La Quimera 7
Pocos... Hoy casi nada. No me importa. Mi problema no es de dinero.
Es decir, necesito el preciso para vivir y trabajar: no busco la
riqueza por la riqueza. Aunque tengo mil caprichos refinados, me falta
la casilla de la codicia. Se reiría usted si supiese cómo administro.
¿Bohemio? No; no es la nota bohemia. Es que no encuentro ningún goce en
el dinero guardado. ¡Guardar! ¡Qué estupidez! Para cuatro días que se
vive... Lo que me resta de la escasa hacienda de mis padres, que será
una miseria y rentará unas perras, lo liquidaré á escape...
--¿Le atrajo á usted el arte desde niño? ¡Porque es usted bien joven...!
--Veintitrés...--pronunció Silvio.
Minia le consideró. Era todavía más juvenil que de veintitrés la cara
oval y algo consumida, entre el marco del pelo sedoso, desordenado con
encanto y salpicado en aquel punto de hojitas de acacia. El perfil
sorprendía por cierta semejanza con el de Van Dick... Se lo habían
dicho, y él se recreaba alzando las guías del bigote para _vandikearse_
más.
--Á los ocho años pedía por favor que me permitiesen ver dibujar. Á
los catorce marché solo y sin amparo á Buenos Aires, porque mi tutor
había resuelto que yo siguiese la carrera militar; decía que pintar es
oficio de holgazanes. En Buenos Aires... ¡qué lucha! ¿Se lo cuento á
usted todo? Sí, sí; con usted, desde el primer momento, he deseado la
confesión. Se me agotaron los recursos. Tuve hambre. Trabajé de peón de
albañil, sirviendo cal y yeso para ganar una tajada de tasajo. Desde
entonces tengo el estómago endeble; el día que digiero bien estoy de
excelente humor. Lo malo no es haberse estropeado el estómago... Es
que vi la vida tan en crudo, en feo y en duro, que se me despellejó el
corazón y crió callo. ¿Se da usted cuenta?... Después embadurné frisos,
escocias... decoré... tonterías: pabellones, tocadores galantes...
Últimamente ya me las arreglaba mejor, gracias á los retratos y á
alguna tablita. ¡Volver á Europa! ¡Dibujar mucho! ¡Oler lo que se guisa
en tres ó cuatro talleres de París y de Londres!
--¿Y quién le ha amaestrado en el pastel?
--¡Bah! Nadie. ¡El pastel! ¡gran cosa! Dedos, dedos,--y mucha
triquiñuela y mucha picardigüela en el pulpejo; eso sí... Mejor que
nadie conozco yo que todo cuanto hago no vale un pepino. Agradable,
agradable, bonito, bonito... ¡Bonito! ¡Peste! Ansío subyugar, herir,
escandalizar, dar horror, marcar zarpazo de león, aunque sólo sea una
vez.
Minia meditaba,--una meditación palpitante.
--¿De modo que vocación, no profesión?
--¡Vocación... ó delirio! una cosa que parece enfermedad. Me posee, me
obsesiona.
--¿Y... finalidad?--Interrogaba precavidamente, con tactación médica.
--¿Finalidad? Ninguna. ¡Por hacerlo!--afirmó Silvio, cuyos ojos color
de humo claro relucieron con reflejos de acero desnudo.--Creo que ni
por la gloria, es decir, lo que así se llama. ¡Por la dicha de hacerlo!
Hágalo yo, y venga luego... lo que venga. Todo lo demás... ¡pch! ¡Ser
alguien! ¡Ser fuerte, ser fuerte!
Y las lindas facciones se crispaban, y el rubio ceño se fruncía de
un modo violento, casi torvo. La compositora guardaba silencio, el
silencio de las cuerdas del arpa que aún retiemblan sin sonar.
--Malo, malo--dijo por último.--El caso está bien caracterizado. Todos
los síntomas. Espero, en interés de usted, que rebaje la calentura.
--¡La padezco desde que nací, acaso! Si no es para eso, no tengo
interés en existir. No crea usted: á ratos... se me quita la fe. Ayer
mañana, por ejemplo, al venir de Brigos, me detuve en Areal. Tengo allí
un pariente, hijo de una hermana de mi madre, panadero... Yo venía
desfallecido; me dió caldo, _pifón_ y sardinas, y vi á su mujer y su
patulea de criaturas. Se quejan de la suerte, de escasez, pero están
sanos y son dichosos á su manera. Envidié esa manera.
--Tenía usted razón en envidiarla--afirmó lentamente Minia.--Sólo que
es un sentimiento inútil. La envidia no nos aproxima una pulgada á lo
envidiado.
--Ni yo me aproximaría. Son fantasías, mandolinatas pastoriles.
Cada cual ha de vivir su destino; el suyo, nunca el ajeno--declaró
Silvio.--No soy viejo, pero ya estoy en las horas irrevocables. De
aquí salgo á volar; de aquí... á Europa. Cuando subí por esa calle tan
larga de magnolias, y pasé debajo de estas acacias que llueven gotas de
oro, y me hicieron esperar en la sala, frente al piano,--presentí (soy
muy supersticioso y fío en los _avisos_) que me encontraba en ocasión
decisiva y que este rincón del mundo guarda para mí la clave de lo
venidero...
--¡Pobre criatura!--murmuró Minia sin mirarle.
--¡Le doy á usted lástima! Vamos, entiendo. Es que no cree usted que
poseo condiciones de triunfador.
--Ni lo creo ni dejo de creerlo... Ignoro. Con lo que usted es
capaz de hacer, sospecho que tiene asegurado el cocido, un cocido
sano, suculento, quizás una comida sólida... ¡y eso es mucho,
amigo!--¡Triunfar! ¡Dar ese zarpazo que usted sueña! El arte está
espigado. La genialidad, la inspiración, si las viese usted en forma
de improvisación, se equivocaría... Es el error de nuestros artistas:
quieren sorprender á la ninfa dormida, ser faunos nervudos. Y lo que
deben ser es caballeros andantes, cumpliendo mil hazañas obscuras,
mil pruebas, antes de desencantar á la infanta. ¡Si al menos hubiese
infanta! Se dan casos de encontrar en vez de infanta una bruja. ¿Y sabe
usted lo más curioso? Al artista caballero andante, después de tantas
heroicidades y de pelear con siete endriagos, lo mejor que le puede
suceder no es acertar con la infanta, sino acertar consigo mismo, y
autodesencantarse.
--¿No podré yo?--Silvio cruzaba las manos con angustia.
--¡Á saber!... De antemano córtese usted las alas de cera; disciplínese
la voluntad; precava el desengaño. ¡Beba cada día un sorbo de
decepción: el vaso entero, de una sentada, es dosis mortal! Un sorbo
es muy provechoso; aunque mejor sería no necesitarlo, no haber soñado,
y ser como los ciápodos, que tienen la cabeza junto al suelo--lo más
bajito posible; rasando la tierra; tanto, que sus pelos se vuelven
raíces...
--Habla usted así porque ya ha llegado.
--¡Hablo así porque estoy en un momento de sinceridad, virtud ó
cualidad antipática por esencia, presencia y potencia...! Y quizás
estoy en un momento de sinceridad, porque anochecerá pronto, porque el
aspecto del campo es solemne, y la humareda de las cabañas flota con
magia sobre el telón de selva. El paisaje, en mí, determina el estado
de alma. No me haga usted caso.
Silvio, al contrario, se impresionó. Era un océano amargo y hondo,
sin límites, lo que se asomaba á los ojos, á la fisonomía de la
compositora, lo que gemía en su voz. Creyérase escuchar el murmurio
fúnebre, amplio, del mar de Cantabria.
--¡Aun así!--exclamó el artista.--¡Aunque me cueste eso y más!
--¡Taikun!--llamó Minia, cambiando de tono, recluyéndose en sí.--¡Aquí,
monigote! Vamos, quieto... Ya tienes la lana llena de hojas, tonto;
ven, te las quito para que te luzcas.--Y con placidez afectuosa,
volviéndose al pintor:--Su aspiración de usted, ¿conformes, supongo?,
es incompatible con la felicidad, que consiste en desear cosas
accesibles, pequeñas, vulgares, corrientes, en cultivar manías
inofensivas y obscuras, como reunir variedades de claveles y tulipanes,
coleccionar botones ó hebillas de cinturón... Y usted renuncia á ser
feliz: convenido. ¿Renuncia usted también al triunfo? ¡Ah! Renuncie.
¡Sea modesto, fórmese un corazón humilde y puro, como los de los
grandes artistas desconocidos de la Edad Media... y quizás...! Usted,
hoy pastelista, sería antaño miniaturista y monje. En su celda, después
del rezo, diseñaría y policromaría lirios y mariposas; nacería una
primavera en la vitela, un jardín sobrenatural como el del _Cordero
místico_ de Van Eyck. Cuando sonase el _Angelus_, ¡que está sonando
ahora! ¿no lo oye? allá en la parroquial de Monegro,--vería usted entre
el azul de las lejanías una figura escueta, virginal, y un ser de alas
tornasoladas, divino: ambos descenderían de sus pinceles á la página
del horario... Nadie conocería su nombre de usted: muda la infame
fama... la imprenta por inventar... ¡Oh delicia! ¿Qué falta hace el
nombre? El arte anónimo es el Romancero, es las Catedrales... Usted,
de seguro, está dispuesto á batallar por la victoria de unas letras y
unas sílabas: _¡Silvio Lago!_ Veneno de áspides hay en el culto del
nombre. Por el nombre nos desempeñamos tras la originalidad--y el arte
uniforme, poderoso, se acaba; sólo hay el picadillo; falta la redoma
que nos integre y amase con el jigote la persona.
--¿Y usted se ha contentado con arte anónimo?
--No... Por eso he recibido en mitad del pecho todas las puñaladas. El
arte anónimo era como el sayal: vestidura idéntica, que identificaba
aparentemente. Dentro latía el corazón, el cerebro funcionaba, la
inspiración nada perdía. Hoy... es un infierno. Y en usted, además, ¡la
complicación económica! Cuenta usted veintitrés años, batalla desde
los catorce, y aún no ha juntado sus granos de trigo, pendiente de que
en Madrid le demos á conocer por... por el aspecto industrial... ¿Me
excedo?
--No, no; siga... ¡Al fin, alguien que me habla así! Pegue usted
fuerte, no duele; al contrario.
--Le damos á conocer... retrata usted... ¿á cuánta gente necesitará
retratar?
--Cuatro retratos al mes, á doscientas pesetas; ocho ó diez días de
trabajo... y me bastará. Los restantes veinte días... para dibujar
mucho; academias, desnudos. ¡Dibujar! la ortodoxia, la probidad de la
pintura. Así que dibuje... como aspiro, ¡á un estudio de notabilidad!
¡á postrarme ante Sorolla, por la luz, el aire, la pincelada!
--¿Sorolla?--repitió con extrañeza Minia.
--¿No le admira usted? ¡Pinta tanto ó más que Velázquez!
--No se trata de pintura ni de admiración. Sorolla es enteramente
adverso, me parece, á los gérmenes que usted lleva en sí. Cada cual
debe abundar en su propio sentido, desarrollar sus tendencias. ¿No
estima usted la elegancia, la distinción? ¿No era Van Dyck, ante todo,
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