La Quimera 28
Al tiempo de proponer á Clara la experiencia, Luz comenzó sus
preparativos. La dama, á pesar de su indiferentismo, se conmovió de
sorpresa al ver distintamente, al través de la pantalla, contraerse
y dilatarse la víscera con normal regularidad, que tenía mucho de
majestuosa.
--Padrino--murmuró,--¿no es raro que mi corazón funcione perfectamente?
¡Tantos martillazos como he recibido en él! Está visto que mi mal
no lo curas tú ni todos tus colegas... Pertenece al dominio de lo
desconocido...
Y con su hermosa voz de mujer apasionada, preguntó:
--¿Qué será lo desconocido, dime? ¿Te formas tú idea de lo que podrá
ser, después de tanto estudiar y tantas mecánicas?
Al formular la interrogación, Clara experimentaba una ansiedad
emocional, cuya razón sólo ella conocía. El enigma propuesto no era
sino consecuencia de los anhelos de su sér, deseo de romper ligaduras y
libertarse la cárcel de la vida. ¿Qué sigue al momento de la evasión?
Clara notó con sorpresa que había pensado en ello alguna vez, pero
nunca se había detenido hasta meditarlo. Cuando disponemos viaje á
tierra desconocida, nos enteramos con interés de las costumbres de
_allá_, de toda circunstancia. Clara notaba, atónita, que ni sospechaba
la geografía del país del misterio.
El Doctor respondió con su leve é indulgente ironía de científico:
--Para mí lo desconocido es... lo que todavía no hemos tenido tiempo de
estudiar. Lo desconocido de hace diez años, se llama ahora el telégrafo
sin hilos, el suero antidiftérico, los rayos X... Lo desconocido ahora,
tal vez se llame mañana con el nombre que yo le dé, si á fuerza de
trabajo consigo alzar otra puntita del velo...
Movió Clara la cabeza escépticamente. Aplicando la mano sobre aquel
corazón que acababa de ver latir, pensó que por muchos siglos que
girasen ensanchando los límites de lo conocido, algo allí dentro se
resistía á la explicación y al tratamiento de ciertos males por los
métodos de la ciencia. De pie aún ante la máquina, Clara sentía, en
vez de la admiración que esta clase de experimentos suelen producir
en quien los ve por vez primera, una reacción invencible de desdén, y
porfiaba, sonriendo con sonrisa de mártir.
--¡Lástima no haber nacido dentro de dos mil años! Entonces tú sabrías
curar á las enfermas como yo, que no presentan ninguna lesión cardíaca.
Luz apreció la significación de la frase. El menosprecio de aquel alma
lírica por las realidades científicas, lo había notado en más de una
ocasión, pero nunca tan glacial y total como ahora; y, sin poderlo
evitar, el Doctor pensó:--“Tiene razón, á fe mía. Dentro de mil años,
lo mismo que hoy, para lo que ella padece no se conocerá remedio. ¡Su
organismo, á pesar de las alteraciones del insomnio y la inapetencia,
no tiene brecha abierta; lo enfermo ahí es inaccesible...!”--Sin
dar repuesta, el Doctor, siguiendo el trabajo que pretendía hacer
recreativo, propuso á su ahijada la radiografía de la mano.
--Verás... Así la conservaré...
Extendió la dama su mano descolorida, de largos dedos, jaspeada en el
dorso con red de venillas azules, salpicada en el anular por la gota
cruenta de un rubí, y la colocó de plano sobre la tabla. Era una mano
enflaquecida y febril, y sólo con verla podía adivinarse un estado
anormal del espíritu. Ligera crispación nerviosa impedía á la mano
extenderse, y fué preciso que el Doctor la colocase, aplanándola, en la
posición debida.
Cinco minutos de quietud, el ligero picor de las descargas eléctricas,
hormigueo insignificante... Clara, inmóvil, absorta, escuchaba la
crepitación de la máquina, se absorbía en contemplar la gran ampolla
del tubo Crookes, semejante á enorme y translúcida agua marina, y
detrás la otra ampolla, de diseño más elegante, la de los rayos
catódicos, irisada de rosa sobre el verde suave, con cambiantes de
ópalo rico. Pasaron al tugurio en que el Doctor tenía los chirimbolos
fotográficos, á fin de revelar la placa. Sobreexcitada la fantasía de
la señora, se exaltó más en la obscuridad, combatida apenas por una
luz eléctrica de roja bombilla, que lanzaba reflejos de sangre sobre
el rostro enérgico y expresivo del Doctor. Éste, preparando la cubeta,
trataba de que la solución de hidroquinona bañase por igual la placa,
y los mechones argentinos de su pelo se incendiaban con resplandores
de hoguera. La habitación, reducida y atestada de trastos que se
vislumbraban apenas, sugería visiones de alquimia y de hechicería
medioeval. Tal vez del estado íntimo de Clara dependía su emoción ante
objetos triviales, que á plena luz sólo hablaban de cocina é industria.
Era la sensibilidad herida, la imaginación obsesionada.
Poco á poco, á los reiterados golpecitos de tableteo de la cubeta,
sobre la placa antes vacía comenzó á asomar una especie de nebulosa,
cuyos contornos fueron precisándose. Dibujóse, cada vez más
visiblemente, la marca terrible de una mano de esqueleto. Abierta como
estaba, desviado el pulgar, la mano tenía la actitud de un llamamiento,
de una seña imperiosa. Parecía decir: “Ven”. Clara, fascinada, miraba
fijamente, ávidamente, los huesecillos mondos y finos que acentuaban
su mística forma, esbozada antes, y los veía, sin nada que los uniese
en las falanges, exagerar su gótico y macabro diseño, que parecía
trasladado de algún viejo painel de retablo de catedral. Y siempre
la capciosa seña, el llamamiento insistente, persuasivo, hiriendo
las cuerdas de la oculta lira que Clara llevaba dentro y que sólo
esperaba el soplo de aire. “Mi propio esqueleto”--repetíase atónita
la señora.--“Así soy... ¿Dónde va la carne? No hay carne; la carne
se ha disuelto”.--Una asociación de representaciones, involuntaria,
fulgurante, presentó al lado de aquella mano seca la figura de otra
mano varonil, esqueletada también. En su alucinación, vió que las dos
manos, los dos haces de huesecillos áridos y obscuros, se buscaban y se
unían un momento, entrelazando y enclavijando sus grupos de flautines
de caña, y produciendo un sonido de choque de palillos, irónicamente
musical. Se soltaron por fin las dos manos de muerto, como asustadas
ó hartas de estrecharse, y los huesos sin trabazón rodaron esparcidos
por el tablero de la mesa, donde reprodujeron la sepulcral burlesca
musiquilla...
Á la claridad bermeja que continuaba iluminando sólo un punto del
mezquino aposento y concentrándose en la cara del Doctor, absorto en la
manipulación que realizaba, se apareció á la vizcondesa de Ayamonte lo
que basta para cambiar un alma, lo que impregna edades enteras de la
historia: la gran realidad de la muerte, única promesa infaliblemente
cumplida. Detrás se extendía el proceloso infinito...
Lo que Clara sintió en el espacio que tardó Luz en exclamar: “¡Ya
está!” fué como un vértigo; fué ese sacudimiento y temblor que los
gruesos y embotados de espíritu no comprenden, y que les produce
la admiración siempre algo incrédula del paleto ante refinamientos
extraños. Sin género de duda, para que se produzca tal fenómeno es
preciso que esté el alma ya trabajada, batida y macerada en nardo y
mirra. Lo que parece súbito, inesperado, es lógico y consecuente. Sin
embargo, el mismo interesado se engaña. Clara se figuró que una mujer
nueva nacía en ella; que por primera vez penetraba la significación de
una fantasmagoría hasta entonces indescifrable, fatigosa como todo lo
que carece de sentido, y sin embargo solicita la atención. “He vivido
ciega”, murmuró interiormente, estupefacta. No parecían posibles ni el
engaño, ni el desengaño. La sensación fué cual si hallándose en algún
recinto cerrado y donde escasease el aire, de ímpetu las paredes y
angosturas se desvaneciesen, penetrando un huracán vivaz, ardiente y
embriagador, y abriéndose á sus corrientes todo el sér. Aquel aliento
y aquel soplo la inmutaban, la llamaban á desconocida región; y en
tan decisiva hora, advertía el mismo transporte entusiasta que en la
ventana de Toledo, el mismo vibrar de alas invisibles colgadas de sus
hombros, la misma apetencia de espacio inmenso,--sólo que ahora se
reconocía segura de no caer, aunque de muy alto se lanzase.--De tal
engreimiento pasó (con la subitaneidad eléctrica que caracteriza á este
género de impresiones) á un anonadamiento profundo de arrepentida.
Sobre la cera en aquel punto blanda y caliente de su conciencia, se
imprimió el _ut cognobit_ de los corazones mudados, de las almas
plasmadas por la diestra del sumo Artista. Un terror sin límites la
salteó: el miedo de perder aquella disposición en que se encontraba
desde hacía pocos minutos. Su voluntad, íntegra, se tendió y lanzó
hacia lo que acababa de entrever. “No me abandones, espérame” dijo
sin palabras. “Sácame de mí, llévame á ti”. Su cuerpo y hasta su
inteligencia le parecían ser cosa ajena, carga que la sujetaba al mundo
material.
Experimentaba el ansia de acción que acompaña á ciertos trastornos
espirituales, y era su inquietud como de cierva á quien atravesó la
flecha enherbolada, á quien persiguen lebreles, y á quien aguija, más
que el susto, el ansia de llegar á la fría fuente escondida entre
peñascos. Se daba cuenta de que hacía mucho tiempo, quién sabe cuánto,
acaso desde la primera edad de su vida, había sufrido aquella punzada,
aquel prurito; que el fuego en que se había abrasado su corazón no era
sino sed del manantial oculto. Á su memoria acudió el recuerdo de una
de sus lecturas caprichosas, guardada allí como en depósito.
Uno de los profetas de Israel, que eran grandes poetas, escondió en
cierta ocasión el fuego del sacrificio; mientras lo celó, se convirtió
en agua; pero á la hora de sacrificar recobraba el sér de fuego. El
símbolo se hacía para Clara, en aquel instante decisivo de su vida,
transparente. ¡Cuando recogiese en su interior la profanada llama, se
convertiría en agua y la refrescaría!
Sus ojos volvieron á fijarse en el cliché, siguiendo la vulgar
operación química que practicaba el Doctor. La especie de alucinación
se había disipado; ya no veía otra mano monda y descarnada juntándose
con la suya en fúnebre caricia; la placa radiográfica estaba allí,
natural, semiconfusa. ¡Su propia mano, sus huesos, no cual llegarían á
estar en el ataúd, sino animados de vitalidad singular!
Y, resuelta, contestó á la seña de la mística mano sin carne:
--Voy...
El Doctor, en aquel punto mismo, levantaba la cabeza pronunciando:
--¡Cómo se ve que es mano de individuo bien alimentado, bien
constituído, y cómo se indica la raza en la delicadeza de ese dedo
meñique, una verdadera monería! Y no hay deformación ninguna, ni
señales de alteración reumática en las articulaciones. ¿Verdad que
poder fotografiar así los huesos tiene algo de milagro?
--Algo de milagro tiene--repitió Clara.
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