2015년 8월 24일 월요일

La Quimera 38

La Quimera 38


Quiero ir ligera, volandera.
 
Quiero vaciarme del todo, y dejar sitio á lo que va á nacer.
 
Arrancaré, limpiaré, despejaré, quemaré; con dolor, si es preciso; y
mejor si es con dolor profundo.
 
Hay que quitar lo que oprime; hay que arrojar de la nueva morada á los
duendes, á las sombras, á los muertos, á los espectros.
 
Duendes eran, y agitaban el aire.
 
Sombras eran, y arrastraban.
 
Muertos eran, y dolían, como el miembro cortado duele desde el
cementerio.
 
Espectros eran, y hacían gestos para remedar la vida.
 
Vida les prestaban mis apetitos.
 
Mis apetitos zumbaban, nube de irritadas avispas.
 
Quiero abejas.
 
Quiero mieles, para mi boca seca de amargura.
 
Atrás los remedadores de vida. Vuelvan á la muerte y á la nada.
 
Les sostenía mi flaqueza, mi gozo, mi esperanza, mi frenesí.
 
Y cuando resuelvo enviarles otra vez á su reino irónico de mentira,
oigo que el imperceptible murmullo musical forma acentos balbucientes,
palabras rotas, que reconstruyo y que se escriben en mí con tinta de
oro inflamado.
 
“Para gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
 
Desnuda tu espíritu:
hallarás quietud.
 
Apaga tu fuego:
llama muy bella y activa se alzará después.
 
Avanza en la obscuridad:
tienta con las manos:
si caes, levántate y prosigue.
 
Séate dulce que corra sangre de las rodillas despellejadas.
 
No tengas miedo.
 
En la obscuridad palpita y se estremece tu destino.
 
Te llaman, te llaman, te llaman desde las tinieblas amasadas con rayos
obscuros, como los que atravesaron tu carne y te mostraron tus huesos,
tu verdadera figura, la duradera.”
 
 
SEGUNDA MEDITACIÓN.--LA ESCALA
 
Desnudo está ya mi espíritu, y sigo andando, andando. Entre la compacta
negrura que me cerca, mis pies tropiezan con una escala; mis dedos se
agarran á los montantes de hierro, duros, polarmente fríos, y empiezo á
trepar.
 
¿Y si la escala no se apoyase en cosa alguna? ¿Y si bamboleándose
conmigo, me precipitase al abismo, donde corre el torrente?
 
Apenas lo pienso, trepida la escala, luego pavorosamente se balancea.
Oscila, oscila como un péndulo, y oigo el acompasado retemblar de una
campana al golpe del badajo--campana rota, que no suena y vibra.
 
Me rehago. Me resigno á caer. La escala no bambolea ya.
 
Sigo la ascensión. Peldaños, peldaños, la sensación de la enorme
altura. Vértigo y en las palmas hormigueo, que tienta á abrir la mano y
á soltar los montantes. La escala oscila otra vez.
 
Me rezuma de cada pelo una gotita glacial. La piel de mis manos se ha
quedado pegada al hierro raspón.
 
Y al dolor agudo noto mayor ansia de subir, de continuar, de engarzar
peldaño con peldaño y tormento con tormento.
 
Aún no estoy en la cima.
 
Subo, trepo, me arrastro; alzo el pecho á manera de serpiente pisoteada
y malherida.
 
Me detengo, porque se me va el sentido y la fuerza se acaba.
 
Y entonces advierto que he llegado.
 
¿Adónde? Se me figura estar al pie de un muro colosal, hecho de
tinieblas sólidas.
 
El muro tiene una puerta; la palpo y advierto la resistencia resonante
del bronce. Y en mí brota una voluntad de bronce también; pero
ardiente como el bronce cuando corre por canalejas, derretido, en la
fundición.
 
La voz tenue, balbuceadora, musical, me insinúa:
 
“La materia es limitada; pero no hay límite para ti.
 
Tú eres árbitra y entalladora y cinceladora de ti misma.
 
Elige.
 
Podrás degenerar en las cosas inferiores como los ciegos, y podrás
transformarte en las superiores y divinas.
 
Si cultivas tu cuerpo, crecerás como planta; si tus sentidos, te
revolcarás como bruto; si tu razón, serás como los hijos de los
hombres; si tu inteligencia pura, como los ángeles; y si volviendo á tu
centro te abismas en él, serás espíritu feliz.
 
Ni á murmurarte me atrevo lo que serás. Arcana es la palabra, arcano el
presentimiento.
 
Déjate morir, y en el mármol de tu cadáver entalla tu estatua nueva.
 
Así que tenga forma, un soplo de amor la animará.
 
Y sólo entonces, bajo el soplo amoroso, conocerás que has resucitado”.
 
Sin aliento y sin ánimo me dejé caer ante la puerta de bronce.
 
El amor es ponzoña de víboras, pensé, y mi corazón está hinchado y
negro porque no se recató de la mordedura.
 
Gangrenadas tengo las entrañas, y en mis venas corre el veneno de su
descomposición.
 
“¡He pecado, he pecado, he pecado!”
 
La puerta entonces, majestuosamente, giró sobre sus ejes sonoros.
 
La sentí abrirse de par en par, y el aire que conmovieron sus magnas
hojas me refrigeró, aliviando mi calentura.
 
La voz cantaba esta himnodia:
 
“Desde hoy ese corazón graso y pesado y que mordió el áspid va á serte
extraído, y en su lugar te pondré otro leve, transparente, de diamante
y llama; y con él amarás amores desconocidos, ternuras mozas, de aurora
y de primavera en floración.
 
Abierta está la puerta; crúzala. Descubre el pecho, te lo sajaré, y
verás cuán dulce es de recibir el corazón niño, cofre lleno de perlas
que rebosan”.
 
Y franqueé la puerta, y todo seguía siendo sombra, pero sombra
tibia, cruzada por soplos de brisa como la que viene de agitar ramas
de árboles bañadas de sol. Descubrí sin desconfianza mi pecho, y
sentí como si me arrancasen todo lo encerrado dentro de su caja y lo
arrojasen lejos de mí.
 
Y en vez de padecer desfallecimiento, mi respiración fué más tranquila
y mi cansancio se disipó y mis pies heridos se curaron.
 
Veía mi nuevo corazón como había visto el antiguo, al través de una
placa de cristal; pero éste no palpitaba: lo veía quieto, sin bullicio
de sangre, alumbrado por una lámpara inmóvil, muy pura.
 
Y me dejé caer al suelo, que era de pradería tapizada de flores. Mis
manos se hundieron en lo mullido y quedaron impregnadas de buen olor.
 
 
TERCERA MEDITACIÓN.--LAS LÁGRIMAS
 
Y lloré copiosamente, de alegría.
 
Según lloraba, decía muy alto, á fin de que me oyesen:
 
“Al quitarme mi corazón viejo, pesado y graso, debieran quitarme
también este cuerpo donde anidaron los áspides y sobre el cual pasaron
los fríos reptiles.
 
Quisiera perder estas manos y pies que los clavos no atravesaron, que
no se endurecieron ganando pan ni se helaron esperando á la puerta del
rico.
 
Quisiera un cuerpo transido, paralítico, acardenalado, ulcerado, de
nervios retorcidos por la enfermedad y maceradas y marchitas carnes.
 
¡Quién se viese en el rincón de un pórtico, envuelta en raída lana,
tendiendo la mano, recibiendo el escarnio ó la moneda!”
 
Y la voz de armonía susurró:
 
“Todavía los sentidos te obscurecen la llama de la lámpara interior.
 
Los clavos atravesarán tu espíritu, y el dolor será más agudo.
 
Los padecimientos y miserias de tu alma, peores que si atacasen tu envoltura mortal.

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