar lo que pudo
ser el antaño gracioso semblante; y ayudaba á desfigurarlo espesa capa
de blanquete y dos tiznones que se proponían agrandar los ojos. La
Camargo, flaca, cobriza teñida, de tez estropeada por el artritismo,
bien corsetada, silueta aún elegante y juvenil, indignó á Silvio un
poco menos.
--Á ésta--calculó,--escogiendo bien la trapería y sacando partido del
talle... Pero el otro fardo, ¡en cuántas triquiñuelas va á meterme!
Tendré que reconstruirla según sería en 1876... No transigirá con
menos... ¡Y el escote! Lo adivino. Veo asomar los encantos, como dos
medias vejigas de grasa... Habrá que acudir al vaporoso boa de plumas ó
al socorrido abrigo de pieles, negligentemente echado...
Mientras hacía para sí estas reflexiones crudas, Silvio, defiriendo á
una indicación de las dos damas, enseñaba los retratos comenzados,
los volvía de cara, los traía á la luz. Y las señoras sonreían,
cuchicheaban burlonamente:
--¡Ay, Celita Jadraque! Mira las perlas del hilo. No han engordado
poco. Parecen las que venden en _La Ciudad de Constantinopla_ á peseta
la sarta. ¿Las vió usted por vidrio de aumento?
Silvio, nervioso ya, no respondía, y seguía exhibiendo sus pasteles.
--¡Lina Moros!--exclamó la Camargo.--¿Ha venido por fin? Pues si nos
dijo que, á pesar del empeño de la Palma, no vendría; que no la daba la
gana de estarse aquí las horas muertas aburriéndose.
Por toda respuesta, Silvio, crispado, colocó á ambos lados del primer
retrato de Lina otros dos en preparación: uno de blanco, vivo contraste
con la beldad morena; otro, con traje ceñido, obscuro, que moldeaba las
airosas formas estatuarias. La Camargo y la Calatrava se miraron, y el
comentario fué una ligera carcajada.
--¡Clarita Ayamonte!--dijeron después, al presentar Silvio un alto
cuadro, casi de cuerpo entero.--¡Qué bien está! La hace usted mucho más
guapa, y lo que nunca fué, muy elegantona. Ella siempre valió poco, y
está atropellada como si tuviese cincuenta años; pero así y todo hay
parecido, además de una creación poética.
Silvio sintió que montaba en cólera. Quería tratar con miramiento á
las damas, muy influyentes en sociedad: la Calatrava, por el altísimo
copete; la Camargo, por el círculo escogido que sabía formar á su
alrededor; pero cuando los nervios de Silvio se encalabrinaban, el
demontre. En su interior resolvió:
--¡Si éstas suponen que he de retratarlas!...
Justamente, un segundo después la Calatrava manifestó su deseo. Lo hizo
con cierta displicencia, segura de dispensar un favor.
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