2015년 8월 24일 월요일

La Quimera 41

La Quimera 41


Corrida una quincena, Mariano empezó á vislumbrar una chispa de
esperanza por el favorable cambio que creyó observar en las costumbres
de la convertida. Clara, á la verdad, tampoco antes había hecho
extremos de devoción, ni manifestado en severidades de traje y de
aspecto su estado de ánimo; pero ahora parecía haber vuelto por
completo á la zarabanda social. El Doctor, al espiarla, como espía,
hasta sin querer, la ansiedad del cariño, notó que se dejaba llevar
á reuniones, teatros y paseos por las alborotapueblos de Micaelita
y su fastuosa y divertida mamá, la de Mendoza; y la ilusión de
felicidad, tan agradecida al riego, que no desea otra cosa sino
lozanear, lozaneaba. “He temido--pensaba Luz--cosas peores, si
cabe, que la eterna separación en vida; he temido el suicidio...
y me equivoqué... Puede ser que tampoco sea esto otro..., á pesar
de habérmelo notificado. La vida se remedia á sí misma de un modo
insensible; se lame las cuchilladas y se las cura.” ¡La vida! El
médico tenía en ella fe inagotable. Á pesar de rudos embates, no había
podido perderla. Vencido tantas veces por el no sér--el sér, con sus
reacciones, sus energías, su potencia oculta ó triunfante, era el numen
del Doctor.--Otra razón le impulsaba á confiar en que la tempestad se
disiparía. Á pesar del amplia facultad de compresión que se desarrolla
en los sabios observadores, Luz no comprendía la resolución de
su hija: y al no comprenderla, no creía que se realizase. “Es el
sexo--repetía,--es la ley fisiológica... Es la curva de la calentura
del desengaño... Eso tiene su ciclo, su desarrollo fatal. ¡Monja!
¿Acaso persiste en tal idea una mujer como Clara? ¿Acaso se renuncia
así á todo? ¿Suceden ahora, en nuestra época, cosas sólo vistas en
libros devotos, en tallas de retablo?” Experimentaba la incredulidad
del hombre en plenitud de vida ante la idea de que la gente se muere, y
de que él también se ha de morir.
 
Le cegaba además la influencia que en su juicio ejercía la profesión.
Inteligentísimo y naturalmente bueno como era, no podía alcanzar,
sin embargo, más allá de lo que permitía la índole de sus serios,
útiles y circunscritos estudios. Era el límite forzoso, inevitable. El
sentimiento, en Luz, no alcanzaba la refinada complejidad que revestía
en su hija. Tocaba, manejaba, aliviaba males y miserias del cuerpo; el
dolor de lo infinito no sabía estudiarlo.
 
Siempre que se encontraba en presencia de ese dolor raro y sublime, lo
maldecía. ¡La madre de Clara--á quien había adorado con tal vehemencia
y exclusivismo--sentía ese dolor en forma de remordimiento y pesadumbre
de cada hora, un reconcomio que fué minando su salud y contribuyó
no poco á acelerar su prematura muerte! Recordaba el Doctor sus
infructuosos esfuerzos para sosegar la pobre alma aterrada, la pobre
conciencia estremecida, con un género de terror y de estremecimiento
que no se originaban de haber ofendido y engañado á ningún hombre,
de haber quebrantado ninguna ley humana, sino de haber olvidado
lo infinito, encenagándose en felicidades de arcilla. Ni entonces
ni ahora, cuando con tan patente atavismo reaparecía en la hija el
espíritu de la madre, dejaba Luz de atribuir el fenómeno á la materia,
menospreciada por las dos idealistas; á las leyes orgánicas que la
rigen y regulan. ¡El sexo! ¡La fisiología, fuerzas vitales, actividades
desconocidas de células! De este concepto de los fenómenos afectivos
que sufre la mujer, dimanaba el curioso criterio pedagógico que había
presidido á la educación de Clara. Al contrario de lo que se hace
con la mayoría de las muchachas, á quienes se inculca esmeradamente
el recato y la grave responsabilidad en que incurren al perderlo, á
quienes se enseña una religiosidad que los varones no practican,--á
Clara, como si la preservase de un contagio, la había aislado el Doctor
de tales influencias y prevenídola contra ellas.--Á ser posible, el
Doctor practicaría á Clara la extirpación de la conciencia religiosa y
moral, para evitarle la tortura del escrúpulo, la protesta del ideal,
el terror de la falta, la amargura espiritualista. Se vive mejor en las
regiones bajas, mullidas de vegetación, del puro instinto satisfecho,
que no clava su aguijón en el espíritu. “Instinto es lo que da guerra á
Clara--pensaba él;--pero instinto transformado, complicado. Cuando se
producen estas reacciones de religiosidad en la mujer, es que quiere
olvidar amor falleciente, ó combatir amor naciente. Pero si vuelve
al mundo, como está volviendo ella, es casi infalible que encuentre
derivativos y vaya á la normalidad.”
 
No era fácil que Luz se diese cuenta de su error. Las dos almas de
mujer (de las que más había adorado en el mundo), lejos de equivocarse
confundiendo la conciencia y la pasión, se equivocaron al entrar en los
infiernos pasionales, donde encontraron la maldita llama y los sabores
de ceniza de las manzanas del Mar Muerto. El Doctor, en el transporte
instintivo de su cariño, había pretendido inútilmente cerrar á Clara el
camino de la gran verdad. No necesita esta verdad, que es la esencia
misma de ciertos espíritus, que la inculquen ni la prediquen. Aparece,
se abre paso á despecho de todo, y un día campea entre las espinas y
las rosas, más alto que ellas, el tallo recto de azucena blanca. Ley
tan profunda y misteriosa como la que hace germinar el bulbo de esta
flor pura, se cumple al erguirse dentro la responsabilidad y la pena
de haber delinquido. De esta clase de afecciones, Luz nada sabía;
había procedido con Clara, por ternura y celo, como procedería su
enemigo mayor. Más allá de la ciencia, el arcano de un alma superior,
su exigencia insaciable, insatisfecha, se le escapaba al sabio en
la doctrina de curar y preservar el organismo. Pastor engañado, por
esconder á la querida cabritilla la montaña y sus alturas, la había
conducido entre matorrales pinchones y desgarradores, y ahora la veía,
sangrienta y jadeante, huir, huir. Invocando, sin saberlo, el auxilio
de los enemigos del alma, de las fuerzas secretas del pecado, que
actúan sobre la decaída humanidad, el Doctor fiaba en aquel _mundo_
donde veía agitarse á Clara otra vez, y en el cual los anhelos íntimos
se extinguen, las aspiraciones hondas se calman, el sentimiento es
objeto de ironía, y la vanidad, infladora de globos, lo llena todo con
su aire cálido.
 
* * * * *
 
No sin gran satisfacción supo que aquel diablillo de Micaelita, y el
torbellino de su madre, en quien el prurito agitante crecía con los
años, se habían apoderado de Clara y la zarandeaban más que nunca.
Volvían de pasar en Sevilla las ferias, y Adolfina se dedicaba á
pilotear en Madrid á varias extranjeras que había conocido allí,
amigas también de la duquesa de Flandes. Eran inglesas, elegantes y
excéntricas, curiosas, ilustradas y fútiles á la vez. Invitadas á una
comida de aparato en la Embajada Británica, se contó con Adolfina, y
para el _aprés dîner_, con Clara, que se presentó, por cierto, bien
prendida y más guapa que de costumbre, luciendo un traje primoroso
de raso fofo azul, golpeado y franjeado de bordados zafireños, envío
reciente de un maestro en costura. En aquel sarao, las extranjeras,
entre las cuales se contaba la renombrada lady Mortimer, contrajeron de
esas superficiales relaciones mundanas, basadas en gustos de _sport_
y en comezones de galanteo. Dos ó tres muchachos de la alta, que
empezaban á olfatear el automovilismo, entonces muy exótico en Madrid,
se ofrecieron para acompañar á las inglesitas en sus excursiones
al Escorial, Aranjuez, Avila, Toledo, Segovia, amén de castillos y
cazaderos donde las invitarían y agasajarían. Se preparaba un fin de
Mayo y un principio de Junio de diversión aristocrática, entre un grupo
escogido y contado.
 
--Figúrate--decía Clara al Doctor, que embelesado la escuchaba--cómo
estará de hueca Adolfina; hasta la fecha, no había conseguido ligar
enteramente con ciertos cotarros. Las inglesas le han echado un cable.
¡Ver á Micaelita entre Manolo Lanzafuerte, Julio Ambas Castillas, Lope
Donado y ese lindo atlético de Werlock, el secretario de la Embajada,
un Antinoo que las trae revueltas á todas! Te digo que Adolfina no cabe
en su pellejo.--Van á correrla por ahí. Para la primera correría, ¿no
sabes? estoy invitada.
 
Decíalo con un brillo de ojos y una expansión de sonrisa irradiadora,
que Luz tradujo por alegría orgullosa, placer de vanidad social
satisfecha.
 
--¿Adónde iréis?
 
--No está resuelto aún--contestó Clara.--Lo decidirán mañana; Adolfina
ha invitado á los expedicionarios á un almuerzo en Lhardy.
 
En el lujoso restaurant se trazó, en efecto, entre buche y buche de
_brut_ y bocado y bocado de _espuma_ de hígado graso, el programa de
la primer excursión, á la cual concurrirían, además del automóvil de
lady Mortimer, un magnífico Panard de Manolo Lanzafuerte, y el Mors de
Lope Donado, que se prestó solícito, al enterarse de que se contaba
con Clara Ayamonte. Donado, cuya fortuna tenía desportillos, rondaba á
Clara desde hacía tiempo, atraído por el caudal sano y jugoso y también
por la mujer, que se le había mostrado formal, quieta, reservada, en
grado humillante para sus pretensiones. La conquista de Clara, por lo
legal ó lo ilegal, era ya empeño, no sólo de interés, de amor propio.
Contaba con la libertad, el roce y las ocasiones del viaje.
 
La víspera de la expedición, Clara estuvo con el Doctor derretida
en cariño, cual si quisiese compensar los cortos días de ausencia
anunciados.
 
Esto á lo menos discurrió el padre, que con tal avidez recogía, desde
la decisiva conversación, los indicios del sentimiento que Clara
podía profesarle. Bebió,--lo mismo que se bebe el cordial que ha de
devolvernos fuerzas y en ellas la vida,--aquellos halagos dulces,
aquella humildad tierna y sumisa con que Clara le dirigía la palabra;
aquel afán pueril de no separarse ni un minuto de su lado, de apoyarse
en su hombro, de mirarse en sus ojos, de mimarle. Luz pagaba estas
demostraciones extremosamente. En su deseo de identificarse con Clara,
quiso que le enseñase el traje de camino, de masculina forma, el amplio
abrigo-saco color polvo, el sombrero de fieltro, donde gallardeaba un
pichón con las alas extendidas.
 
--¿Á qué pueblo, por fin?--preguntó.
 
--Creo que la Mortimer quiere empezar por Ávila--declaró ella con
velada voz.--Y oye: mucho sentiría tener que ponerte un telegrama
llamándote para componerme alguna fractura. Porque me enchiqueran en el
automóvil de Donado...
 
--¿Tu adorador?--preguntó Luz alegremente.
 
--Sí... El mismo.
 
--Te cuidará...
 
--Al contrario... Querrá lucirse como _chauffeur_, y nos
estrellaremos--murmuró Clara siguiendo la corriente de la broma.--Yo
tampoco soy muy prudente; me gusta llegar pronto, ¡mejor cuanto más
pronto! y seguramente le gritaré todo el tiempo á Donado: “aprisa,
aprisa...”
   

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