La Quimera 4
ESCENA V
BELEROFONTE, después la QUIMERA
_Belerofonte._--Un traqueteo horrible estremece la cueva. Ya se siente
cerca el ruido... ¡Qué bocanada ardiente! Me abrasa... Mi sangre se
incendia... ¡Ya asoma... Dioses! El cielo se obscurece... ¡Ah!
(_La Quimera se arroja sobre Belerofonte, que vacila, pero se rehace, é
introduce la espada por la boca del monstruo. Lucha breve. La Quimera
exhala un rugido pavoroso, de agonía._)
_Belerofonte._--¡La espada se derrite al ardor del hálito de la
Quimera! ¡El metal quema sus entrañas!
(_Cae la Quimera, expirante. Se retuerce y queda inmóvil._)
ESCENA VI
BELEROFONTE, MINERVA, CASANDRA
_Belerofonte._--¿Por qué he luchado con ella? ¿Por qué la he matado? He
corrido un riesgo espantoso, inaudito. ¿Quién me ha metido á mí en tal
empresa?
_Casandra._--¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo se me ha ocurrido dejar mi
palacio magnífico, mi lecho de marfil cubierto de tapices de plumón de
cisne? Ahora tengo frío, y las asperezas de la sierra me han lastimado
las plantas. ¡Cómo me duelen!
_Belerofonte._--Y en el palacio de Yobates quieren asesinarme vilmente,
á traición. ¡No seré yo quien vuelva allá! Desde aquí mismo me pongo en
salvo. (_Vase por la izquierda sin mirar á Casandra._)
_Casandra._--Ea, yo regreso á mis jardines. Allí me lavarán los pies
y me servirán leche y frutas. Me siento desfallecida de hambre.
¿Estaría loca, para no mandar que me esperase ahí cerca el carro,
cuyos caballos enjaezados de púrpura me trasladan de una parte á otra
tan velozmente? En fin, no habrá más remedio que andar á pie. ¡Es
divertido! (_Vase por la derecha._)
_Minerva_ (_ya sola_).--¡Gloria al héroe! ¡La Quimera ha muerto!
LA QUIMERA
I
ALBORADA
Los últimos tules desgarrados de la niebla habían sido barridos por
el sol: era de cristal la mañana. Algo de brisa: el hálito inquieto
de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda. En los
linderos, en la hierba tachonada de flores menudas, resaltaba aún
la malla refulgente del rocío. El seno arealense, inmenso, color de
turquesa á tales horas, ondeaba imperceptiblemente, estremecido al
retozo del aire. La playa se extendía, lisa, rubia, polvillada de
partículas brilladoras, cuadriculada á trechos por la telaraña sombría
de las redes puestas á secar, y festoneada al borde por maraña ligera
de algas. Á la parte de tierra la limitaba el parapeto granítico del
muelle, conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.
Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, recio, llevaba del ronzal
á un caballejo del país, peludo y flaco, á fin de bañarlo cuando el
agua está bien fría y tiene virtud. Volvió la cabeza sorprendido, al
oir que le hablaba alguien y ver que un señorito bajaba corriendo desde
el repecho de la carretera de Brigos hasta los peñascales, término del
playal.
--¡Rapaz! ¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adónde cae?
--Venga conmigo, se la enseñaré--contestó en dialecto el muchacho,
tirando del ronzal del jaco y volteando hacia el caserío, en dirección
á la plaza. Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las gallinas,
guió al forastero hasta la panadería, situada frente á la iglesia
parroquial. La puerta del humilde establecimiento estaba abierta. El
forastero echó mano al bolsillo y dió una peseta á su guía, que se
quedó atónito de gozo, apretando la moneda en el puño, temeroso quizás
de que le pidiesen la vuelta. Al ver que el forastero entraba en la
panadería sin acordarse más de él, besó la peseta arrebatadamente, la
escondió en el seno y partió disparado.
La tienda del panadero, estrecha, comunicaba con la cocina y el
horno; éste, con un salido á la corraliza. En la tienda no encontró
el forastero á nadie. Un olor vivo y sano á cocedura, á pan nuevo, le
alborotó violentamente el apetito. Una mujer todavía joven, sofocada y
arremangada de brazos, se le presentó, saludándole con un “felices días
nos dé Dios”.
--Muy felices, señora... ¿Está Rosendo?
--¿Qué le quería?
--Soy su primo Silvio, el que ha venido de Buenos Aires--contestó el
forastero.--Quería... nada; verle.
--¡Ay, Jesús!... Siéntese... Haga el favor de aguardar un instantito.
Y, exagerado por la emoción el acento cantarín y mimoso de la tierra,
gritó metiéndose adentro:
--Sendo... ¡ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom...!
Apareció el panadero, sudoroso, empolvado de harina, y no dijera nadie,
al pronto, sino que era el propio Silvio, ó un hermano gemelo. La
misma finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de menudo bigote
dorado, de tez blanca, de cara oval, de pelo alborotado, sedoso, rubio
ceniza. Mirándoles más despacio, se advertía que, bajo iguales máscaras
de carne, la cara verdadera, espiritual, era no sólo diferente:
opuestísima. Sendo, al reconocer á Silvio, se había parado, receloso de
lo desconocido; Silvio avanzaba con los brazos abiertos.
--Y luego... ¿Tú por aquí?...--murmuró el panadero con retraimiento y
precaución.
Silvio comprendió. Su sensibilidad sufrió un arañazo leve. ¡Pobre
primo! ¡Temía que viniesen á explotarle! Se apresuró á situarse en
terreno despejado.
--Sí, hombre... Vengo de Brigos, de casa de Moleque. Voy á Alborada...
--Vamos, ¿á las Torres?--asintió Sendo, tranquilizándose, con
entonación respetuosa. ¡Buena señal! Cuando Silvio iba á las Torres...
--Y como no quiero llegar allí sin haber almorzado, me daréis una taza
de caldo, ¿eh? y un poco de bolla fresca. Vengo á pie: estoy cansado.
Toma--añadió precipitadamente;--esto lo compré en América para tu
chiquilla mayor. ¿Dónde anda?
Era un dije de oro bajo, con rubíes falsos y perlitas. La panadera
exhaló un suspiro de admiración y placer.
--Están ella y los hermanos en el arenal á se divertir, los pobriños.
Mientras se cuece hay que espantarlos de aquí, que no dejan trabajar
á uno. Sólo tengo al de pecho; descansa como un santo en la cuna. ¿Lo
traigo?
--No--replicó Silvio.--Antes de irme los veré.
--Á ver luego el caldo, mujer--ordenó Sendo imperiosamente.
Salió la frescachona á trastear por la cocina, y sentáronse los dos
primos en la tienda, en sillas de paja desventradas y sucias. Hablaron.
Cada tres minutos les interrumpía un parroquiano, pidiendo un mollete
de á libra ó una rosca de trenza. Levantábase el panadero á despachar
y cobrar, y era lento en retraer el coloquio adonde lo cortaban; no
obstante, con habilidad y sorna aldeana, al fin lo conseguía. ¿Qué tal
le había ido á Silvio allá en esas tierras donde tanto dinero se gana?
¿Traería, de seguro, un capitalito?
--No...--y Silvio reía.--¡Aquí os figuráis que allá llueven billetes
de Banco! Allá también hay ricos y pobres... Yo no emigré por hacer
fortuna.
Viendo la sombra de preocupación que nublaba el gesto del primo, añadió
prontamente, con algo de nerviosidad:
--Al principio... ¡pch! me fué muy mal. Ahora ya ganaba para vivir. No
pido limosna. ¿Dices que al segundo hijo le pusisteis mi nombre? Ahí
tienes para comprarle dulces...
Tendió un billete de última fila, de á veinticinco. El panadero,
radiante, después de varios “no te molestes”, lo recogió. Así como así,
él iba á dar de almorzar á Silvio, ¡á obsequiar también! En una vuelta
se acercó á la cocina, y por lo bajo:
--María Pepa, mujer, si hubiese sardinas del pilo... Es loco por ellas.
Traerás un neto de vino tinto de lo mejor, ¿eh, mujer?
Serían las once cuando María Pepa dispuso la pitanza, en la mesa de
la cocina. Al ver sobre el mantel gordo y rugoso la fuente de barro
llena de sardinas asadas, plateadas y negruzcas, Silvio sintió que
se le henchía de saliva la boca. Su estómago flojo, estropeado por
privaciones y miserias en la primera edad, tenía súbitos antojos
de golosina, como los niños y los enfermos, y le encaprichaban
especialmente los platos ordinarios, los sencillos condumios
regionales. Se arrojó á las sardinas; ayudadas por la bolla caliente,
sabíanle á pura gloria. El vinillo del país, acidulado, hacía un
maridaje delicioso con la carne blanca, salada á granel, de los peces.
María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al primo devorar.
--Coma, coma, que le preste, ya que le gusta... ¡Mire qué afición le
llevan, Jesús!
--Dile á tu mujer que me hable de tú, y que se siente á almorzar con
nosotros--suplicó Silvio.
--Tiene cortedá--rió Sendo.--Como es la primer vez que te ve, hombre...
Ya almorzará ella luego, ende acabando de servirnos...
--Pero yo no me conformo. Es un favor que te pido. Que se siente. Anda, María Pepa; cuéntame de tus chiquillos. ¿Los crías tú?
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