La Quimera 40
alejando toda idea de ascetismo. Nada menos ascético, más mundano que
el atavío de Clara. Aunque para salir á la calle la Ayamonte vestía
con lisura, sin picantes y especias de ultramoda, dentro de su casa
era refinada, y pendían en su ropero vaporosos _deshabillés_, y en sus
armarios se apilaba un ajuar exquisito, nivoso. En aquella mañana, el
crespón de China color rosa te de su _vatteau_ se plegaba incrustado
de rombos de amarillenta _guipure_ antigua, y calzaban sus estrechos
pies chapines de raso sobre medias de seda, transparentes de puro
caladas y sutiles. Sin saber por qué, al romper á andar, este detalle
de indumentaria fijó la atención de la ahijada del Doctor Luz. Se diría
que era la primera vez que notaba la extremada sutileza de sus medias.
Pensó: “El pie casi desnudo, el pie descalzo, puede decirse”. Y sonrió
de un modo involuntario.
Salió de su habitación, y por angosta escalerita de caracol, reluciente
de frotaje, de enterciopelada barandilla, bajó pronto al otro piso, á
las habitaciones del médico; atravesó la sala de confianza donde se
reunían de noche, y se detuvo un minuto antes de pegar con los nudillos
en la puerta del despacho. Su respiración se apresuraba, su garganta se
cerraba, y repetía para sí: “No hay remedio, no hay remedio”.
--¡Entra, Clara, criatura!--dijo la franca y simpática voz del Doctor.
--¿Estás solo?
--Ya no--respondió él cariñosamente, abriendo y haciendo los honores.
Sin conceder tiempo á ninguna zalamería, imperiosamente, la dama
exclamó:
--Da orden de que no recibes á nadie. Tengo que hablar contigo cosas
reservadas.
El Doctor se estremeció. Temblón de pulso, hirió el timbre y, al asomar
el criado, formuló la orden. Clara esperaba, flechada la voluntad,
procurando la calma de las conferencias supremas.
--¿De qué se trata?--preguntó con cierta dignidad Mariano. Su voz se
había quebrantado un poco, y su sangre refluía al corazón, en oleada de
angustia.
--Quiero que lo sepas antes que nadie, como es natural. Aunque soy
árbitra de mí misma y no es un consejo lo que vengo á pedirte,
padrino,--á ti sólo confiaré que voy á tomar estado...
--¿Estado?,--repitió él, sin comprender. ¿Qué novedad era aquella? ¿Se
habría arreglado lo de Silvio?
--Estado... Voy á retirarme á un convento.
El choque fué violentísimo. Luz brincó de sorpresa en el sillón, que
había recibido, en dilatadas horas de trabajo y quietud, la impronta de
su cuerpo. Sin embargo, algo parecido á lo que oía se le había venido
á las mientes en los últimos tiempos, y determinaciones más trágicas
había recelado. Formas del no ser temía para Clara: ésta, sólo como una
centella de extravagancia le había cruzado el cerebro. Le asombraría
quien le recordase que él mismo había enseñado á Clara la definitiva
verdad, la verdad mística por excelencia, en un experimento modernísimo
de laboratorio.
Sobresaltado, Luz despotricó como un demente.
--Vamos, ya te pescaron, ya hicieron presa en ti... ¡Tus frecuentes
salidas de esta temporada eran á la iglesia, y allí habrás tropezado
con algún cura ó fraile listo, con un intrigante!... La mujer es
materia dispuesta para tales cosas... Ea, sepamos el nombre del
embaucador; ese no desconoce la cuantía de tus rentas...
Fruncido el entrecejo, desdeñosos los labios, Clara pronunció con
lentitud categórica:
--No me crees tú capaz de mentir. ¡He ido á la iglesia espontáneamente,
porque... se me ha ocurrido; he resuelto lo que he resuelto, antes de
haber cruzado palabra con nadie acerca de... de estas cuestiones; me
he arrodillado en el confesonario ayer por... por primera vez, desde
hace años! Y _allí, allí_ mismo, no he dicho palabra de mis planes. Ya
quedas enterado, ya sabes tanto como yo.
Luz se cogió desesperadamente la cabeza entre las manos, silencioso.
Apoyaba los codos en el tablero de la mesa, atestada de papelotes y
libros, y su pelo revuelto, desbordándose de los dedos convulsos, que
se incrustaban en el cráneo, le daba semejanza con una figura plañidera
de titán aherrojado, vencido.
--Vamos, un poco de valor--murmuró Clara...--¡Yo te querré igual
desde... desde allá, padrino! ¡Sólo por ti sentiré dejar el mundo,
que ya sabes que vale... bien poco!--añadió con repentino alarde de
humorismo, llegándose al Doctor é intentando besarle en la frente,
cubierta por los mechones de la melena.--Luz se retrajo con una especie
de gemido, y al separarse los dedos, pudo ver Clara los ojos, á la vez
húmedos y ardientes, la cara desencajada de dolor.
--Imposible parece que tú...--murmuró; pero el Doctor, brusco y
enloquecido, la rechazó, haciendo un ademán insensato.
--¿Yo? ¡Sí, yo debo alabarte la ocurrencia! De ingratos estaremos
rodeados siempre; de ingratos, de sordos, de impíos. ¡Vete, vete!
¡Déjame abandonado, á mis años, con el recuerdo de penas muy crueles,
que no te he contado jamás! ¡Déjame, destrozado, al borde del camino, y
vete á cantar cánticos! ¡No tienes nada debajo del lado izquierdo del
pecho, ni me has querido en tu vida!
--Tranquilízate, padrino mío, por favor--repitió Clara dos ó tres
veces, como si aquella invitación á la tranquilidad se la dirigiese á
sí propia. Luz proseguía, desatado:
--¡Yo no he antepuesto nada á ti! Hasta mis aspiraciones á dejar mi
nombre unido á algún adelanto, me importaron menos que tu bien. ¡Ya ves
si te quiero! Todo por ti... ¿Tienes algo de que acusarme? ¿He mostrado
egoísmo nunca?
--¡Te estoy agradecida... infinitamente agradecida!... No me pesa
sino afligirte... Si no me has enseñado á conocer á Dios, padrino, ha
sido... porque creíste que no lo necesitaba. En eso te equivocaste,
pero sin mala intención. Cuanto pudiste y supiste, otro tanto me diste.
¡Mi... misma conversión es obra tuya!
Luz se levantó, echó atrás su melena leonina, y súbito envolvió á Clara
en los poderosos brazos, apretándola hasta sofocarla.
--Te digo que no te irás--balbuceaba, perdida del todo la serenidad
que su guerrera profesión y sus hábitos de labor científica le habían
infundido siempre.--¡Te digo que no te irás, que no te apartarás de
este viejo, que tengo el medio de que no te apartes! ¡Y no lo harás, no
me dejarás solo, aunque te hayas vuelto tigre! Clara, Clara... ¿Cómo no
lo has sospechado? ¿Cómo no lo has adivinado? No se trata de abandonar
en sus últimos años á tu padrino, á tu tutor... Soy tu padre. ¿Lo
oyes? ¡Soy tu padre! ¡Tu verdadero padre, el que te ha engendrado, á
quien debes el ser!
Ella no dió un grito ni trató en el primer instante de desenramarse
de los brazos... Dijérase que, sin saber aquella verdad atroz, la
cobijaba en la conciencia, y sentía que perturbaba el culto del
pasado, el sagrado culto de los muertos, el primitivo. Por algo
habíale sido indiferente siempre el recuerdo del padre presunto,
cuyo nombre tantos años llevó; por algo á la memoria materna había
dedicado no sé qué nostálgica ternura, más de compasión que de
veneración. Comprendía ahora la causa secreta de su especial manera de
sentir, de sus exaltaciones pasionales, incorporadas á la masa de la
sangre hereditariamente, desde las entrañas que la concibieron entre
remordimientos y temblores, en hurto y delirio; y tan hondo se le
había hincado ya á Clara el dardo de su nuevo espíritu, que su primer
pensamiento fué para el alma de su madre, impurificada, separada del
cuerpo antes de la expiación.--“Yo expiaré por ti...”--Y despacio,
sosegadamente, anegada en llanto, llorando la culpa ajena, se desvió
del médico.
Luz se engañó respecto al manantial de aquellas lágrimas y se precipitó
suplicante.
--¡Tu madre era muy buena! Mejor, mejor que cuantas mujeres he
conocido. Sólo respeto merecía; si alguien procedió mal, fuí yo. Es
decir... mal no procedió nadie... De esas cosas... Si me permites que
te refiera...
Clara hizo un ademán de infinita nobleza: extendió la mano y la apoyó
abierta sobre la boca anhelosa, barbuda. El padre la devoró á besos
ávidos.
--¡Ni palabra!... ¡Ni palabra! No soy yo quien ha de tomar cuentas, no
soy yo quien puede acusar ni excusar. Mi madre era más buena que yo;
sabes que no lo digo por hipócrita afán de rebajarme. Soy indigna de mi
madre y también de ese cariño tuyo. ¿Ves cómo el mundo no es mi puesto?
Perdóname. ¡Perdonémonos! Necesito ser perdonada.
Al hablar así la Ayamonte, pagó al autor de su vida el abrazo.
Aquellos dos seres, unidos por el más fuerte vínculo--una misma
carne, dos espíritus de esencia tan distinta,--permanecieron buen
trecho abrazados, enviándose calor de consuelo contra el frío de la
inevitable desgarradora escisión. Y cuando Clara, deshecha en suspiros
y en sollozos se desenraizó y traspuso el umbral, Luz no hizo nada
por detenerla. Se echó en el sillón de nuevo, idiota de estupor y de
espanto, pesaroso ya de haber dejado volar su secreto, ave sombría, por
la ventana de la boca.
* * * * *
Los primeros días que siguieron á la grave confidencia fueron de
tregua; de esos períodos en que el destino parece detener su paso
y dejar que nuestro existir corra indiferente. Ni Clara ni Mariano
Luz volvieron á referirse á lo hablado: lo evitaban como se evita
tocar á dolorosa llaga. Extremaban, en cambio, recíprocamente, las
consideraciones afectuosas, llegando á la exageración, síntoma peculiar
de ciertas situaciones difíciles; se diría que en archisensible balanza
pesaban las palabras y hasta los gestos, por no provocar conflictos.
Había dejo de tristeza y honda preocupación en dichos y hechos, pero
disimulado con atenciones, por parte de Luz, más que nunca amante; y
por parte de Clara, con respeto y significativa dulzura.
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