La Quimera 6
Minia no fijaba la vista, ni aun por curiosidad, en el trabajo del
pintor. Sus ojos de miope descansaban en el familiar paisaje que
encuadraba la ventana. La cañada suave, el bosque de castaños, la
espesura de pinos, las tierras de labor segadas, todo tostado y
realzado con oros rojos por la mano artística del otoño, y á lo lejos
el trozo de ría como fragmento de rota luna de espejo, entraban una
vez más por su retina en el alma, y la adormecían con sorbos de
beleño calmante. El oleaje de notas musicales que en ella se agitaba,
aplacábase ante la naturaleza. Y eran los únicos instantes en que
Minia reposaba algo; no percibía la música como tensión y esfuerzo
de facultades, sino que la sentía como un río fresco, como baño de
dulzura, y repetía mentalmente versos de Fray Luis.
_El aire se serena...
¡Oh desmayo dichoso!
¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!_
Llegó á prescindir enteramente de que la retrataban, porque la idea del
retrato más bien era desagradable; de un modo mecánico, conservaba sin
embargo la _pose_. La voz de Silvio la restituyó á la tierra.
--¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted mirar un momento?
Ya la nebulosa iba concretándose. Surgían la cabeza, los hombros
blancos. Sonrió la compositora...
--Veo que me hace usted favor. Lo apruebo. Siempre hay que proceder así
cuando se retratan mujeres.
Como si le hubiesen pinchado en el punto sensible, saltó Silvio, en un
impulso de los que no sabía reprimir, desatándose á hablar, emocionado,
nervioso.
--¡Pues si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Usted de seguro
comprende... Yo hermoseo á cuantas pinto: á usted, proporcionalmente,
no la favorezco casi. Se me figura que así la respeto más. ¡La doy á
usted toda su edad, su corpulencia,--y su misma expresión, la misma!
Suavizo un poco las líneas.
--¡Falta hace!--interrumpió Minia festivamente.--No sé qué alfarero me
amasaría la cara; escultor no pudo ser.
--¡Bah! ¡Las líneas!--continuó Silvio.--Corregir líneas, corregir tonos
del cutis, hacer de lo ajado lo suavemente pálido y de las remolachas
rosas... eso, cualquiera sabe. Más difícil es infundir un alma en caras
que no la tienen. El intríngulis es meter esa belleza del ensueño y
del pensamiento en fisonomías de modelos que están rabiando porque el
vestido sienta mal ó porque el corsé aprieta. ¿Verdad que los retratos
siempre parece que nos cuentan algo, algo muy melancólico y digno ó
muy amoroso? En cien casos, es que el retratista presta al modelo el
espíritu de que carece.
--Según--respondió Minia, interesada por la teoría.--Hay pintores muy
realistas, por ejemplo, don Vicente López, y un flamenco antiguo, Franz
Hals, que retratan la naturaleza animal y la expresión vulgar... ¡Y
hacen prodigios... vaya!
Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el pañuelo. Sus labios
palpitaron al nombre de los dos pintores.
--¡También lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate de vanidad! ¡No se
ría usted de mí...; también yo probaría á hacerlo! Eso es lo bueno,
lo bueno: la verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que no
necesitan falsificar nada! Á veces, señora...
--Mis amigos me llaman Minia--advirtió ella benignamente, apiadada por
lo que ya iba adivinando.
--Mil gracias... Decía que á veces leo en los periódicos que echan
el guante á un monedero falso, y me asombro de que no prendan á los
infelices que sofisticamos lo más sagrado, el arte. ¡Envidiable suerte
la de usted! Contra la corriente de los convencionalismos; desdeñando
ataques y groserías, escribió usted sus famosas _Sinfonías campestres_,
empapándose en el sentimiento aldeano: en la realidad. Así han llegado
á todas partes, por la verdad que contienen. En Buenos Aires las oí
tocar, las vi aplaudidas. Como la necesito á usted, no digo más:
creería que soy un adulador...
Los ojos de Minia, pequeños, durmientes, se llenaron un momento de
infinito.
--¿Allí las oyó usted?
--Todas... Y me conmovían mucho. Usted y yo hemos nacido en el
mismo pueblo, en Marineda. Mientras no salí de él... experimentaba
hacia usted hostilidad. No sé por qué; sería porque hablaban de
usted continuamente... y yo era un niño, y á esa edad no sobra la
benevolencia. ¡Al contrario!--Después, cuando me vi tan lejos... la
nombraban á usted, ó á cualquier persona ó cosa de la tierra... y me
entraba alegría.
--¿Quiere descansar un momento? Me va usted á contar eso; su vocación,
sus viajes.
--No, señora--negó él en seco.--Perdone... Primero he de poner el
retrato á cierta altura.
--Como guste; usted es quien ha de dispensar--respondió Minia en tono
de cortés indiferencia.
--¡No adopte expresión enojada! La de antes, la de antes--suplicó
Silvio, contrito, apurado como si le acaeciese la mayor desventura.
--De eso sí que no respondo... ¿Quién se acuerda de lo que producía esa
expresión? Intentaré pensar en lo mismo que pensaba...
Volvió á descansar la mirada en el paisaje; quiso perderse,
confundirse, diluir su personalidad en las lejanías color amatista de
los montes que formando anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido
murmurio de notas, la efervescencia musical, era invencible. Hubiese
deseado estar sentada ante el piano, traduciendo todo lo que--con
la vaguedad del boceto al pastel en que se afaenaba Silvio--hervía
dentro de su cerebro fácilmente excitable. Como la ola tras la ola, y
aun del modo continuo y presuroso que cae el surtidor en el tazón, los
elementos de un poema sinfónico apuntaban y se desvanecían.
--¡La expresión de antes!--pensaba para sí.--Si éste es artista, si
posee sensibilidad, no ignorará que no nos bañamos dos veces en la
misma agua, ni se reproduce el mismo minuto de nuestra vida.
Silvio, entretanto, voluntariosamente, trabajaba; tenía, en efecto,
la mano ligera, la afluencia del toque, la justeza rápida de la
entonación; el parecido con el modelo se establecía desde el primer
instante, y de sus yemas febriles, ágiles, embadurnadas, salían
al papel matices deliciosos, medias tintas de una armonía suave,
comparable á la de los celajes cuando amanece, claridad ligeramente
velada de niebla perlina. Su colorido encarnaba, pero encarnaba por un
estilo inmaterial. Aquel pastel, que reproducía una cabeza de mujer, ni
joven ni hermosa, un rostro enérgico, lleno de imperfecciones, era, sin
embargo, elegante á la moderna, exquisitamente elegante, por la manera
de estar _puesto_, y tenía lo blando y fino del natural idealizado.
Una serie de exclamaciones admirativas de la baronesa de Dumbría, que
acababa de entrar, hizo levantarse á Minia. Se situó ante el caballete.
El pastelista interrumpió su tarea: esperaba ansioso. La compositora,
echándose atrás, dijo solamente:
--Bien, bien. No tema usted que le diga “¡qué bonito!” Los planos de la
cara son esos: la simplicidad del conjunto me agrada.
Y volvió á posar, arreglándose las gasas medio descompuestas.
* * * * *
Ya no estaban en la sala baja de la torre, de anticuado mobiliario, de
paredes cubiertas por bituminosas pinturas. Era en la terraza, bajo
la bóveda de ramaje de las enormes acacias, de las cuales, no con
violencia de remolino, sino con una calma fantástica, nevaban sin cesar
miles de hojitas diminutas, amarillo cromo. Bajo la alfombra de la
menuda hojarasca que moría envuelta en regio manto áureo, desaparecía
el enarenado del suelo completamente. Los sillones de mimbre que
ocupaban Minia y Silvio se adosaban á la baranda de hierro enramada de
viña virgen, sombríamente purpúrea; Taikun, echado en la postura de las
liebres, insólita en los canes, atrás las dos patas saliendo de enormes
bombachos de pelambre fosca y fulva, levantaba de tiempo en tiempo su
cabeza de alimaña de pesadilla, y mosqueaba el plumero de su cola.
--Tiene usted que perdonarme--decía Silvio--aquella negativa exabrupto.
No quería adelantar nada, mientras usted no se convenciese de que no
soy enteramente un desgraciado sin pizca de disposición. ¿Qué podrían
interesar á usted las ambiciones y las ansias de esos míseros que no
poseen elementos para llevarlas á la realidad? Y usted me creyó uno de
ellos.
--Así es--respondió Minia lealmente, dejando sobre la mesa de piedra el
libro.
--Lo comprendí. Yo soy muy listo: nada se me escapa. ¡Ay, lo que
pensará de mi presunción! Pero no importa, es cierto. Ejercito una
especie de adivinación de los pensamientos y las intenciones. Conozco
á los demás acaso mejor que me conozco, y de una palabra ó un gesto
deduzco... ¡Asusta lo que deduzco!--Usted quería darme despachaderas, y
si no es por la baronesa...
--No extrañe usted mi recelo. Siempre un retrato...
--Sí; entendido... En fin, gracias á Dios, no está usted quejosa del
suyo.
--Al contrario. Contentísima.
--Me atreveré entonces... Echaré mi memorial... Deseo que ese retrato
se lo lleve usted á Madrid y lo vean sus relaciones; quizás alguien me
encargue alguno, y modestamente pueda sostenerme allí, estudiando. No
tengo otra esperanza en el momento presente.
Minia reflexionó antes de contestar:
--Mi madre conoció á su padre de usted, y conoce á su tutor. Por ella
supe... Temprano fué usted huérfano. ¿No le quedaron medios de fortuna?
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