2015년 8월 24일 월요일

La Quimera 39

La Quimera 39



Has tendido la mano pidiendo socorro de bondad, y has sido despreciada,
y la escarcha de la noche ha envarado tus miembros.
 
Has palpitado de sufrimiento; en la tortura has gritado.
 
Has padecido injusticia, y has tocado con la mano la concupiscencia y
la bajeza y la dureza humana.
 
Y todo eso te ha macerado en mirra para resucitar de la sepultura”.
 
Bajé la frente y supliqué:
 
“Un deseo consume á mi nuevo corazón.
 
Quisiera saber dónde está el aroma, porque á mí misma no me puedo
sufrir; despido hedor.
 
¿Dónde se encuentra el nardo precioso?
 
¿El nardo espique, el nardo de Judea?
 
Mientras huela así mi vida pasada, creeré que estoy muerta y que soy
como el desventurado á quien he visto ayer corriendo á caballo. ¡Cosa
extraña, pues muerto está!
 
Dime si quieres tú que viva esta pobre mujer, ¡oh infinito, hacia quien
voy, pisando eso que tanto les envanece, eso de que se pagan, eso que
les pudre todas las flores, eso que llaman cordura!
 
Cuando tú, ¡oh infinito!, me saques del foso profundo, hagan de mí lo
que quieran aquellos que tienen forrado de grosura el corazón.
 
¡Ellos, del corazón, son ciegos y necios, aunque tienen los ojos claros!
 
Mi corazón ve; y porque ve, lloran mis ojos.
 
Lloran sin hincharse, lloran sin enrojecer, lloran invisibles lágrimas.
 
Me baño en un lago tranquilo, del país donde se llora callando.
 
Este lago de lágrimas y perlas no tiene orillas en cuanto mi vista
alcanza.
 
Y cuando pregunto quién ha vertido tanta lágrima, la voz me contesta
que son las lágrimas ocultas, que corrieron hacia dentro, que no
quisieron hacer barro, y que son más hermosas que las descaradas en
gritos y sollozos.
 
Porque las margaritas no se arrojan al camino para que las pisoteen
animales inmundos, y lo mejor del espíritu no se comunica en la plaza.
 
Y estas lágrimas secretas hierven al sol del infinito querer, y
abrasadas se vuelven fuego.
 
Como el vino, embriagan, y sostienen como la ambrosía.
 
Estas lágrimas son ruegos mudos; deseos, ansias, flechas rectas al
blanco; estas lágrimas ungen, ablandan, punzan, mueven y fuerzan.
 
Son la bebida que aduerme y son el rocío sobre la tierra seca, surcada
del escorpión.
 
Al caer ellas en lo árido, verdea y cría espiga.
 
Acrecienta, mujer, el lago maravilloso, baño de palomas, baño del
Serafín.
 
Cada lágrima te acerca á mí un paso; y según lloras, gemas irisadas por
luces de felicidad van recamando tus vestiduras nupciales”.
 
 
CUARTA MEDITACIÓN.--CANCIÓN DE BODAS
 
Apenas entré en el lago, cayóse mi vieja piel, mi piel de serpiente.
 
Angel me creía en mi orgullo, y serpiente era.
 
Mi nueva piel blanquea como el lino lavado y asoleado, y las lágrimas
adheridas á su superficie me visten enteramente de una túnica de gemas
finas, de oriente suave.
 
No merezco esta vestidura de fiesta real.
 
Ahora, el infinito se me aparece en su verdadera forma, que es amor, y
con su reverberación se enciende el caos y resplandece.
 
¡Cuánta iluminación!
 
Nace el amor, se ceba en la infinita hermosura, crece la llama, cobra
ímpetu irresistible; nada queda que no se transforme en él.
 
Ya está hecha la unión, atado el lazo.
 
Amor, no te conocía. Te buscaba entre muertos, y vivo estás.
 
Te confundí con sombras, y la luz es consubstancial contigo. Te
encerraba en mí, y ahora en mí no estoy yo; está el eterno amante.
 
¿Dónde me esconderé que no me roben este bien sumo? ¿Dónde celo esta
ventura, que no le hagan las brujas mal de ojo? Porque el mundo es
corrosivo al amor, y lo disuelve.
 
Si ven mi rica túnica de lágrimas emperladas, robarla querrán. Moverán
las cabezas los necios del corazón, y dirán sentenciosos: Enferma está,
trastornadas tiene las facultades.
 
Y á mi túnica nupcial pondrán asechanzas.
 
Mi hermosura ofenderá su vista.
 
Me ha dado el eterno amante un resplandor de rostro, un aderezo, que lo
ha vuelto más cándido que los jazmines; blancura de humilde fe. Me ha
puesto más colorada que el rubí espinelo; porque el calor del amor me
enciende y aviva mi esperanza.
 
Las caras de los que viven en el mundo me son odiosas; yo conmigo y con
el que se ha apiadado de mi larga pena.
 
Yo conmigo y con el que no miente ni revuelve en su boca engaño y
falacia.
 
Ya sin mí, pues he de darme tan por entero que no me quede ni sombra
mía.
 
Ni la que era soy, pues ya donde encovaba el dragón nace junco y
espadaña, y en el alma sin refrigerio de gracia brota la esperanza tan
verde.
 
No me conocerían los que saliesen á cerrarme el paso: he cambiado del
todo, y mi habla también. Me tendrán por extranjera, y ellos ya no
saben la senda por donde se va á mi morada.
 
¿Qué tenían tus otras esposas; dímelo, eterno y leal amigo á quien voy?
No más de un alma; un alma también.
 
Con la misma dote nos recibes, con igual ajuar.
 
Hiéreme á mí como á ellas las heriste, con llaga que no tiene cura.
 
Hiéreme hasta que salga de mí misma y me disuelva en ti y en tu regalo.
 
Hiéreme con la entrañable herida.
 
No me arañes la piel; hiere en lo central y hondo del alma, y quema y
haz cenizas cuanto no eres tú.
 
Si aún queda algo ajeno á ti, purifica con el cauterio ese residuo.
 
No he de ver sino tu faz, que es el sol.
 
No sufres tú que me reparta; no cabe ni lo más limpio si te quita un
átomo.
 
Ni el amor tolera reparto; que si no es todo, no es amor.
 
Y si permites que así te quiera, dame fuerzas para llevar el peso del
bien, á mí que soy débil y caigo rendida.
 
Si me levanto de noche y te busco y no te hallo, podré creer que tú
también me abandonaste.
 
Y no serviría que yo por ahí preguntase: “¿Habéis visto al que
deseo?” Porque la gente, divertida en pensamientos de vanidad, no me
entendería, que no sabe lo que es amor.
 
Tendrías que volverte y llamarme por mi nombre, con silbo de zagal á
oveja muerta de cansancio.
 
¿Qué es esto? ¿Mi nombre pronuncian?
 
¡No hay duda, mi nombre; la música deleitosa del nombre propio dicho
con acentos de amor!
 
“¡Clara! ¡Clara mía!
 
No te detengas, esposa: la tarde declina, brillan las hogueras en las
majadas.
 
No te detengas: el lobo se prepara á salir de su escondrijo.
 
No te detengas: yo aguardo en la linde del bosque, y mi casa está
enramada de rosas purpúreas, cuyas espinas te clavaré para que gimas de
dolor celeste.
 
¡No te detengas, apresúrate!”
 
* * * * *
 
La Ayamonte, que tenía la cabeza recostada en la diestra y el cuerpo
lánguido reclinado en la meridiana de raso gris, moteada de botoncitos
plata, se incorporó súbitamente, respiró con ansia y dijo casi en
alto: “Es hora. ¡Algún día había de ser, Dios mío! Tú sabes que esto es
lo único que me cuesta trabajo”.
 
Esparció la mirada alrededor. La habitación, puesta con coquetería, con
intimidad, con esa gracia viva que revela juventud, era una especie de
tocador-biblioteca; sus dos rasgadas vidrieras caían á la calle. Una
credencia dorada, de cajoncitos, sostenía Talaveras henchidos de rosas
y lilas blancas, acostumbrado regalo matinal del Doctor Luz. El sol de
Mayo, radioso, entrando por la ventana abierta, avivaba los tejuelos
de las encuadernaciones de los escogidos libros de poesía y mística,
alineados en estanterías bajas de madera de limonero. Un primoroso
retrato francés, de dama empolvada y profanamente descotada, sonreía
con iniciativo melindre, á plomo sobre la meridiana recargada de fofos
almohadones con espuma de encajes y hopitos de cinta: “la jaquequera”
según Micaela de Mendoza. Y en un ángulo de la estancia, descansando
en grácil estela alabastrina ornamentada de bronce á cincel, el grupo
delicadísimo de Psiquis y el amor se enlazaba, blanco y casto en medio
de su transporte. Los muebles, el decorado, sonreían, halagaban,

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