La Quimera 42
“¡Cuidado!”--suplicó.--Y Clara, silenciosamente, se desprendió
temblorosa de sus brazos, bajó la escalera balanceando el saquillo de
cuero en que había metido aprisa algunos billetes de á cien y una carta
de letra grande, muy española, de ancho timbre, de basto papel...
* * * * *
En el coche que lleva á la Ayamonte va también Micaelita, ebria de
alegría, de velocidad, de travesura y riesgo. Impelido por la presencia
de Clara, Donado aprieta, aprieta; propónese “dar chaquetilla” á los
otros dos autos, y sorprender á los compañeros con tener ya preparados,
cuando llegasen, alojamiento y refacción en Ávila. Julio Ambas
Castillas, fijándose por primera vez en que la chica de Mendoza es muy
salada, bromea con ella sin cesar; supone lances terribles, accidentes
fantásticos, un perro aplastado, un salto mortal, un choque con un
toro de puntas. Clara, lejos de asustarse, ríe, anima al _chauffeur_.
--¡Más velocidad! ¡Toda la que se pueda! ¡Toda!
--¡Qué barbiana está!--piensa Donado.--¡Debe de ser tremenda! ¡Fíese
usted! Verdad que en estos viajes es cuando se descubre á las personas.
Es, de seguro, una grande, insaciable y valerosa enamorada.
Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido lo propio que una
seda. Los carreteros y trajineros miraban atónitos al artilugio
trepidante, que respiraba con resuello de monstruo y que ni tiempo
les daba á enterarse de su hechura. Volaban; los grises poblados,
las casuchas aisladas que, como arenas de sal, granean los desiertos
de Castilla, las áridas llanuras, los chaparrales y robledos de
polvoriento verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas de
sangre viva por las amapolas, desaparecían apenas entrevistos, mientras
el aire torrencial se metía en los pulmones, sofocaba á fuerza de
impetuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la crestería azul de
la sierra se dibuja en dentelladuras más agudas, y sobre la inmensa,
ilimitada aridez del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los
gigantescos cantos, recordando desparramados proyectiles de una batalla
de titanes. Micaelita, un momento, se asusta de aquel ceñudo y sombrío
fondo.
--¡Parece una lámina del infierno de Gustavo Doré!
Ya están al pie de las murallas de Ávila. Seguros de haberse
adelantado, moderan el paso para entrar en la ciudad melancólica,
adormecida. Su llegada la alborota: la gente sale á las puertas para
ver el artilugio, vivo contraste con cuanto la ciudad representa.
Delante de la fonda se junta una piña de curiosos, de admiradores, de
mendigos, de viejas que columpian la cabeza, se santiguan, desaprueban
y rezongan, maldiciendo de inventos y novedades. Es el primer automóvil
que ha llegado á Ávila de los Caballeros, á Ávila de los ascetas y
los santos, á Ávila del éxtasis; y Donado, haciéndolo notar entre
chanzas, habla de banderas como las que los alpinistas suizos clavan en
ventisqueros inexplorados.
Cuando después se comentaron las mínimas particularidades de la
expedición, que, según lady Mortimer, había de ser para ella
inolvidable y digna de referirse en Inglaterra por su carácter
eminentemente pintoresco y emocional, español neto, fijáronse en la
circunstancia de que Clara, después de recluirse en su habitación
una media hora, para quitarse el polvo y arreglar traje y peinado,
descendió al comedor de la fonda, que está en la planta baja, y allí,
pacientemente, esperó la llegada de los demás expedicionarios. El
automóvil de Lanzafuerte quedaba atrás, no se sabe con qué avería. Pero
Clara vió bajarse del de la Mortimer á Adolfina, que venía hecha una
breva y transida de miedo, y la dijo en tono natural.
--Ahí arriba tienes á tu hija. Está aseándose. Te la he guardado bien.
Y, cambiando algunas frases de cortesía y cordialidad con las
extranjeras, subió otra vez á su cuarto. Minutos después bajaba
atusada, de abrigo, de sombrero, arrollado al cuello un boa de plumas.
Los compañeros de viaje, ó se embellecían recogidos en sus aposentos, ó
daban instrucciones á los mecánicos. Clara, en la primer calleja, tomó
de guía á un pilluelo, á quien cargó con su saco.
--¡Al convento de Carmelitas descalzas!
La presentación de la carta del Obispo á la Abadesa hizo que la tornera
franquease de par en par el portón, rechinante de vejez y herrumbre.
--Nuestra Madre está en el coro--dijo solícita.--Pase; en seguida
acaban.--Y las hojas de la puerta volvieron á cerrarse, la llave y los
cerrojos á asegurarlas, archivando el arcano de Clara, celando entre
sus valvas tristes y ásperas de ostra criadora la perla sentimental.
--“¡Clara, esposa mía! No te detengas: ya declina la tarde...”
* * * * *
(_Hojas del libro de memorias de Silvio Lago._)
_Junio._--...¡Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento.
Y lo hizo de un modo original. Formaba parte de la expedición de
automóviles--creo que la primera organizada aquí,--en obsequio á lady
Mortimer, inglesa muy _smart_, á quien voy á retratar por recomendación
de la Flandes, que empieza á lanzarme para mi futura campaña de
Londres.--Dicen que Clara iba animadísima, con traje de camino, velo
enorme y antiparras abultadas. Hasta aseguran que flirteaba con Donado,
en cuyo vehículo hizo el viaje.
Donado batió el record; Lanzafuerte se quedó detenido en una venta,
con averías, gracias que no en los huesos. Al llegar á Avila, término
de la expedición, Clara subió á arreglarse; apenas llegaron los otros
expedicionarios, salió sola y se fué disparada al convento de las
Carmelitas. Parece que á prevención llevaba una carta del Obispo
para la Superiora, y desde dentro escribió dos: una á su cuñada,
expedicionaria también, para que no extrañase; otra á su padrino,
despidiéndose. Por cierto que cuentan que está como loco el padrino.
Ahí había algo más que padrinazgo.
Á mí, no me ha escrito la romántica novicia.
Encuentro de buen gusto no hacer aspavientos antes de poner por obra
una determinación como esa; y me es simpático que Clara huya de las
Órdenes modernas, y no quiera ser de las monjas correnderas, que pisan
con zapatos gordos, á las cuales nos encontramos en el tranvía y en el
ferrocarril, y sabemos que cuidan á los viejos catarrosos ó se dedican
á moralizar á las criadas de servir, lo cual será muy santo, pero es
pedestre. No; la pálida Ayamonte necesita el ambiente contemplativo,
el misterio de las monjas reclusas, de huerto y coro. Su poesía lírica
reclama este fondo, en que tanto hay de arte. He de ir á Avila sólo
para mirar las tapias y las rejas del convento, donde, probablemente
por mi causa, vive dichosa una mujer.
¡Sí, señor; dichosa! ¿No tejemos la felicidad con el hilo de nuestros
sueños? ¿No es el mundo quien rompe y mancha el tejido? Clara, ahora,
libremente, extiende y goza la rica tela, que debe de parecerse á los
bordados góticos de las casullas de Toledo. (¡Los he visto anteayer!
¡Vaya unos bordaditos!)
Envidio á Clara. _Se ha realizado._--Por ahí no se habla de otra cosa.
La gente anda desorientada. Sospecha, olfatea; pero, en su egoísmo
superficial, no ahonda.
Sentiría, la verdad, encontrarme con el Doctor Luz.
De todos modos, ¿qué reproche, qué acusación podría dirigirme?
He procedido bien; he rehusado una fortuna que tentaría á muchos; y,
sin embargo, no estoy tranquilo.
Fuerte lazo nos une á aquellos que padecen por nosotros. Líbreme Dios
de tratar de ver al Doctor; acaso no vuelva á tropezarme con él en la
vida; y, sin embargo, él y Clara existirán para mí, con existencia
más real que la de personas á quienes todos los días hablaré. Un hilo
invisible, una corriente secreta va de mí á esos dos seres, en cuyo
destino he influído tan activamente. Por eso me empeño en creer que
Clara es feliz... en su convento, soñando.
* * * * *
Esto no es drama, sino pasillo de risa.
Estoy en el pináculo de la moda. El ahogado runrún relativo á Clara; el
probable encargo de Palacio; el retrato de la Flandes, son causa de que
se disputen la vez para posar las bellas. Las enemigas que tengo--la
Camargo y la Calatrava,--en honor de la verdad, no se han ensañado,
quizás porque el odio es una energía incompatible con las vanidades y
futilezas. Me llueven encargos; tengo que engañar, como las modistas.
Con exigencia inmediata se me presentó la condesa de Imperiales, y el
aplazamiento exaltó su antojo: su amor propio entró en juego. Porfió,
rogó, casi lloró; y yo, no sé explicar la causa, me aferré en no darla
turno hasta dentro de dos meses.
--Si no puede usted retratarme en seguida--suplicó ella entonces,--_por
lo menos_ véngase usted á almorzar conmigo mañana, en confianza
enteramente.
Como voy siendo (lo noto y no lo puedo remediar) algo fatuo, se me
figuró... Se hinchó más mi fatuidad, cuando vi que habíamos de almorzar
en _tête à tête_. La Imperiales estaba dislocada, nerviosa (eso lo nota
siempre quien no es lerdo); apenas comía, hablaba salteado, sufría
distracciones y me devoraba con los ojos, á hurtadillas. Es mujer
todavía guapa, morena, de tez limpia de artificios de tocador. Sobre su
labio, un dedo de bozo la hace vulgar. Sospecho que el bozo este, que
amenaza subirse á mayores con los años, ha tenido la culpa de que yo no
la quisiese retratar pronto.--Estaba vestida con alta coquetería, con
ciencia de lo que conviene á su tez: funda azul pálido muy incrustada
de encajes rojizos rebordados de perlitas, entre las cuales flojeaban
hilos de amortiguado oro. Dos pesados borlones bizantinos, de perlas
verdaderas, colgaban de los remates de su estola.
Confirmó mis suposiciones el estudio de este traje.--¿Qué fué cuando,
bebido el último sorbo de café, dada la última chupada al cigarro
turco, se levantó, me hizo seña de que la siguiese, y, atravesando
salones suntuosos, me condujo á un gabinete en figura de rotonda, con
cierre de cristales, que es una diminuta estufa llena de plantas raras?
¿Cuándo vi que cerraba la puerta y daba dos vueltas, firmemente, á la
llave? Por fortuna, no cometí la ligereza de corresponder á tan extraña
acción con hechos ni dichos, á mi parecer, adecuados. ¡Si lo hago, me
luzco!
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