La Quimera 45
En la tapa vense incrustados en oro tres pedacitos de madera, y grabada
la siguiente inscripción: “Testimonio de hispánico valor. Carlos III.
De la Estacada de Gibraltar, 30 de Setiembre de 1780”.
¡Diez y seis años! Reconozco en esta tenacidad el sello de las garras
de Quimera; la tema del coleccionista.--He oído hablar mucho del
carácter y modo de ser del marqués. Á veces atisba años enteros,
rondándola con visita diaria, pretextada diestramente, una obra de arte
para su colección. Se cuenta--no sé si en serio--que hizo creer á una
solterona incasable que la pretendía con honestos fines, cuando sólo
preparaba la adquisición de cierta magnífica medalla única de Jácome
Trezo, conservada inmemorialmente en la familia, y que al fin cayó en
poder de Solar. Á esta tenacidad de cazador, á estos ardides de indio
bravo, el marqués reúne una memoria que es un cilindro fonográfico;
memoria de persona de entendimiento limitado y recortado, de voluntad
perseverante, reducida al deseo de cosas concretas y accesibles, de
esas que ceden al esfuerzo paciente y diario.
Nos enseña después un retrato de Isabel II, en mármol, obra de escultor
hábil y amanerado. Esta sí que es la “inocente Isabel”, tan querida de
sus vasallos, la reinecita en la frescura de su juventud y su morbidez;
y Solar, con sonrisa maliciosa de indiscreto triunfante, advierte:
--Recuerdo histórico de este retrato... Es dádiva especial de la Señora
á D. Francisco Serrano Domínguez, el que había de arrebatarla el trono.
Retratos, más retratos, miniaturas, medallas, óleos, camafeos, de
eminencias, de testas coronadas, de la dinastía borbónica (asusta
pensar lo que la han retratado en este mundo); y á renglón seguido, una
colección de relojes, desde Adán hasta nuestros días... Coleccionar
relojes ha sido la manía más terca del marqués, la que le hizo
desarrollar más diplomacia y arte. Reloj hay de éstos que lo ha
cortejado, como á la cajita, años y años; era propiedad de un amigo; el
amigo falleció. Con las primeras luces del alba, adelantándose á los
prenderos, entraba Solar en la almoneda del difunto.
--En vez de corazón tienes esta saboneta--dice Espina señalando á una
de forma cordial, toda incrustada de granates, y cuyo tic-tac imita el
latido.
El marqués sonríe y nos presenta, satisfecho, relojes libertinos, que
ocultan, bajo un esmalte de asunto cándidamente pastoril, segunda
tapa con escenas de sátiros y ninfas, desnudeces paganas. Espina, sin
asustarse, se encoge de hombros:
--¡Pchs! ¡Desnudos! Hay desnudos infinitamente más correctos que el
vestido. El desnudo no inquieta; ¿verdad?
La miro y compruebo la exactitud de su observación. Los maestros de
las decadencias y las afeminaciones voluptuosas del arte consiguen sus
efectos con ropajes y paños. Ahí están los artistas del siglo XVIII,
que no me dejarán mentir. El desnudo estorba para la picardía.
¿Acaso en los silencios expresivos, saturados de tedio, que guarda
Espina cuando me da sesión, no he notado que el atractivo peculiar
de esta mujer está en la ropa, en su habilidad para adaptarla al
cuerpo, enroscar, ceñir y plegar la tela, incorporada, identificada á
su persona? Revuelve y ondula tan bien las faldas, son tan cómplices
los tejidos que la envuelven, que no se la figura uno, en las audaces
figuraciones, sino vestida.
Bajo el ropaje de Lina Moros, su forma se exterioriza; en Espina no sé
distinguir la forma de la vestidura. En esto debe de consistir el arte
supremo.
El marqués, alzando una cortina de terciopelo bordada de seda y
oro, nos hace pasar al último salón--el ojo del boticario.--Aquí se
guarda la espuma del Museo. Plata repujada, realmente magnífica;
jarras españolas (nunca las había visto) sobredoradas, cinceladas. Me
deslumbran; recuerdan los vasos sagrados de los pintores venecianos
en las Cenas y en las Bodas de Caná. Hay objetos con que nos ha
familiarizado el arte, y que parecen irreales vistos. También me
encantan las veneras de la Inquisición, de pedrería, cristal de roca
y esmalte, y los grandes bandejones de plata del XVI, regiamente
relevados á martillo. El dorado de tan bellos objetos es muriente--una
caricia para la vista,--y la labor un portento. En el tesoro de Toledo
hay algo semejante. ¡Cómo se trabajaba entonces! ¡Qué fuerza, qué
prolijidad, qué ciencia, qué técnica! Mis ojos se encandilaban, y
dentro de mí se producía esa dilatación del sér que acompaña á una
modificación profunda de la sensibilidad. No me explico bien por qué
la soberbia plata antigua de Solar me impresionó como no me había
impresionado el Museo, á pesar de aplastarme de asombro. Tal vez el
Museo, por su mismo caudal y por las diversas edades que abarca, es
una cosa genérica, que no cifra determinado momento estético, mientras
esta plata, en su esplendor, me echa encima del alma todo el siglo del
Renacimiento, nuestro XVI, período heroico de nuestra nacionalidad, con
las corrientes artísticas italianas. Nace en mí una nueva visión de
arte; comprendo lo que no comprendía.
El marqués no cabe en sí de gozo porque me ve extático, y lo atribuye
al mérito particular de sus bandejas y jarras, no á la idea general que
me suscitan.
Espina, sin transigir, acentúa la expresión fría, inerte, de sus ojos
piel de Suecia.
--Todo esto de plata--dice,--para las iglesias, muy bueno.
--De iglesias procede--declara el coleccionista.--Estas bandejas son de
postular en las catedrales. Y aquí tiene usted--abrió misteriosamente
un armario--algo que todavía huele más á iglesia.
Del armario (antigua alacena de sacristía) salía un piadoso y enervante
aroma de incienso; dentro, en dos estantes toscamente pintados de azul,
vislumbré tesoros.
Solar fué sacando un incensario maravilloso, guarnecido en derredor
de un círculo de arcángeles con las alas plegadas y las manos unidas,
una naveta, menos fina, una caja de óleos, un porta-paz que, según su
dueño, figura en los grabados del catálogo Spitzer, y, por último, el
ojo del ojo--una medalla, como de una cuarta de alto, que encierra la
efigie de Santa Catalina con su rueda.
--Es única--me dijo,--no sólo por su perfección, sino por la
conservación. Si yo no la hubiese encontrado donde la encontré
(secreteo, balbuceo), temería una de esas sofisticaciones que se hacen
en el extranjero con tal maña. Pero esta medalla tiene más probada
su ascendencia que muchas casas que se precian de ilustres. Es tan
singular, que yo le he formado un expediente, una probanza en toda
regla. ¡Mírela usted! ¡Mírela usted bien!
La Santa me sonrió, fascinadora. Las elegancias de actualidad me
parecieron pobreza ante la artística, suprema elegancia de la mujer
engalanada por el orfebre, joyero y esmaltista del siglo XV.
Con ademán á la vez púdico y majestuoso, la Santa se recoge el manto
verde oliva, franjeado por una orla de delicioso dibujo, en que
alternan diamantes menudísimos y perlas imperceptibles, tostadas por
los años. La túnica es azul, de unos azules tornasolados y cambiantes
de acuática transparencia, que la visten como del agua dormida de
solitaria fuente. La cabeza de la Santa ostenta ese tipo andrógino
peculiar del Renacimiento: el pelo crespo y rizo acentúa la expresión
altiva, heroica, del blanco rostro; á la garganta lleva una cadena de
oro, rematada en pendentivo de perlas y esmeralditas. Las manos son un
prodigio de dibujo y de modelado: su elegancia patricia al hundirse
en los pliegues, la separación de los torneados dedos, su forma de
huso--todo divino.--Sobre la frente, algo bombeada, la ferroniera
(adorno muy anterior á la época que se le atribuye, explica Solar), y
bajo los reducidos pechos, un cinturón que es una filigrana. La palma,
la rueda de desgarradoras puntas, milagros de ejecución. Tal intensidad
de arte me deja aturdido. ¡Ahora que todo lo hacemos á toques, á
brochazos! El marqués ve mi impresión y se baba del gusto de poseer
tal preciosidad; sobre todo, “la envidia de Valencia de Don Juan” y
otros aficionados que se pirran por la joya, le viene al paladar en
onda de dulzura. Se relame, literalmente, y con señita confidencial me
cita ante otro tallado armario. Abierto, veo dentro un casco de torneo
milanés, una coraza nielada, repujada, cincelada, con mascarones,
bichas, monstruos, dioses, diosas, héroes, esclavos que se retuercen
bajo la cadena, mujeres de perfecto torso desnudo que terminan en
caballos marinos, centauros de pujantes riñones, el cántico de la
fuerza y del triunfo. Solar me dice:
--Desde que los asuntos que trata son pacíficos, el arte se afemina.
Espina fuma, sin dignarse mirar al armario. ¡Lo ha visto tantas veces!
¡La tienen tan sin cuidado las antiguallas!
--¿No sabes--pregunta de pronto dirigiéndose al marqués--que llega esta
noche Valdivia?
Rióse Solar.
--Sí, ríete... Quisiera ponerte en mi lugar á ver si te divertía
mucho...
Nuevo guiño del marqués--ya inequívoco, pues señala hacia mí, como
diciendo:--“¡Esta muchacha está loca! ¡Delante de un extraño!”
Ella hace un gesto de indiferencia fatigada, y murmura:
--Lago lo sabe, de seguro, por alguna mala lengua... Y lo cree: á
las malas lenguas se las cree siempre, porque siempre dicen verdad.
¿Niéguelo usted?
Yo, realmente, _no lo sabía_. Esta murmuración mundana no había llegado
hasta mí. En la sociedad no se maldice tanto como cuentan, y, además,
suele evitarse hablar de ciertas cosas delante de los advenedizos.
Por otra parte, Espina, ave de paso, no suscita aquí las encarnizadas
enemistades que inspiran las campañas de descrédito. Se la obsequia,
se celebran sus adornos y su gracia exótica, y nadie incurre en el mal
gusto de colgarla moralejas. Esto me decía el coleccionista, cuando
Espina, malhumorada, acababa de despedirse con rumbo á una partida de
polo que se jugaba en el Hipódromo.
--Si yo no sé lo que pasa con esta chiquilla: tiene bula... Si otra
hiciese las niñerías que ella hace... La pobre... ¡Qué desgraciada es
en el fondo! ¡Pobre María! Yo la defiendo á capa y espada, eso sí.
Su marido, el sér más egoísta; siempre paseándose por Bélgica, por
Inglaterra, por Mónaco, á verlas venir, sin darla un céntimo para su
ropa, cuando Espina, al casarse, era poderosa, opulenta, y ese tahur
casi le ha disipado la fortuna. Para fin de fiesta, el majadero de
Valdivia, un brasileño hijo de español, que tendrá el oro y el moro,
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