La Quimera 21
Clara se desvió del artista, rápida, involuntariamente. No era la
primera vez que sentía celos bajos y degradantes, por lo mismo más
torturadores, de la beldad profesional con tal insistencia reproducida
por los lápices de Silvio, con tal entusiasmo elogiada por su boca.
--He dicho una tontería--murmuró él, percibiendo el movimiento
retráctil de la dama.--Es que Lina es para mí como un modelo: la
estudio y la estudio, pues entre las que cobran no hay formas así...
No estés triste--continuó apiadado, acercándose á Clara con cierto
infantil mimo.--Eso es arte, y yo... artista me conociste y artista
seré.
Ella adquirió entonces un poco de valor. Deseaba sobreponerse á todo
egoísmo, elevar, acendrar su pasión humana. Suplicante, precipitada,
lanzó el gran propósito.
--De ti sólo depende redimirte de esta esclavitud...
--¿Cómo?
Un susurro, especie de caricia al oído.
--Casándonos...
La voz, ¡qué ronca! El corazón, ¡qué desquiciado! Los ojos, ¡qué
humildes, qué imploradores!
Silvio, en un rato, no contestó. Se creería que no había entendido.
Al fin... Clara trepidaba de ansiedad... Al fin, se echó á reir
jovialmente y se puso en pie de un salto.
--¡Casarnos, nena! ¡Casarse! Y eso, ¿cuándo se te ha ocurrido?
¡Pobrecilla! Á ver: ¿es discurso del padrino... ó tuyo?
--¿Por qué me contestas así?--repuso Clara irguiéndose á su vez,
recobrando energía ante lo que tomaba por burla.--¿Qué motivos tienes?
¿Quieres á otra? ¿Me desprecias mucho, porque... por lo que hay entre
nosotros? Franqueza, Silvio... la verdad.
--¡Entera!... De haberte mentido á ti, que no lo mereces, jamás tendré
que acusarme. Se les miente á las coquetas, á las tunantas... Á las
buenas... no. Tú eres algo romántica; no sé si te convencerá lo que te
diga. ¡Es tan prosaico! Es que yo no puedo casarme, ¿sabes? ¡No sirvo
para tal vida: serías la mujer más infeliz!
--¡No importa!--gritó Clara descubriendo toda su sed mortal de
sacrificio.--No pienses en mí. Que triunfes... y me basta. Soy tu
pedestal. Písame... No voy á caza de dicha. Nunca esperé conseguirla
queriendo. ¿Te acuerdas del _primer día_? Lloraba...
--¡Válgame Dios! ¡En qué conflicto me pones!--articuló Silvio, algo
conmovido, abrazándosela.--Hay verdades demasiado descarnadas...
Bueno, ¡qué remedio! Las soltaré. Serías infeliz tú y más infeliz yo.
Á los ocho días, ¿sabes? viviendo con ella, viéndola peinarse, comer,
toser--no hay mujer que no me hastíe. ¿Digo hastío? Aborrecimiento. Me
juzgas por mi carita y por el tipo Van Dyck. No me conoces. Soy muy
bárbaro, mucho. Además estoy embrujado. Sólo existo para mis sueños...
--¡Ay de mí!--sollozó Clara.--¡Yo también!
--Sí... ya lo voy notando. ¡Por algo dije que nos parecemos... en la
expresión de la fisonomía! Tu sueño es de amor, el mío... de belleza,
de gloria; el tuyo es natural, el mío á veces creo que diabólico.
Venga del infierno ó del paraíso, ¡le pertenezco!
--Es que no me querrás--balbuceó Clara.
--No; de esa manera que tú desearías... no--repitió ferozmente
Silvio.--Perdona; ya convinimos en que todo, excepto mentir. No te
quiero _así_, y llegaría ¡yo qué sé! ¡á odiarte!
Ella vaciló, se esforzó para no desplomarse bajo el golpe.
--Lo sabía--arrancó con dolor inmenso.--Sólo que no quería saberlo...
¡Haces bien en no engañarme!
--No lo mereces. Si te engañase, sería aún más malo de lo que soy.
¡Ah! Soy malo: por éstas: malo, desalmado. Sólo tengo entrañas para mi
loco deseo de pintar como los semidioses. Á trueque de conseguirlo...
mira... á mi propia madre hubiese echado al arroyo, como á un perro.
¿Y qué tiene de extraño? El sentido moral se suprime ante estas ideas
fijas. Ó demente, ó bribón: escoge. ¡Vaya un marido que te preparabas!
--Escucha, Silvio--imploró Clara con humilde
mansedumbre.--Expliquémonos sin rodeos. Lo que te ofrezco es
justamente el único medio que existe de que sigas tu vocación. Te
estás incapacitando para ella. No creas que no entiendo algo de arte.
Retratos por oficio, pueden hacerse unos meses, un año; pero á la
larga, te amanerarás. Rompe los grillos. Yo seré feliz si tú eres
grande. Necesito un objeto, una obra... Hay en mí un pozo de amargura,
una estepa de soledad. Mi propia vida no me importa casi. Hacer de
ti lo que estás llamado á ser, me bastará para recompensa. Si te
hastías... viajarás, volverás. Tendré calma. No me induce cálculo
alguno... ¡Te quiero tanto!
Al exclamar así, Clara arrastró dulcemente á Silvio al canapé. Á fuer
de legítima apasionada, dolorida aún por el desamor, siempre fiaba en
los ardides de su corazón, en el contagio de su ternura. El artista
frunció el ceño y volvió á desceñir los blancos brazos, que surgían
de las holgadas mangas de encaje antiguo. Torvo y malhumorado, en pie
frente á Clara, alzó los hombros.
--Eso, eso es lo que hay... Me quieres... ¡Razón suprema! Las mujeres,
cuando os encapricháis... Aquí el juicio lo represento yo. Tú, no más
que la impresión del momento. Casarnos, y tenerme siempre contigo. ¡Te
lucías! ¿Qué ibas á tener? ¡Ni mi cuerpo siquiera...!
Silvio comprendía que se expresaba desvergonzadamente, y no acertaba
á remediarlo... Sus nervios, como siempre, mandaban en él; los sentía
tenderse de impaciencia, de enojo, ante el amor de una mujer dispuesta
á coartar su libertad bohemia, unciéndole á un yugo áureo. “¡Dinero!”
pensaba. “¡Todo lo resuelven con dinero!” Y la aspereza, la brutalidad,
crecían en él; á puñadas se hubiese defendido.
--¡Ni mi cuerpo!--repitió.--Es preciso que me conozcas á fondo, y que
me dejes por cosa perdida. Hace cuatro ó cinco días lo más, en ese
mismo canapé, estaba sentada la modelo de pago, una gitana que huele
á bravío; y yo... sin acordarme de ti, como no me acordaría de otra,
aunque fuese la misma Dulcinea... Ya ves qué poco me parezco á tu
ideal; ya ves cómo engañan mis ojos, mi gesto de melancolía sublime...
¡Si supieses! Tengo un primo panadero, que es mi retrato. Estoy por
escribirle: “vente, repartiremos las conquistas...” ¿Qué diría él
amasando sus roscas?
Aquí el atroz monólogo se interrumpió. Del canapé no salía ni protesta
ni sollozo. Clara se arrebujaba apresuradamente en el abrigo; largos
escalofríos recorrían su cuerpo. Sus dientes se entrechocaban. El ruido
imperceptible, rítmico, que producían, aterró á Silvio al modo que
aterra á los medrosos el trueno. Corrió á arrojarse á los pies de la
dama, prosternado.
--Te he ofendido, nena. Perdón. Soy un vil miserable; no hagas caso,
despréciame. Hay horas en que no sé lo que digo ni lo que hago.
¡Perdón, perdón!
Clara no se movió. Rebozada hasta los ojos, temblando, tartamudeó muy
quedo:
--Lo vil, lo miserable, es esto que llaman amor. ¡Qué vergüenza!
Y añadió con imperio, irguiéndose:
--Enciende... Voy á vestirme.
Obedeció el artista. Conocía que era imposible destruir el efecto de
sus palabras, de su impremeditada confesión. Hay cosas que una vez
dichas... Dió vuelta á la llave; las luces eléctricas, de dura claridad
positiva, se comieron la de ensueño de la luna, y la Ayamonte rompió á
andar, volviéndose desde el umbral para contemplar por última vez el
taller, los retratos esparcidos, el contador reluciente de bronces,
sobre el cual una Madona gótica, de madera pintada y estofada, sonreía
con celeste ingenuidad, disputando una manzana al Infante. Permaneció
Clara en el tocador pocos minutos; salió, arropada la cabeza en la
mantilla negra, oculto el cuerpo por la holgada pelliza uniformemente
obscura. Su cara, color de yeso, parecía haber adelgazado súbitamente,
y sus ojos, enrojecidos, ardían, mientras la boca se consumía, y se
afilaba, como en las agonías, la azulada nariz. El pintor se lanzó
hacia la dama y la abrazó de estrujón, mientras cubría de caricias
arrebatadas aquella mascarilla trágica, fría, sepulcral.
--¡Nunca te quise sino ahora!--repetía, persuadido de sentir así, en
aquel pronto,--nena, nena; me hace daño verte tan pálida. ¡La boquita!
¡Quédate! ¡Vuelve mañana! Mira que te esperaré...
Ella se desprendió, desviándose con fuerza. Echó á andar pasillo
adelante, llegó á la puerta, descorrió el cerrojo, tiró del resbalón...
--Dame al menos tiempo á coger sombrero y gabán... ¿Vas á ir sola hasta
encontrar coche?
Estaba ya en el segundo rellano de la escalera, y desde él, entre la
obscuridad, murmuró sencillamente:
--Adiós, Silvio.
* * * * *
_Marzo-Abril._--Silvio se levantó de humor endiablado, rabioso contra
sí mismo, al día siguiente de la ruptura con Clara. Por su gusto no
saldría del abrigo del lecho; pero justamente, tenía citada á una
cáfila de señoras... Saltó descalzo á los fríos baldosines, renegando
de la dura ley. Mientras se chapuzaba en la palangana, estremecido,
redactaba mentalmente la carta á la vizcondesa de Ayamonte. No para
reanudar, ni menos para aceptar la propuesta... Para repetir que la
quería como nunca la había querido; que se reconocía un miserable, y
solicitaba de rodillas absolución.
--No pondría otra cosa el hombre más prendado--pensaba media hora
después, al lacrar,--y en este instante me sale de dentro escribir
así...; y si ella me contestase “bueno, iré á firmar las paces...”, soy
capaz de volver á ofenderla para que se largue pronto. No; ella no es
como yo; ella tiene distinto carácter; no pone aquí los pies. ¡La he
precipitado desde tan alto! ¡Bah!--añadió, viendo entrar á la portera
con el servicio del te.--Así emigrasen todas á Cochinchina... No sirven
más que para levantar jaquecas como la que me está amagando. Se prepara
el gran día... Oiga usted--añadió, dirigiéndose á la comadre.--Vaya
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