2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 22

La Quimera 22



El enjuto Crivelo se hizo atrás, desembozándose con gallardía hidalga.
Era un completo tipo español, entre alabardero y soldado de los tercios
invencibles; faltábanle tizona y chambergo, sustituído por abollado
hongo.
 
--¿Quién te pide nada?--pronunció en tono de herida dignidad.--¿Ó te
desdeñas de que entre á informarme de la salud?
 
Las mejillas de Silvio se enrojecieron. No había cosa más contra su
genio que humillar á los menesterosos.
 
--¡Qué disparate! Adelante, hombre. Ven á mi cuarto. En el taller no
han encendido aún.
 
--Llévame un momento á ver las duquesas y las princesas que retratas...
 
--¡Princesas! ¡Echa princesas! ¿Quién os encaja esas mentiras?--gruñó
Silvio, exasperado otra vez.
 
--Anda; como si no supiésemos que aquí tienes á lo más cogolludo de
la corte. ¿Qué te haces con tanta guita como te llueve, hijo? No lo
entiendo. ¡Quién tuviera tus manos! Á estas horas era yo rentista. ¡Y
solo, solo, sin boca que te pida pan! ¿Qué dirías si te despertases
padre de siete criaturas?
 
--Que era un fenómeno muy raro.
 
--¡Guasón! Quisiera que te dieras una vuelta por mi casa, Madera,
13, cuarto. Mi suegra, baldada de una ciática; mi señora, yendo á la
compra y guisando; ya sabes que ella nació en pañales muy finos... Los
chiquillos, rabiosos por tragar...
 
La cara típica, velazqueña, del litógrafo, expresó aflicción verdadera.
Se conmovía al detallar sus ahogos, y no creía faltar á la sinceridad
callándose que en parte eran fruto de su afición al café, al copeo de
coñac y á matar el tiempo en teatruchos, dejando litografía y cuentas
al cuidado del dependiente.
 
--Créeme, yo me evaporo por no ver lástimas... Aquellas paredes se me
caen encima. El negocio, de remate. No se trabaja, no saltan encargos.
Dicen que saltarán hacia Octubre. ¿Y mientras? ¿Me ahorco? Van á vencer
los pagarés del material. Mañana mismo he de recoger uno. Como no lo
recoja con pinzas... ¡Buena mujer! ¡Vaya una hembra!--exclamó sin
transición, extático ante el retrato de Lina Moros, que Silvio acababa
de volver para enseñárselo.--¡Eres el hijo de la dicha! ¡Pintas á
éstas y encima te pagan!
 
Tilirín... La campanilla. Crivelo se precipitó.
 
--No te molestes... Yo abro...
 
Se encuadró en el marco de la puerta un criado de buena casa, rasurado,
limpio, serio.
 
--De parte de la señora vizcondesa de Ayamonte, aquí está el importe de
dos retratos, y deseo entregárselo al señorito Lago en persona, y que
tenga la bondad de firmarme un recibí, si no le molesta.
 
El pedigüeño palideció de emoción.
 
--¿Cuánto trae usted?--preguntó balbuciente.
 
--Dos mil pesetas en un cheque... ¿El señorito Lago me hará el favor de
recogerlas?
 
Silvio acudía ya á la antesala, turbadísimo. Le asfixiaba la vergüenza.
Si Clara hubiese estudiado cómo humillarle, no procedería de otro modo.
¡Dinero; doble suma de lo convenido!
 
--Diga usted á la señora--pronunció extendiendo la diestra para
rechazar el sobre--que los retratos nada valen y que le ruego me
permita enviárselos como recuerdo.
 
--¿Estás loco? Pero, ¿qué haces?--saltó Crivelo, agarrándole de la
manga.--¡Dos mil pesetas! ¡Que son dos mil pesetas!
 
--¡Al diablo!--Y Silvio dió un empellón al litógrafo, mientras el
criado, después de saludar, se retiraba pausadamente.--¿Quién te mete
en mis asuntos? ¡Pues hombre! ¡No faltaría! ¡Como vuelvas! Yo tiro á la
calle lo que me da la gana, y esas peseteras pesetas lo primero.--¡Á
ver!
 
Crivelo, calándose el hongo, recogiendo la pañosa en actitud gentil
de galán de comedia calderoniana, se encaró con el artista. Le conocía
bien y sabía tocar el registro conveniente.
 
--Ya veo que aquí estorbamos los pobres. Te has engreído, se te han
subido á la cabeza las marquesas. De poco sirve que sea uno amigo
viejo, el que pasó contigo tantas crujidas allá en América, cuando
comías pan reseco y tasajo, ¿te acuerdas? y subías al andamio á
embadurnar paredes... Tú ahora eres opulento, yo no tengo de qué... Si
esas dos mil pesetas fuesen mías, ¡qué fiesta en mi hogar! Se hartarían
los nenes; el pequeñín no se nos moriría, porque se nos ha largado el
pendón del ama; mi señora se compraría calzado y un mantón de abrigo;
consultaríamos al médico; satisfaría el pagaré. Lo que unos desprecian,
á otros les daría la vida. Así es este mundo amargo... Conque, abur,
hijo; dispensa...
 
Silvio se aplacó, se encogió de hombros.
 
--Tú eres quien ha de dispensar. ¡Dos mil pesetas no puedo dártelas! Á
ver... ¿Con cuánto remedias lo más urgente?
 
El sablista, palpitante, indicó:
 
--Unas mil y cien... Menos de eso...
 
--Suprimido el pico, ¿eh? Las tendrás mañana á esta hora; y ahora
lárgate... lárgate, y no pidas nada en diez años.
 
No quiso oir más el castizo tipo. Minutos después, en la acera de la
Puerta del Sol, exclamaba loco de alegría, parándose ante una señora
morena y pasada, que lucía monumental sombrero:
 
--¡Olé las jamonas hermosas!
 
En aquel mismo punto, ¡tirilirín! hacía irrupción en casa del artista
el fiel Marín Cenizate. Como la inmensa mayoría de los hombres,
Cenizate en sus actos partía del dato de sus propios sentimientos,
importándole los ajenos un comino; y siéndole infinitamente agradable
la compañía de Lago, no se fijaba en si Lago estaba á la recíproca.
Verdad que al decirle el artista: “Chico, vete”, ningún sentimiento
de amor propio lastimado mordía el corazón del adictísimo amigo.
Desfilaba... y hasta otra.
 
Como Silvio no le hiciese caso y siguiese trasteando para arreglar sus
desparramadas cajas de colores, Cenizate agitó los brazos ante los
retratos concluídos de Clara y Mariano Luz.
 
--¡Canela fina!--repetía entre dientes, con sofocación de
entusiasmo.--¡Canelita en rama, caballeros! ¡Vaya unos retratazos! ¡Que
se limpien los ojos los envidiosos de la Sociedad! ¡Que salgan ahora
con que si afeminado y si blando! ¡Ese retrato del señor tiene redaños,
redaños! Á quitarse el sombrero...
 
--¡Por Dios!--replicó Silvio, revolviendo febrilmente en una mesa
atestada de papeles, libros y cachivaches.--Me duele la cabeza... ¡No
me marees!
 
--Los exponemos--insistió Cenizate.--Dentro de un par de meses, van á
exhibir en el Hipódromo sus porquerías. Verás qué horrores. Llevas tú
este par de documentos y me los revientas. ¡Boca abajo todo el mundo!
Ó, escucha: mejor aún: ¿á qué aplazar? En Mayo tendrás preparadas otras
cosas bonitas... ¡Con la facilidad tuya! Estos me los conduzco yo
ahora mismito al Salón Amaré. ¡Buen golpe, buen estrépito!
 
Silvio se revolvió como un gato, blanco de ira, echando lumbre de sus
ojos, en tal momento felinos.
 
--¡Te guardarás! Los retratos ya no son míos. Están cobrados...
 
--Solicitando autorización...
 
--¡Necio! ¡Imbécil!--gritó el artista. Á pesar de su longanimidad, más
que el calificativo, el tono dolió á Cenizate, que retrocedió algo
inmutado. Silvio, de repente, se mesó el pelo, gimió.
 
--No sé lo que me digo... Si no te empeñas en atormentarme, no me
hables de esos retratos. No te importe por mí. ¿Á qué viene tanto
afecto? ¿Piensas que te correspondo? Te engañas. Á mi nadie debiera
quererme. Doy mal pago. Los cariños me apestan. Prefiero á los
envidiosos que dices tú. ¡Ojalá tuviese verdaderos envidiosos! No me
envidian: me rebajan con razón, que es distinto... ¡Manía la tuya de
ensalzarme! Y es que no entiendes de arte una patata. ¡Te mataría!
 
Cenizate, tranquilizado, desagraviado, sonrió, se acercó á Silvio.
 
--Arrechucho tenemos... No se hable más del caso. ¿Te hago tila? ¿Te
arreglo esa mesa, te preparo las cajas? Hoy vendrán muchas señoras. El
día está magnífico.
 
--¿Querrás creer--dijo Silvio, cambiando de tono con su acostumbrada
movilidad, y abriendo y cerrando á golpes los cajones del contador--que
me ha desaparecido mi petaquita de plata oxidada con el monograma de
rubíes, el regalo de la Sarbonet? Lo que me indigna es que, sin duda,
se la ha llevado el mal bicho de la gitana. ¡Qué mañitas!
 
--La dejas meterse aquí con una libertad...
 
--¿Qué he de hacer? ¿Mandarla esperar en la Saleta? Esa egipcia se
encapricha de todo... No ve fruslería que los ojos no se la encandilen.
Me tiene harto. Sabe de sobra que ya no quiero estudiarla, y vuelve y
vuelve... ¡Qué calamidad, un taller de pintor! Es una vega abierta...
 
--Pues bien pagada y bien recompensada está Churumbela, hijo, para
que venga á quitarte cosas. La semana pasada, sin que te sirviera de
modelo, ni Cristo que lo fundó, la diste cuatro duros. ¡Llevarse la petaca! ¿Te parece que demos un parte?  

댓글 없음: