2015년 8월 24일 월요일

La Quimera 44

La Quimera 44


Las damas de Madrid llaman vestir bien á encargarse ropa cara y
enfundarse en ella. Desde que he visto á Espina, se me descubre la
mujer moderna, la Eva inspiradora de infinitas direcciones artísticas,
agudamente contemporáneas.
 
En un descanso que ella misma reclama, saca de su escarcela de piel
ceniza, toda cuajada de capitolinos de rubí claro y diamantes menudos,
una petaca y una fosforera de oro verde, decoradas con lirios de
esmalte, primoroso modelo artístico. Pido las joyas para admirarlas y
apreciar de cerca el lujo intensivo y exasperado de la cosmopolita.
Hasta los cigarros son especiales: según me dice, se los fabrican en
Egipto expresamente. Enciende uno y me lo presenta. Fumamos, risueños,
libres por un instante del trabajo y de la _pose_.
 
La cachorra danesa, que dormía en un rebujo de tela antigua, sobre
un almohadón roto, despierta en aquel punto, y se acerca, entre
desperezos de á cuarta y ladridillos de queja mimosa, esos lamentos
histriónicos de los animales privados, cuando no se les hace caso á
ellos exclusivamente. Echa la boca á la niebla que envuelve los pies de
Espina, y empieza, á mordiscos y tirones, á destrozarla. Me precipito,
cojo en brazos al animal, le doy un coscorrón.
 
--¿Qué haces, bobita?--exclamo.
 
--¿Es hembra?
 
--Por desgracia.
 
--¿Cómo se llama?
 
--No está bautizada aún.
 
Espina brincó del asiento.
 
--Ahora mismo la vamos á bautizar.
 
Y batiendo palmas de alegría, llamó á mi criado, le dió órdenes
reservadas; yo, naturalmente, las adiviné. No me sorprendió ni pizca
ver entrar un cuarto de hora después al muchacho, portador de una
botella con cápsula dorada, y de dos copas anchas, sobre delgado tallo
de cristal.
 
No fué fácil la tarea del descorchado; faltaba cortaalambres y
tirabuzón; nos divertimos con las dificultades, como chiquillos. Al fin
el corcho saltó, hecho un rehilete, y fué á pegar en la misma nariz del
retrato de Lina Moros--el famoso retrato vestido de terciopelo _miroir_
amarillo.--Las carcajadas de Espina redoblaron, incoercibles.
 
--¡Estropeada la obra maestra!--gritó triunfante. ¡La gran obra
maestra! ¿Y si la bautizásemos también?
 
Según lo dijo, así lo hizo. Tomó la copa de Champagne, colmada, y
en pleno la arrojó á la faz morena, al escote mórbido, á los ojos
negros de la beldad. Me sentí trepidar de rabia; pero una mezcla de
encontrados movimientos del alma me paralizó. Mi impulsión era tan
brutal--como que se reducía á pegarle una bofetada á la señora,--que
su misma violencia sirvió para contenerme. La noción relampagueante
de las consecuencias de un acto tremendo impide realizarlo. Muchos
crímenes morirán así en capullo.--Casi instantáneamente, la reacción
fué encontrar “chic” la enormidad descortés. ¿Qué, después de todo?
Rivalidades de mujeres; envidias... ¿Quién sabe si algo más?
 
--Es un experimento que hice--dijo acercándose á mí y presentándome la
copa llena de nuevo.--Se corre que está usted enamorado de Lina. Si
fuese cierto, me hubiese usted matado.
 
Y, sirviéndose en la otra copa, mojó en ella los labios ligeramente,
hizo un gesto donoso para indicar que la marca era detestable, y
tomando en brazos á la cachorra, derramó por su cabeza y sus sedosas
orejitas un chorro líquido. El animal, al llegarle el vino espumoso y
azucarado al hocico, se estremeció primero y se relamió después.
 
--¿Y el nombre?--pregunté subyugado.
 
--Bobita. Así la llamó usted antes... Bobita _for ever_.
 
* * * * *
 
Había terminado la ceremonia cuando entró el marqués de Solar de
Fierro. La vista del retrato de Lina, churreteado, perdido, le hizo
exclamar:
 
--¡Válgame Dios! ¡Buena ha quedado la reina de las hermosas!
 
--¿Quién la puso tal mote?--interrogó sardónicamente Espina.
 
--Mucha gente. Y nuestro joven artista ha consagrado su fama,
retratándola seis ú ocho veces, por el gusto de estudiar á un modelo
así.
 
--No han sido sino cuatro veces--protesté,--y otras tantas he retratado
á Minia Dumbría, que no es ninguna belleza.
 
--Y á mí, ¿cuántas me va usted á retratar?--preguntó Espina.
 
Rendido, murmuré:
 
--Las que usted quiera.
 
--¡Bah! Puede usted comprometerse. No tengo yo tanta paciencia para
la sesión como la reina de las hermosas. ¿Cuatro pastelitos? ¡Eso,
al repostero! ¡Estúdieme usted primero, ya que se le antoja; luego
retráteme en serio una vez, si puede, y luego... frrrtttt! Aquí, por lo
visto, á la gente la sobra tiempo. En París vivimos más aprisa.
 
Sin duda con objeto de poner paces, el marqués nos propuso que fuésemos
á almorzar á su casa. Vive solo; tiene buena cocinera, criado antiguo,
ama de llaves, una grave dueña que pisa tácito. Aceptamos. El coche de
Espina aguardaba á la puerta; nos llevó.
 
Teníamos un apetito estimulado por la novedad del convite. Fué
escogida, discreta la minuta. El servidor es viejo, rasurado, de
facha sacristanesca, y la dueña tiene una cara de luna, tranquila,
monástica. El comedor luce dos grandes lienzos de cacería de jabalíes,
atribuidos á Pablo de Vos, con alanos despanzurrados y fondos intensos,
jugosos, de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero esos pocos,
según me explica Solar, se cuentan entre los rarísimos, hispanoárabes
auténticos, por los cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre
todo, el _Triunfo del Ave María_, me enamora con su reflejo desdorado
y moribundo, de poniente, y la gracilidad de su lema gótico. Espina
señala con la conterita de la sombrilla al magnífico ejemplar.
 
--¡Dicen que eso vale tanto! Á mí me gustan más los cacharros que
fabrican ahora en Dinamarca y Suecia. ¡Son unas porcelanas lindísimas,
con cambiantes como de nácar, y tan originales! Algo de poético, ¿eh?
El plato antiguo español recuerda la escudilla. Basto, basto.
 
¡La que se armó! Creí que excomulgaba Solar de Fierro á la modernista.
Se enzarzaron. Espina no se achicó; sostuvo su criterio con intrepidez.
Todo es ahora, según ella, doble de bonito que en los tiempos de la
nana. Lo antiguo tiene mérito... sólo porque se les antoja dárselo
á cuatro señores. ¡En fin, con Luis XV y XVI transigía; pero nada
más! Por ejemplo... ¡vaya una decoración para comedor, esos perros
destripados y esas fuentes de barro tosco! ¡Diéranle á ella plata
cincelada inglesa, porcelana delicadísima de Sévres ó de Wegdwood,
_terra cottas_ de las que se ven en los escaparates de París;
estatuillas de alabastro y jade incrustadas de pedrería, ninfas de
_pâte tendre_ danzando en rueda sobre el blanco mantel, muebles de una
sencillez refinada, de unas hechuras cómodas, y retratos al pastel,
elegantes, deliciosos!--El marqués, por último, apeló á mí.
 
--Yo, ni con usted, ni con usted--respondí señalando á derecha é
izquierda.--Yo... lo real... y nada más que lo real.
 
--¿Y qué es para usted lo real?--preguntó el arcaizante.--¿Llama usted
real á lo material? ¿No es real el sentimiento que preside á la labor,
por ejemplo, de un misalista ó de un mosaísta? ¿Considera usted real
únicamente lo popular y lo zafio? ¿Es usted un realista de la carne,
como Rubens; un realista del dibujo y del color, como Velázquez; un
realista de la luz, como Ribera; un realista de la caricatura y del
color local, como Goya? Porque hay cien realismos.
 
No supe qué contestar al pronto, y Espina saltó:
 
--¡Cien realismos, y todos horribles! Lo hermoso no está en lo real; si
estuviese, viviríamos rodeados _naturalmente_ de hermosura, ¡y sucede
lo contrario! Lo más hermoso, lo artístico, es lo que se diferencia de
eso que anda por ahí. ¡Vaya con lo real! Si las mujeres nos dejásemos
como la Naturaleza nos ha hecho, seríamos hembras de monos.
 
Quise romper una lanza por mi estética. Al hacerlo, pensaba:
 
--Hay flagrante contradicción entre lo que pinto y lo que defiendo, y
esta objeción tan fácil no se le escapará á Espinita.
 
En efecto, poco tardó en argüirme:
 
--¿Y sus retratos de usted? ¿Y esa Lina Moros tan ideal que nos
presenta, con veinticinco años y la mitad de cintura? ¿No sabe usted
la edad de Lina? ¿Cree usted en su pelo negro como el ala del cuervo?
¡Vamos, señor artista!
 
¡Qué hondamente mujer es esta mujer! La teoría no la conmueve: lo único
que provoca su apasionamiento es el hecho concreto, es la rival; y no
la rival en el terreno del sentimiento, sino en el de la vanidad,
campo de extensión infinita, más amplio que el del corazón.
 
Bebido á sorbos el mejor café que he probado en Madrid, Solar quiere
enseñarnos sus colecciones. Primero--estratagema--lo menos importante;
dos retratos desglosados de la colección Carderera: Lope de Vega y
Antonio de Solís, fronteros á dos copias de las clásicas jetas de
Quevedo y Calderón. En un recuadro, una especie de trofeo de la guerra
de la Independencia española; litografías de heroínas aragonesas,
caricaturas de Pepe Botellas y el ogro de Córcega. Á mí esto me parece
recoger por recoger. No veo valor artístico.
 
Lo único de algún mérito es la reproducción de la estatua de Fernando
VII, que fué derrocada en Barcelona, allá por los años 35. Alzábase
la estatua--explica el marqués--en el centro de un jardín, y por esa
actitud mandona del brazo y la violencia con que la derecha señala al
suelo, dijeron los catalanes, en excusa de haberla derribado, que el
tirano les ordenaba “comer hierba”.
 
--Hicieron bien en derrocarle. Á quien nos manda pacer...
 
--Sin embargo--objetó Espina con el airecito cándido que adopta á
ratos,--el que puede pagarse el gusto de hacer comer hierba á los
demás, no                         

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