La Quimera 8
El domingo siguiente oyeron misa en la capilla de Alborada. Llovía,
llovía; plantas y flores se bañaban voluptuosamente, agradecidas; el
otoño había sido bochornoso y seco. De las fauces de piedra de las
gárgolas, un chorro continuo descendía á estrellarse en la enarenada
tierra. El capellán no consintió, sin embargo, quedarse á comer en
espera de la escampada. Despachado el caraqueño, trasegado el último
sorbo de agua donde se disolvían caramelosos residuos de azucarillo,
se encasquetó el sombrero de ala ancha, se colgó el rudo capotón, y
encajándose á lomos de su montura, salió hacia la carretera, á trote
corto, protegido por un paraguas monumental. Silvio presentó á Minia
una hoja de álbum con la donosa caricatura ecuestre del clérigo.
--¡Pobre hombre!--sonrió la compositora.--¡Bah! Su misa vale
exactamente como si la dijese Lacordaire, que era tan elocuente y
tan apuesto. Nuestro corazón es soberbio; lo tenemos asediado por
los sentidos. No nos basta Cristo en cuerpo y sangre; nos lo ha de
consagrar un cura pulido, un cura _bien_--que no sea ese casi labriego,
con tierra entre las uñas.
--¡Quién tuviese fe religiosa!--suspiró Silvio.--Á mí el corazón, como
le dije á usted, se me ha encallecido; otro inconveniente para ser el
monje miniaturista, apacible en su celda.
--Sí, la fe era una de las felicidades; y probablemente, la única
que no sabe á ceniza. Suponer que hoy no cabe tener fe, es igual á
suponer que ya no nacen las azucenas aunque las sembremos. No repita
usted esa muletilla cargante de la fe deseada é inaccesible. Humildad,
purificación, preparar el nido á la golondrina: ella vendrá.
--¿Y si no se comprenden ciertas cosas?... Vamos á ver: ¿cómo se
arregla uno si los dogmas repugnan á la razón?
Minia guardó silencio un instante. Silencio desalentado. La paralizaba
aquel argumento pobre y mísero, pero que, para ser rebatido, exige
una transfusión de alma del creyente al incrédulo; y pensaba que las
almas son solitarias, incomunicables, huertos cerrados, selladas
fuentes... Silvio se equivocó: creyó que Minia, vencida, callaba
por imposibilidad de contestar; y se excusó, temeroso de incurrir en
desagrado.
--No debí discutir de tales materias con usted...
--¡Discutir!--repitió Minia alzando los hombros.--No hay discusión de
este género que no sea un esfuerzo estéril; ¿sabe usted por qué? Por la
misma causa que impide á los enamorados, en la mayor ansia de íntima
comunicación, trocar espíritu por espíritu. Somos _nosotros mismos_;
lo somos desesperadamente, fatídicamente, hasta la última gota, la
última fibra. Y lo inefable es lo que más nos guardamos: el pomo de
esencia divina, incrustado de gemas que fueron llanto, lo queremos
en el seno á toda hora, tibio de nuestro calor. Diga usted, Silvio:
¿discutiría usted acaloradamente de estética con Dalín, el bizco, que
tiene en Areal un almacén de paños y zarazas? ¿Ó con el cura que acaba
de decirnos la misa?
Silvio se puso encendido hasta las orejas.
--¿Soy, según eso, como Dalín?--pronunció resentido.
--No; al contrario: es usted una naturaleza afinada, quintaesenciada;
está usted en las cimas; su vehemente aspiración artística le sitúa en
la región donde habitan los aguiluchos: podrán volar, ó cansarse, ó
caer atravesados por el plomo: aguiluchos eran, con pico y garras...
No se sobresalte usted: lo único que quise expresar es que un lado,
un aspecto de su sensibilidad permanece tan rudimentario como la
sensibilidad estética de Dalín el bizco. Usted no ha perdido la fe:
no la siente: no perdemos un brazo cuando se nos queda tullido. No
le ha faltado á usted sino negar el milagro--y es milagro todo.--¿Por
qué me contesta usted _razón_ cuando digo _azucenas_? La razón, ¿le
explica á usted el misterio de una azucena, que es el mismo misterio de
la vida universal? ¿Es que no advierte usted hasta qué punto enraízan
nuestros pies, aletean nuestros pulmones y descansan nuestros ojos en
el misterio? No hay sino él; en él nos movemos, vivimos y somos. Él nos
refresca, nos arrulla, desarrolla nuestro embrión en las entrañas que
nos abrigan y disuelve nuestro cuerpo en la fosa que nos recoge cuando
caemos--no siempre tan sosegadamente como las hojas amarillentas de las
acacias. ¡La razón! ¡Vieja chocha, sentenciosa, que no sabe sino cuatro
casos _de sucedidos_ y cuatro máximas roídas de orín! Su báculo tiene
mugre secular; sus pies los calzan zapatos con suela de plomo. Lo mejor
que hace el hombre suele ser contra la razón. He oído que el mundo
rueda porque le empuja la locura, ó mejor dicho, la superrazón, que es
fe. La razón, en arte, es el neoclasicismo académico; en ciencia, los
sistemas que cierran el paso á la libre indagatoria. ¿Quién ha reunido
en haz, á modo de cordeles de disciplina, los dictados de esa lógica
con la cual nos quieren azotar? No lo sé. Nadie. Cada cual con su
razón, que decía el gran dramaturgo; y es que á la razón, si la concedo
mucho, la concedo que sea (como la fe) esperanza--otro subjetivismo.
--¿Y si los subjetivismos se contradicen?--arguyó Silvio.
--Calma, y á vivir; ya se concertarán cuando usted necesite, de verdad,
creer, y más todavía esperar; y esa hora llega para todos los que
no son Dalín el bizco, ni se reducen á roncar, comer y digerir con
pachorra...
--¡No hable usted mal de la digestión!--imploró festivamente el
pintor.--Digerir es la beatitud.
--¡Contento se quedaría usted si una sibila le predijese que su único
porvenir era perfeccionar la función digestiva!
--¡Quién sabe lo que eso vale! ¡Sin eso, me río de lo demás!--respondió
Silvio con alarde de prosaísmo brusco.--¿Sabe usted que escampa y
clarea? Voy á leer un rato en el cenador de las pasionarias. ¿Me presta
usted el librito que leía ayer?
--_¿La Tentación de San Antonio?_ Voy á casa y se lo envío.
* * * * *
Provisto del volumen; sorteando los charcos que la tierra embebía
poco á poco, el artista se refugió en el largo cenador tupido de
trepadoras; allí no se oía más ruido que el cadencioso del caño de agua
desahogando en el pilón semicircular para afluir después al estanque.
Silvio alzaba la cabeza de vez en cuando; el chorrito ritmaba sus
ideas; al menor soplo de aire, gotas frescas se descolgaban de las
ramas; algunas se detenían en la cabellera del lector. Por la abertura
circular practicada en el follaje, se veía la señorial tristeza del
jardín antiguo, de recortados bojes, de árboles ya senadores; y las
zuritas, descolgándose de la repisa del hórreo-palomar, bajaban á
trancos cortos, inquietas, las escaleras del estanque, para llegar á
sumir el pico en el agua revuelta por el aguacero, y donde flotaban,
con lentitud graciosa, peces de laca carmínea, de exótica estructura,
de nadaderas azul empavonado, compatriotas de Taikun.
--Las palomas--calculó Silvio,--de seguro acostumbran beber en este
pilón, y las estorbo. Me apartaré para que no tengan recelo.
Se desvió. Era exacto. Apenas las aves vieron franco el camino, se
precipitaron, se atropellaron al borde del pilón semicircular, riñendo
á picotazos por la vez, como las aguadoras en las fuentes públicas. El
pintor, abandonando el libro, sacó su carterita y su lápiz y apuntó
el rebullicio de las aves, el pilón sobre el cual se erguían esbeltas
y lanceoladas, semejantes á plantas de mayólica, las lustrosas hojas
y las flores duras y tersas del _arum_ ó cartucho. Encontrábase en lo
mejor del apunte cuando llegó la baronesa.
--Hoy no se va usted: el tiempo está inseguro; á lo mejor cae otro
chaparrón.
--Baronesa, ya abuso de su hospitalidad; mejor sería irme ahora,
aprovechando la mañana.
--¿Sin almorzar? ¿Está usted en sí? En Alborada no es costumbre
despachar á la gente con el estómago vacío. Pero, ¿qué prisa tiene
usted?
--¡Si al menos me utilizara usted para algo! ¿Quiere permitirme que la
retrate? Ha quedado un pedazo de papel, y lápices no faltan.
--¡Bah! Descanse; no se ocupe en retratar viejas... y al pastel mucho
menos. Ya me retratará usted otra vez, si Dios quiere. Porque se me
figura que usted, vuele adonde vuele, ha de recaer aquí... aunque sea
sin ganas.
--Ganas sobrarían; pero aún más de irme lejos, hacia donde encuentre lo
que tanta falta me hace. ¡Tengo que trabajar mucho!
--Para esa vida de trabajo, salud, salud y salud es lo que conviene.
Quédese usted aquí hasta que nos vayamos á Madrid; duerma, coma y
engorde. Hoy le daré á usted pimientos fritos, que le gustan, y
empanada de robaliza, ¿se entera? Y muy rica que estará, si la amasan
con manteca fresca, como he dispuesto.
--Lo que me gusta--declaró Silvio riendo de complacencia--es la cordial
franqueza que encuentro aquí. ¿Son así las señoras en Madrid? ¿Cómo son?
--¡Qué sé yo! ¡Las hay de mil maneras! En fin, no sea usted tonto, y
píntelas á todas muy guapas. Así ganará usted dinero; ¡el dinero es tan
indispensable!
--¿Usted cree, baronesa, que me saldrán retratos en Madrid?
--Todo será que las señoronas se den unas á otras el santo y seña y
que usted las saque preciosas. Esos retratos de la escuela moderna,
exagerando la fealdad y con chafarrinones azules y verdes en la cara,
vamos, ¡no concibo cómo hay quien se gaste una peseta en ellos! ¡Para
verse más horroroso de lo que uno es! Figúrese: la gente se muere; al
cabo de algunos años, nadie se acuerda ya de cómo era nadie; y siempre
un retrato bonito...
--¡Ay! ¡Si comprendiese usted cómo me carga lo bonito, señora!
--¿Cómo? Pues no es usted especialista en...
--¿En mentiras?... Ya le dije á su hija de usted...
--¡Ah! mi hija... ¡Le aconseja á usted mal, de seguro! ¡Es tan novelera
aquella cabeza! De fijo no le predica á usted para que en primer
término se gane el dinerito...
--No por cierto...--repuso riendo otra vez el pintor.--No es eso lo
que me predica. Á mí tampoco el interés, así, descarnadamente, como
interés, me arrastra. No voy para millonario. Quisiera ganar, á ver si
junto para estudiar en Francia, en Inglaterra, donde se pinta... en
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