La Quimera 43
Mal repuesto de tal sorpresa, empecé á presentar dificultades:
absolutamente no podía; me esperaban en mi taller á las tres y media;
me comprometía á volver pronto; daría á la Condesa, sin dilaciones,
hora en mi casa, pues tal era su empeño... Pero ella, colocándose
delante de la puerta en la actitud de la Valentina de _Hugonotes_,
abriendo los brazos, echando lumbre por unos ojos españoles todavía muy
flecheros, exclamó:
--¡De aquí no sale usted, así sean las cinco de la madrugada, mientras
no me haya retratado! ¡Que no sale, he dicho! Á menos que emplee la
fuerza... Á menos que me pegue...
La situación no era para tomada por lo trágico. Mejor reir. Ella
también reía, con enervante risa, que la obligó á sentarse, á secarse
los húmedos ojos. No aproveché el momento para hacer girar la llave y
zafarme del compromiso. Decidido, me instalé ante el caballete, busqué
la mejor luz, preparé los trastos. En la vida hice retrato con más
facilidad, ni encajé tan á gusto, desde los primeros toques de color,
la figura. La Imperiales, extasiada, repetía:
--No se preocupe porque hayan ido al taller y no le hayan encontrado.
¡Mejor! Volverán más entusiasmadas al día siguiente. Las mujeres
somos así. Yo, si usted me concede el retrato cuando fuí á pedírselo,
¡pchs!, ni me da frío ni calor... Desde que me lo aplazó hasta sabe
Dios cuándo, le aseguro que me entró una especie de manía, un afán tan
desmedido, que si no lo consigo creo que caigo enferma. No he sentido
nunca, en los días de mi vida, en _ningún caso_, emoción como al
prepararle esta encerrona... Fíjese: los peluqueros y los modistos más
insolentes son los que más partido tienen y más caro cobran. ¡Hágase
desear! ¡Remóntese!... ¡Sea inaccesible... ahora que yo logré mi
capricho!
* * * * *
Tenía razón la antojadiza. Cuanto más impertinencia, mayor prestigio.
Lo malo es mi pícara condición, mi incapacidad de ahorrar, por lo cual
tengo que admitir trabajos que no me dan tono. No puedo, como ciertos
modistos, escoger la parroquia. Ayer retraté (detestablemente) á una
chamarilera, á quien debo aún mi Madona estofada y dorada. El retrato
irá por la antigualla, y en paz. En la escalera se habrán cruzado
la anticuaria, que bajaba los peldaños, y una cliente excepcional,
embutida en el ascensor. Me la había anunciado la Flandes, que la trata
mucho; y en casas remontadas he oído comentar su próxima venida á
Madrid. Es del número de las aves de paso, de primavera. Ahora procede
de Sevilla; á Sevilla se vino desde París, donde reside.
Tiene aquí amigos de los más encumbrados esta María de la Espina
Porcel--Espinita, familiarmente. Es andaluza por parte de padre,
mejicana por parte de madre, parisiense por residencia habitual y
gustos; yo la llamo “la cosmopolita”. Me anuncia su presencia un
ruge-ruge de sedería, de volantes picados y escarolados, un taconeo
atrevido y menudo, un golpeteo de contera de sombrilla larga sobre
el entarimado del pasillo, y comparo esta entrada bulliciosa con la
majestuosa de la Flandes, y la bocanada de jaquecoso perfume, compuesto
de varias esencias, que penetra al mismo tiempo que Espina, al olor
discreto de violetas, apenas perceptible, que la rica hembra exhalaba
á cada movimiento de su señorial persona. No puede ser más vivo el
contraste entre estos dos recuerdos.
Espina, desde el mismo punto en que se me aparece, es una revelación.
Se diferencia de cuantas señoras he retratado en América y en
España; es la mujer de una civilización avanzada, refinada y disuelta
ó ¿descompuesta? en la decadencia artística. Sobre un plantío de
garbanzos, Espina surge como una de las más raras orquídeas que se
cultivan en las estufas calientes. Muchas veces me he dicho en mis
soliloquios:--“¿Cuándo me veré lejos del garbanzal?”
El garbanzal es Madrid. La estufa, París. París, simbolizado por
Espina, acaba de metérseme en el estudio.--De fijo las madamas que
antes he retratado visten en París igualmente; sus corsés, sus zapatos,
su ropa interior, sus postizos, de París procederán; sin embargo, no
son así, no son como Espinita... Al cambiar con ella las primeras
frases de acogida y saludo, me ocurre que si mis pasteles pudiesen
hacerse carne viva, carne sin músculos, sin venas, sin hueso, con
nervios solamente--una carne artificial,--encarnarían en esta mujer.
Percibo en ella, bajo su estilo ultramodernista y decadente, elementos
de la mentira estética de otras edades. Sonríe como un Boucher y pliega
como un Vatteau.
El efecto que me produce no se le escapa. Descifra mi contemplación
y la interpreta como suele interpretar la vanidad del sexo. Crece su
aplomo.
--¿Vengo á mala hora? ¿Espera usted modelo? ¿Tiene dada sesión?
¡Sí que la tengo dada! En mi _carnet_ figuran los chicos de Jadraque,
la señora del Ministro de Estado, ¡la propia Lina Moros! Y contesto
apresuradamente:
--No importa. Ya lo arreglaremos.
No me da las gracias. Sin duda halla natural que por ella quede mal con
todo el mundo.
--Haremos--la propongo--un ensayo, un boceto, y me lo guardaré yo para
mí; luego otro, destinado á usted; y si no la agradase, cuantos desee.
¡Si lo sabe la baronesa de Dumbría, que me echa una filípica siempre
que retrato gratis á alguna de estas “estrellas con rabo”!
Espina indica mohines, reverencias--entre burla y gratitud.
--Amabilísimo... ¿Empezamos?
Se instala frente á mí, en un sillón Luis XVI, forrado con tela
de desvaídos tonos amarillo y violeta. Emprende la operación de
descalzarse los guantes. Son de esos guantes largos y flexibles que
no tienen botones, que guantean dejando á la mano y al brazo soltura,
acusando hasta las uñitas. La contemplo. Me acuerdo de Lina, y comparo.
Ésta no es un tipo de belleza; sus líneas no evocan reminiscencias
clásicas. Hasta diré que carece de líneas. La línea, en ella, es algo
tan flexible y muelle como ese guante de tonos neutros, de corte
facticiamente elegante, distinto del de la verdadera mano.
Mientras preparo los chirimbolos, Espina, con sazonada y picante
menestra de frases, con indiscreciones y reticencias divertidas, va
rompiendo el hielo. Listo como soy para entender á media insinuación,
la calo; creo reconocer en ella á la criatura amasada de vanidad y
antojos, pero infalible en estética femenil. La veo anestesiada para
el sentimiento; y con histérica sensibilidad para el refinamiento del
lujo delicado, del arte de vivir exaltadamente, agotando el goce. Sus
ojos de color de aventurina, de contraída pupila, no sabrán llorar,
pero ¡mejor! Me detallan implacables; me miran como la fierecilla á
la presa. ¡Mejor, mejor! Desmenuzan mi taller, y en él lo encuentran
todo tan feo, tan menesteroso, tan ordinario. ¡Mejor! Así me afinaré yo
también. Miradme, ojos perpetuamente exigentes y descontentos.
No es un traje, unos guantes, una armonía de exterioridades, lo que
se me impone en mi nueva parroquiana. Es el espíritu de desencanto,
de inquietud, de desprecio, de insaciabilidad,--es el ideal maldito
que supongo en ella. Trajes, galas... se las planta cualquiera; la
superioridad no está en vestir como se viste en las decadencias, á lo
bizantino y á lo arcángel; está en tener el alma, ávida y exhausta á
la vez, que las decadencias, forman. ¡Gracias á Dios! Una mujer que me
divierte.--Con Espina no sentiré los accesos del mal del retratista, el
aburrimiento de la sesión.--Cada palabra, cada ademán, me irrita, me
conmueve, me produce un sentimiento no previsto.
* * * * *
Vuelve al día siguiente. Es cosa convenida que se despedirá á todo el
mundo, con una sola excepción: el marqués de Solar de Fierro, á quien
la propia Espina ha citado aquí.
Este señor, versadísimo en antigüedades, ha venido ya á mi taller dos
ó tres veces cuando retraté á su nietecillo, prodigio de belleza.
Pero ha de saberse que el abuelo es casi más guapo que el chiquillo.
Con su cutis marfileño y rosado, de vitela ligeramente tocada de
miniatura; con su plateada trova, enrollada alrededor de un rostro
oval, sereno, esclarecido por ojos azules, limpios como los de los
niños; con su facciones de una precisión gótica, exquisita, de San
Juan de retablo, es el marqués de Solar de Fierro otro objeto de arte,
al cual el paso del tiempo ha comunicado esa gracia de distinción que
nunca lo contemporáneo tiene. Viste el marqués con románticos dejos,
del romanticismo extranjerizado, atildado, culto, intelectual, estilo
Madrazo. Posee colecciones importantes y afamadas, y en las casas de
anticuarios se lo encuentra uno siempre: son las únicas _matinées_ á
que concurre; se sienta en las pacíficas trastiendas, en sillones de
cuero sobado, y allí, tertuliando con los demás, aquejados de igual
manía, charla de adquisiciones recientes, de falsificaciones, de
descubrimientos inauditos en algún poblachón, de soberanos chascos á
los inteligentes,--las solas historias que les interesan.--Todo entre
el brasero y el gato, en calles angostas del viejo Madrid. No conozco
nada más garbancero que las reuniones de casas de anticuarios.
La amistad del marqués con Espina, de este arcaizante con esta
modernista, nadie sabe de cuándo procede, y sobre su origen hay varias
versiones. Unos dicen que el marqués, antaño muy tenorio por lo fino,
se entendió con la madre de Espina; otros, que Porcel, padre de Espina,
sacó al marqués de graves apuros económicos. Lo cierto es que apenas
llega Espina á Madrid, el marqués prescinde de sus tertulias de gato y
brasero, se lanza al mundo, acepta invitaciones, se olvida del reúma y
demás alifafes, y sale hecho un cadete. Verdad que las apariciones de
Espina coinciden con la primavera.
Solos todavía la cosmopolita y yo, trabajo en adelantar el estudio
de la cabeza. Es el primer retrato, el que proyecté boceto, y está
saliendo con todos los requisitos. Espina viste traje de calle,
sencillo, gris: no consiento que deje de sombrear el áureo pelo la
enorme ala del sombrero, de negro tul rizado. Guiñando los párpados,
recogiéndome, la examino bien, me impregno de su forma y de su color.
¿En qué consiste su encanto?
¡Su cara, su cuerpo, pchs! Sus ojos avellana, en que parecen hormiguear
puntilleos de oro, ni son grandes ni dulces. Su nariz respinga,
delatando algún plebeyo atavismo. Su boca ya sonríe juguetona, ya
señala un pliegue de tedio desdeñoso. Su pelo de luz no lo debe á
la naturaleza, sino al peluquero, á botecitos de aguas y mudas.
Afeite debe de ser también lo que presta á sus mejillas, hundidas
댓글 없음:
댓글 쓰기