2015년 8월 23일 일요일

La Quimera 5

La Quimera 5


--¿Y luego? ¿Quién me los ha criar?--exclamó la frescachona.
 
--Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra?
 
--Cuasimente, sí señor; uno cada año... no siendo el año que estuvo mi
esposo muy malísimo de calenturas.
 
--¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada ó criando?--preguntó
Silvio escanciando un vaso lleno á María Pepa.
 
--¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito... Los pobres...
 
--¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has dado unas sardinas, María Pepa,
que no las trocaría yo por ningún guiso de cocinero francés. Sendo,
tu mujer vale mucho. Me parece que sois felices y que os lleváis como
ángeles; ¿no es cierto?
 
--¡Ay! Eso sí, alabado Dios--respondió Sendo por su mujer, la cual,
avergonzada, se sofocó más.--Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo
á reñir tenemos! Como nunca falta qué hacer... Pero, y entonces
tú--porfió suavemente, con la insidiosa blandura del país,--¿no traes
de allá para vivir descuidado? Si yo me fuese _allá_ á amasar pan, algo
traería; puesto ya un hombre á pasar el charco, ¡caraina!
 
--Ya te dije que no iba en busca de cuartos--replicó Silvio, engolfado
en una escudilla de caldo de berzas y patatas con espeso de harina de
maíz.--¡Vaya un caldito! ¡Qué antojo tenía de él, así como lo hace
María Pepa!
 
Sendo miraba á su primo, no atreviéndose á preguntarle por qué se
embarca un hombre cuando no va en busca de cuartos.
 
--Algún día--sonrió Silvio, á quien la beatitud del estómago alegraba
el pensamiento--puede ser que tenga cuartos de sobra aunque no los
busque. Entonces os pido á mi ahijado, ¿eh?, y me le dais, y lo educo y
hago de él una persona.
 
--¿Y tus hijos? Te casarás--objetó Sendo prudentemente.
 
--No me casaré. Sólo me casaría con una como María Pepa, lo mismito.
Una que sepa hacer estos caldos--añadió.
 
--¡No se burle!--arrulló cantando María Pepa. Oyóse el llanto de una
criatura; corrió la madre al dormitorio, y un segundo después se
desabrochaba el justillo y acercaba al mamón á un seno gordo, tenso,
de venas azuladas. Silvio, ahito, dilatado de bienestar, contemplaba
el cuadro: la mujer, morena, sana y dorada como el pan, lactando á un
chicazo que pegaba manotadas á la teta y se volvía curioso, con la boca
untada de leche.
 
--¿Quién sabe si ésta es la felicidad?--pensaba.--Al menos, es la ley
de naturaleza.
 
Así que su crío se puso que no le cabía gota más, la madre, engreída
por la expresión de simpatía de los ojos de Silvio, le llegó el
pequeño á la cara mendigando la alabanza y el beso. El pequeño olía á
descuido y á lo que huelen los nidos de paloma. Silvio, perturbado en
su digestión y en su refinamiento, se hizo atrás. Instantáneamente se
le desvaneció la ilusión idílica, ese sueño que es el reverso de la
megalomanía; soñar con ser menos, recortando la aspiración, espejismo
de luchadores fatigados.
 
--¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino de Alborada, para que me
guíe?--articuló con sequedad impaciente.
 
--El nuestro, el mayor, puede ir--ofreció Sendo.
 
--No, no; prefiero otro. No va á volverse solo el niño.
 
--Deja pasar la fuerza del sol, hombre. Á tal hora, en Alborada estarán
almorzando.
 
* * * * *
 
Á una revuelta de la carretera empezó á emerger, de la ramazón tupida
del castañal, el alminar de las torres de Alborada. Poco á poco, la
mole del edificio entero: parecía ascender, todo blanco, de piedra
granítica; al mismo tiempo olores finos, azucarosos, de flores
cultivadas, avisaron á los sentidos de Silvio. Llamó á la campana
de la verja y esperó, bañándose en un ambiente saturado de esencia
de magnolia. Tardaron bastante en abrirle: los perros, á distancia,
presos, ladraban tenazmente.
 
Cuando entregó, para solicitar una entrevista con “la señora”, la carta
de presentación del doctor Moragas, notó despechado un encogimiento que
le enfriaba las manos y le enronquecía la voz. Con lúcida fidelidad
recordaba que en Marineda, antes de pensar en emigrar á la Argentina,
todavía adolescente, entre colegiales, había dibujado una caricatura
insultante de aquella mujer, en quien deseaba ahora encontrar eficaz
auxilio. Angustiado, volvió á ver el mugriento pupitre del colegio,
los trazos de lápiz sobre el papel; oyó las risas... ¿Dónde pararía la
caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre compositora? ¿Si le
recibiría con desdén ó con repulsa severísima?
 
La aprensión de Silvio creció al dejarle solo el criado en una sala
baja, amueblada de caoba y cretona, cubiertas las paredes de retratos
viejos, bituminosos. En un ángulo aparecía el piano, resguardado de
la humedad por una manta de seda rameada y entretelada. Los objetos
ejercían sobre Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el
instrumento confidente de la inspiración artística, le impresionaron.
Prestó oído: creía escuchar pasos, taconeo, roce de faldas, y repitió
en sus adentros: “Este es un momento muy solemne... Tal vez decide
de mi porvenir... Entran”. Entraba, sí, un singularísimo perrillo,
ladrando aguda y hostilmente; su extrañeza atrajo á Silvio, le
distrajo. El chucho parecía uno de esos asiáticos monstruos de bronce
que guardan las puertas de los santuarios japoneses. La idea de tomar
un apunte se apoderó de Silvio; y ya buscaba su lápiz y su diminuto
álbum, cuando, al volverse, vió á una dama que le saludaba y le ofrecía
asiento.
 
La reconoció. Apenas cambiada por los años transcurridos, era la
baronesa de Dumbría, madre de la compositora.
 
--Tal vez sea difícil, al menos en algún tiempo, que pueda usted
retratar á mi hija--declaró, leída la carta que servía de presentación
á Silvio.--Minia anda siempre escasísima de tiempo, y... además...
La verdad: tantos retratos le han hecho, y tan medianos todos... que
siente aversión hacia los retratos. En fin, vamos á ver... La diré...
Aguarde usted aquí.
 
Se alejó la baronesa. Silvio, entretanto, descorazonado, apuntó en dos
de sus actitudes extrañas al asiático vestiglo. Al cuarto de hora, otra
vez pasos, y la baronesa, expansiva, triunfante.
 
--Minia dice que aquí dispone de algunos ratos libres, y que si usted
tiene tanto empeño y cree que eso le puede ser útil, por su parte, con
mucho gusto... Pero es aquí, fíjese usted bien: en Madrid, Minia no
dispone un instante... ¿Á ver ese dibujo? ¿Es Taikun?
 
--¿Es japonés, señora?--preguntó á su vez Silvio, algo animado ya,
respirando mejor.
 
--Japonés... é inglés. Vino preñada su madre á bordo; parió en
Gibraltar... ¡Qué gracioso el dibujito! Y ¡qué aprisa!
 
El efímero elogio dilató más el pecho de Silvio; se colorearon un poco
sus mejillas mates, rasuradas de una barba leve.
 
--En ese caso, señora baronesa, ¿qué día y á qué hora he de volver para
la primera sesión? No molestaré mucho; á falta de otro mérito, tengo la
mano ligera...
 
--¿Volver? Se quedará usted aquí. ¿Había usted de estar haciendo viajes
á Marineda ó á Brigos? ¡No faltaba más! Voy á disponer que le preparen
habitación. Las Torres son bastante grandes... ¿Ha traído usted papel y
lápices? Caballete lo tenemos aquí.
 
--Proyectaba traerlo todo mañana de Brigos. Es mejor que me vaya, y
vuelva con los trastos; ¿no le parece á usted?
 
--Nada de eso. ¿Tiene usted el hormiguillo? Un propio á Brigos al
instante. La distancia es una bicoca. ¿No ha venido usted á pie?
 
--Pondré dos letras entonces, señora, ya que tan buenas son ustedes, á
la hija de mi tutor, Lucía Moleque, á fin de que entregue mi caja, mi
blusa, los rollos de papel...
 
--Eso es... Que le envíen lo preciso. Venga usted por aquí á mi
escritorio.... ¿Ha almorzado usted? ¿Quiere refrescar? ¿Cerveza?
 
El corto día de otoño expiraba cuando el propio regresó de Brigos.
Hasta las primeras horas de la tarde del siguiente, no se empezó el
retrato al pastel. Silvio, no obstante, no había perdido la noche
anterior. Á la luz artificial, sobre la maciza mesa de caoba de la
sala, había bocetado ligeramente, á la pluma, la cabeza vigorosa,
de incorrectas facciones, de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones
pueriles, jugó con la figura de la compositora, de la cual se
estaba apoderando en una caricatura humorística y respetuosa, de
extraordinaria semejanza. Diseñó también otra vez á Taikun, y á las
once, cuando se retiró á su cuarto, notó que se encontraba en Alborada
como si hubiese pasado allí la vida entera.
 
Los preparativos, la colocación del modelo, se discutieron á la
mesa, á la hora de almorzar. Era preciso graduar la luz por medio de
cortinajes; y al plantearse la cuestión del traje, Minia contestó que
no tenía en Alborada ningún cuerpo escotado.
 
--Lo improvisaremos--añadió.--De cualquier manera.
 
Sencillamente recogido el pelo, rodeados los hombros de una nube de
tul blanco sujeta con cintas anchas color de mar, _posó_ resignada la
compositora. Suponía que el retrato iba á salir desastroso.
 
Silvio disponía febrilmente sus lápices de pastelista ante el pliego de
papel grisáceo fijo en el tablero con doradas chinches. La prolongada
blusa de dril le daba semejanza con un obrero. Guiñó las pupilas,
frunció el ceño, contrajo la frente, registrando en el modelo con
avidez líneas y colores, y valiéndose de las yemas de los dedos mucho
más que de los lápices, principió sin delinear, aplicando ligeras
manchas. Dijérase que era la nebulosa de una cabeza y un busto lo que
nacía, vago y fino sobre el muerto fondo cenizoso.

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