La Quimera 23
No--contestó el artista.
¡Tilín! La portera, resoplando:
--Aquí tié usté el remedio... ¡El recibí del Continental!... De la
tienda, que están con los marcos; que los remitirán cuando acaben. Unas
lonchas de pavo he traío de la Ceres pa el almuerzo. ¿Encenderé?
Absorbida la droga, funcionando la estufa, Silvio empezaba á sosegarse,
cuando ¡tilín, tilintín!--pasos precipitados, una ráfaga de aire frío
de la calle y de olor insufrible á esencia de clavo y pachulí... La
gitana en persona.
Cualquiera, aun sin ser artista, se agradaría de aparición tan
pintoresca. Churumbela, con la palma apoyada en el talle, el mantón
atado atrás, el pelo indómito alisado, con reflejos de empavonada
armadura, la expresión melosa y capciosa, propia de su raza, en
el perfilado semblante cetrino y en las largas pupilas de sombra;
entreabierta la boca bermeja, donde rebrillaba el nácar húmedo de los
sanos dientes,--no le iba en zaga á ninguna de las bohemias seductoras
del romanticismo.
No encontrando á Silvio solo, sus cejas delgadas se fruncieron; mas ya
el artista se lanzaba hacia ella, porque al verla había sentido ciego
impulso de cólera, la animosidad que engendra un largo hastío--hastío,
en este caso, de pintor fatigado de reproducir un tema, que se
complicaba con náusea moral, indefinible; especie de desagravio
involuntario á la Ayamonte.
--¡Á ver!--gritó.--¡Si no quieres que avise á la delegación, ya me
estás devolviendo ahora mismo mi petaca!
Retrocedió atónita la Churumbela, ensanchando los ojazos.
--¿Qué dise, señorito? ¿La petaca?
--Tú te la has llevado. ¡Á devolverla! ¡Perdida, tuna!
--¡Señorito... que yo no he cogío semejante mardesía petaca! ¡Por la
gloria e mi madre y por las yagas de Cristo Santísimo! ¡Así me condene
y me jagan en los infiernos picaíllo menúo! ¡Así me saquen er corasón
con cuchillos afilaos! ¡Sinco años llevo de andar entre pintores; er
señorito Marín lo dirá, y á ver cuándo Bruna la Churumbela, como usté
me yama, ha tomao valor de un perriyo que no sá suyo! ¡Soy honrá,
señorito, más honrá pué ser que muchas señorasas que usté pinta!--Y el
mirar salvaje y encelado de la gitana se clavó en los retratos.
--¡Ó te callas, ó...!--rugió Silvio, avanzando con los puños cerrados
y los dientes prietos. Se interpuso, asustado, Cenizate; retrocedió la
egipcia, y desde la puerta, con respingo de sierpe pisada, se volvió
para vociferar:
--¡Soy honrá por sima e la luna! ¡Negro día aqué en que te conosí, para
que me quitases er sentío! Eso é lo que tú me has robao, y no yo á ti
la susia petaca, ¿entiendes? ¡Malos mengues te coman á ti y á eya, y á
mí por sé una probe esgraciá, que no viste sea ni carsa guantes! ¡Er
pago que me das, meresío lo tengo; y agur, y Jesucristo y la Virgen te
perdonen, esaborío, que m’as sortao güena puñalá!
Y anegada en descompuesto llanto, Churumbela huyó á tropezones, batió
la puerta exterior, haciendo retemblar las paredes de la casa. Desde la
escalera se la oyó sollozar aún. Cenizate miraba sonriendo á Silvio.
--¿Conque ésta?...
El artista hizo un gesto de fatiga y de desdén.
--Pues chico, hasta la fecha no se sabía... Solano y varios la han
apretado bastante, y ella, nada. Modelo, corriente; otra cosa, no señor.
--¡Bah!--murmuró incrédulo Silvio, á cuya furia sucedía la
postración.--Ello es que mi petaca... ¿En qué casa de empeños ó cueva
de ladrones parará? Llaman... ¡Si es una señora, te vas volando!
Media hora después Silvio despachaba su fiambre é inconfortable
almuerzo, y bebía precipitadamente otra taza de te. ¡Tilirirín! La
_governess_ de casa de Torquemada, guarnecida de dos niños. Silvio, con
el estómago helado, á pesar de la infusión caliente, corrió al taller,
retiró del caballete á la Ayamonte, y puso en su lugar el empezado y
ya delicioso esbozo de una cabecita morena bajo una lluvia de bucles
negros--la niña Celi. Roberto, el varoncito, protestó. La _governess_
le echó una peluca sobre el tema de la galantería.
--Las damas, primero.
Y mientras la miss arreglaba el traje blanco de Celi, Robertito se dió
á curiosear la mesa, atestada de revistas ilustradas, de libros con
grabados, revueltos con bujerías y cachivaches tentadores.
--_Pray you, Robert..._--refunfuñó la miss, volviéndose;--y como
Silvio, maquinalmente, se volviere también, vió algo que le dejó
un instante hecho piedra. ¡La miss recogía, de manos del niño, la
petaca oxidada, donde brillaba el monograma de rubíes, y avanzaba á
entregársela á su legítimo dueño!
--Su estuche á sigaros, señor... El niño lo puede estropiar...
Para una caricatura, la expresión de la inglesa viendo que Silvio se
echaba á la cabeza ambas manos, en desesperado ademán, al mismo tiempo
que exclamaba, guardándose la petaca:
--Perdone usted... No puedo dar sesión hoy... Diga al conde que, si
gusta, envíe mañana los chicos...
--¿Se siente malo?
--Sí, algo indispuesto.
Sin más explicaciones, zafándose de la miss y sus alumnos, Silvio
corrió al dormitorio, recogió abrigo y sombrero, lastró el bolsillo con
un puñado de duros, únicos fondos que en casa tenía, y saltando las
escaleras de dos en dos, cruzando la calleja, voló á tomar un coche de
punto en el puesto de la Red de San Luis, dando al cochero las señas de
una calle mísera, en barrio extraviado y pobre.
* * * * *
Aquella noche, ya un poco tarde, Minia Dumbría, que á solas descifraba
un nocturno de Saint Saens en un armonio chico y cansado, se encontró
sorprendida con la visita de Silvio.
--¿Por qué no ha venido á cenar?--preguntó la compositora.
--Porque tenía el estómago revuelto y estoy á magnesia, á migranina,
á drogas. ¡Ay!--exclamó impaciente, sentándose sin ceremonia en el
sofá.--¡Qué antipático es ese florero de Venecia sobre el fondo carmesí
del damasco! Y ¿por qué se pone usted esta bata á rayas violeta? La
sienta como un tiro.
Se echó á reir Minia, y consagró con indiferencia una ojeada al florero
y á su _deshabillé_ de seda listada, holgado y sin pretensiones.
--Verdad que la combinación es fatal. ¡Azul, carmesí, violeta! Pero
si usted no estuviese tan desesperado hoy, no le sobresaltarían
semejantes menudencias. ¿Qué ocurre? Desahogue... Ya sabe mi teoría:
todos se confiesan; sólo que usted, equivocándose, ha escogido confesor
lego... ¿Cierro la puerta? Así... Bien...
Tardaba el artista en romper á explicarse. Al fin estalló la bomba.
--¿Está en casa la baronesa?
--No; en el teatro.
--¿Volverá pronto?
--La última de Lara se acaba cerca de la una.
--Aguardaré hasta entonces... Necesito verla inmediatamente.
--Para recoger el depósito de dinero, ¿verdad?
--¡Cómo me conoce usted!--suspiró Silvio, tomando la diestra de su
interlocutora y estrujándola con angustia de náufrago.
--¡Sus manos están hechas carámbanos! Acérquese á la estufa... Mi madre
le soltará á usted una filípica tremenda, merecida; pero le entregará
al punto lo que le haga falta.--Tranquilícese. Salga ese embuchado...
--¡Embuchado! Los embuchados y las contrariedades importan un bledo,
señora, cuando aquí dentro (golpeo de esternón) hay ánimos, hay
serenidad, hay esa flema de usted...
--¡Mi flema!--repitió Minia, hablándose á sí propia.
--Hoy fué un día desastroso para mí, un día negro; para otro, quizá
fuese un día como los demás. Á mí, esta tarde, volviendo de mi
excursión á las Injurias, nada menos que al paseo de las Yeserías,
hasta se me ocurría... ¡qué barbaridad! una de esas humoradas que
leemos en la prensa, y que entrando por la boca se alojan en la masa
encefálica. ¿No le parece á usted que esto es grave?
--Siempre. ¡Esa idea revela desarreglos nerviosos, lesiones ya
profundas! Es propia de _degenerados superiores_, como usted. Sin
embargo, á pesar de la relación que existe entre la sensibilidad
peculiar de usted y tal impulso, las circunstancias...
--¡Naturalmente! Oiga usted. Introito: mi portera se larga á recados,
y me quedo abriendo: lo más aborrecible. Á todas éstas, me acomete uno
de mis jaquecones. Llega el bueno de Crivelo, y el demonio la enreda de
suerte que no puedo negarle un préstamo de 1.000 pesetas...
--¡Incorregible!--gritó Minia, condolida de la hemorragia provocada por
el certero tajo de sable.
--Bien, suprima los regaños: con la baronesa basta... En seguida echo
de menos la petaca de plata, regalo de la Sarbonet; se me antoja que
me la ha quitado la gitana típica que tanta gracia le hace á usted, la
Churumbela; se aparece en aquel momento llovida del cielo, y la harto
de improperios; me pongo hecho una hiena; la pego casi...
--¡Pobrecilla! ¿Y no era ella?
--Verá usted... ¡Aguarde, que estamos empezando! Para desengrasar,
Marín Cenizate (el adicto que me abruma con todo el peso de su
adhesión) se empeña en exponer dos de mis retratos en el Salón Amaré,
para dejar bizcos á mis envidiosos. Así dijo el muy simple: á mis
envidiosos.
--¿No los tiene usted?
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